Andy López Beltrán, la piedra en el zapato de Sheinbaum
La oposición en México atraviesa sus horas más bajas, según la mayoría de las encuestas, y batalla cada vez más para insertarse en la conversación, poner en el ojo público sus propuestas y alternativas a la hegemonía de Morena. Lo que, sin embargo, ha sabido hacer muy bien es aprovechar los derrapes del oficialismo, balones de aire para salir a flote de la irrelevancia. Lujos, despilfarro, arrogancia, nexos con empresarios, negocios turbios desde la política, todo aquello que Morena prometía combatir. Las polémicas de Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente y fundador de Morena Andrés Manuel López Obrador, lo han mantenido en los titulares durante las últimas semanas y han obligado a la mandataria Claudia Sheinbaum a entrar en la arena de la pugna política. Un frente más entre un sinfín de prioridades, desde la economía y la inseguridad doméstica a las enormes presiones de Estados Unidos.
Un hombre habituado a trabajar en solitario, siendo él su propio estratega, sin jefes (descontando si acaso la figura de autoridad de su padre y de Sheinbaum), López Beltrán, de 40 años, anunció en mayo sus aspiraciones a una diputación local por Tabasco, de donde es originario. Desde entonces, el marcaje de la prensa y de la oposición ha sido implacable, aunque la estela de escándalos viene de antes, desde que decidió salir de las sombras a que lo confinó López Obrador y hacer una carrera en la política desde la dirigencia de Morena. Los adversarios del oficialismo convirtieron a López Beltrán en el enemigo predilecto. Considerado una especie de extensión de López Obrador, como heredero, los yerros de López Beltrán pretenden alcanzar a su padre y de ahí al movimiento mismo.
“Narcopartido”, “narcogobierno”, “narcopresidenta” son los dardos recurrentes de la oposición, acentuados a raíz de las acusaciones de Estados Unidos a los supuestos nexos de políticos de Morena con el crimen organizado. Washington puso la gasolina y el cerillo, luego de acusar en marzo al ya exgobernador de Sinaloa Rubén Rocha de colaborar presuntamente con los sucesores en el cartel de Joaquín El Chapo Guzmán. A la par, varios morenistas han perdido sus permisos migratorios para viajar a EE UU, lo que ha alimentado especulaciones sobre supuestas indagatorias al otro lado de la frontera en su contra por corrupción o narco. Los mandatarios de Baja California, Tamaulipas y Sonora, todos de Morena, han sido señalados por perder sus visados. Si bien las razones de EE UU para revocar visas no son públicas, la oposición ha dado vuelo a un veredicto. Son “narcogobernadores”, ha lanzado.
El último protagonista de la saga de las visas fue López Beltrán. A mediados de agosto, él mismo dio a conocer la cancelación del documento mediante una inflamada carta, en la que denunció el “estilo hitleriano” de la decisión del Gobierno de Donald Trump. Aunque el hijo de López Obrador aseguró que Washington carecía de pruebas en su contra de “algún acto inmoral o delictivo”, la campaña de la oposición ha calado en parte de la opinión pública. De acuerdo con una encuesta de Enkoll, tres de cada diez mexicanos cree que EE UU le retiró la visa, precisamente, por algún acto ilícito. Son menos quienes piensan que la decisión obedece a diferencias diplomáticas entre los dos países, o que sea una medida para presionar al Gobierno de México, como señaló la presidenta Sheinbaum tras la carta de López Beltrán. “Tiene un sentido político esencialmente. No veo otra razón”, declaró la mandataria.
Ha sido difícil para el hijo del expresidente escudarse en el argumento de la politiquería luego de que aparecieran alusiones en el espinoso caso del huachicol fiscal que envolvió a la Marina. En el expediente, uno de los marinos implicados en la trama corrupta mencionó el nombre de un tal “Andy”. Políticos de la oposición y algunos columnistas han afirmado, sin más pruebas que esa mención, que se trata inequívocamente de López Beltrán, a quien sus cercanos llaman, justamente, Andy. Otra arista que presuntamente lo vincula al huachicol es su relación con el empresario Amílcar Olán, acusado de beneficiarse de su amistad con los hijos de López Obrador para obtener contratos en los grandes proyectos de la Administración anterior. Olán, supuestamente, está relacionado con una empresa investigada por la Fiscalía por contrabando de combustible, Portacelis Gas and Oil.
Al lado de estos graves señalamientos, queda muy pequeño aquel escándalo por sus costosas vacaciones en Japón en el verano de 2025, que le atrajeron críticas dentro y fuera de Morena -incluidas las de la presidenta- por contravenir los principios de vida austera que estableció el fundador del movimiento. La filtración de su viaje lo distanció de la entonces dirigente del partido, Luisa Alcalde -él era el secretario de Organización-, y ese conflicto condujo a Morena a una deriva que comenzaba a entorpecer el proyecto de Sheinbaum. La mandataria tuvo que intervenir para desatorar una parálisis surgida de dos políticos del mismo bando que no supieron entenderse.

No puede decirse que todos son yerros de López Beltrán. Hay también mucho de juego sucio. Cuando estalló el asunto del huachicol de la Marina, alguien tramitó amparos a nombre de él y sus hermanos —sin su conocimiento— para hacer creer que estos temían a la justicia. Recientemente, López Beltrán fue seguido hasta un restaurante y fotografiado en una reunión con dos empresarios. No se supo a ciencia cierta de qué se habló ahí, pero varios medios y articulistas especularon: huachicol, negocios por debajo de la mesa, pactos inconfesables. López Beltrán, como otras veces, salió a desmentir los señalamientos. El problema es cuántas veces. Es la enorme diana que carga en la espalda, que lo sobrepasa y atrae los tiros más allá de él.



