Teodoro González de León: cien años de un renacentista de nuestra época
La arquitectura es una de las formas más evidentes para conocer una civilización. Octavio Paz vio en ella a un testigo insobornable de la historia; Teodoro González de León (1926-2016), fruto de la mejor tradición arquitectónica, hizo evidente por medio de su incesante trabajo, la importancia cultural que reviste esta disciplina.
Teodoro, como era reconocido y llamado por sus colegas y amigos, llevaba un nombre griego latinizado como Theodorus, que significa “don de Dios”, nombre muy utilizado en la antigüedad, que caracterizaba a las personas de carácter fuerte y que utilizaban su creatividad en todos los órdenes de la vida con una actitud optimista. Tal significado no podía ajustarse mejor a un ser que parecía inmortal, un ser que sentíamos que provenía de la antigüedad por su enorme sabiduría, pero anclado con firmeza en el presente y en el mundo contemporáneo.
Paradójicamente, gozaba como metáfora de ese “don divino” para lograr infinidad de obras y acciones. Su pensamiento, carácter y ágil capacidad creativa le permitían con cierta facilidad lograr sus objetivos, recalcaba con insistencia no profesar ningún culto religioso y confesaba que el único culto que tenía era por el arte.
Más allá de haber sido un distinguido arquitecto, fue un personaje que rebasó las fronteras de su disciplina para constituirse como un ser universal. Heredero de una formación humanista, hijo de abogado en una familia culta característica de la mitad del siglo XX en México, donde el ser profesional no bastaba con el dominio de las habilidades de un oficio, sino el contar con intereses más amplios, ante todo aquellos vinculados con la cultura y la sociedad, esa herencia familiar definió su carácter, el cual se fue moldeando durante varios episodios: el primero, su paso por la Academia de San Carlos en el centro de la Ciudad de México. El segundo, al terminar sus estudios en 1947, gozó de una fructífera estancia de dieciocho meses en París en el taller de Le Corbusier, con quien, además de trabajar con él como residente del emblemático edificio de la Unidad de Habitación de Marsella, logró establecer lazos afectivos y cercana comunicación, episodio que lo marcó en su hacer creativo y en su vasta cultura visual.
Su visión de la arquitectura fue más allá de los convencionalismos de la práctica profesional, aquella que considera a las edificaciones como obras aisladas y autoreferidas; sus obras, por el contrario, dialogan siempre con la ciudad y se caracterizan por una contundente presencia. Son construcciones permeadas de urbanidad; diseñó conjuntos compuestos por plazas, calles, corredores, patios, explanadas y escalinatas. Son obras permeables, permiten que la ciudad penetre en ellas mediante una calle o una plaza; se componen de sólidos cuerpos con amplios huecos que rompen la monotonía y abren perspectivas del exterior hacia el interior y viceversa. Sus edificios son pequeñas ciudades con volúmenes bien jerarquizados, dotados de generosos y nítidos espacios, bañados de luz, patios y corredores contenidos por robustos elementos de concreto, los cuales otorgan a sus edificaciones un carácter de larga permanencia.
Arquitecto y artista visual, además de haber sido un pensador que divulgó sus conocimientos y saberes, era un ser dotado de apasionada energía y vitalidad, colmado de referencias universales. Concibió, al lado de otros destacados arquitectos como Abraham Zabludovsky y Francisco Serrano, edificios de cualidades singulares, auténticas marcas urbanas, significativos por el manejo de los espacios públicos, de los lugares de encuentro y del uso del concreto con atractivas formas. Predominan sus construcciones de carácter cultural y cívico: universidades, museos, auditorios, centros de estudios, bibliotecas, embajadas, parques urbanos, conjuntos de vivienda social, edificios públicos y oficinas corporativas, todas ellas propuestas estéticas de gran autenticidad, edificios que contribuyeron a la construcción icónica de un México contemporáneo y cosmopolita.
Inició su profesión en la década de los años cincuenta del pasado siglo, desde aquellos años hasta su fallecimiento trabajó incesantemente. Inicialmente en el campo del urbanismo y la vivienda popular en la costa de Jalisco, más adelante en edificios públicos como las oficinas para el fondo de la vivienda, el INFONAVIT en Barranca del Muerto, El Colegio de México, la Universidad Pedagógica Nacional y el Fondo de Cultura Económica en las faldas del cerro del Ajusco al sur de la ciudad, los conjuntos de vivienda Torres de Mixcoac y La Patera, los museos Tamayo en Chapultepec y el MUAC en la Ciudad Universitaria de la UNAM, las remodelaciones del Auditorio Nacional en Chapultepec y de El Colegio Nacional en el Centro Histórico, el Corporativo Arcos Bosques en Santa Fe, el conjunto mixto Reforma 222 y La Torre Virreyes, entre muchas otras.
El interior del país fue de su gran interés y realizó obras entre las que destacan: el Parque Garrido Canabal y la Biblioteca Pública de Tabasco en Villahermosa, las unidades de servicio y accesos a las zonas arqueológicas de Chichén Itzá en Yucatán y al Tajín en Veracruz, el edificio del Congreso del Estado de Guanajuato, la Universidad Autónoma de Coahuila en Arteaga, el Centro de Convenciones en Querétaro, entre muchas otras obras. El exterior del país no fue ajeno a él, donde también dejó huella: el Centro Cultural de México en Austin, Texas, las Embajadas de México en Brasilia, Berlín, Belice y Guatemala, sin olvidar la Sala Mexicana en el Museo Británico en Londres.

Cultivó las artes visuales como creador de objetos reconocidos como ensamblajes, una especie de collages matéricos y cromáticos, en ellos manifestó su creatividad plástica y cultura visual. Geómetra apasionado, capacidad que manifestó en sus intersecciones de planos y volúmenes, conocedor de las proporciones armónicas y versado en el manejo de la tercera y cuarta dimensión. Sus ensamblajes y collages muestran las claras influencias del movimiento moderno y en especial de Fernand Léger y las de su maestro Le Corbusier.
Como buen viajero, en su intenso andar por el mundo, González de León colocó frente a sus ojos un armazón como metáfora de una lente o radar de observación, cargado de sensibilidad ante todo lo que lo rodeara y despertara su interés. Puso su mirada atenta en las calles, en los vacíos urbanos y edificios de múltiples ciudades, afinó su mirada ante innumerables piezas de arte: pinturas, esculturas, instalaciones y películas, educó su oído para escuchar música contemporánea en ambientes sinfónicos. Agudo espectador de las experiencias estéticas de nuestro tiempo, actuó consecuentemente con su afinidad y pasión por el arte. Más que un arquitecto, fue un ciudadano de su tiempo, un ser social, un auténtico renacentista de los siglos XX y XXI.
Felipe Leal es arquitecto. Es uno de los coordinadores de Teodoro Multidimensional, una exposición en el Colegio Nacional dedicada a González de León a un siglo de su nacimiento.


