Política

Los muertos de Ceuta


Ayer hubo en el Parlamento numerosas referencias a aquellos que perdieron la vida durante su intento de llegar a Ceuta. Se utilizó la cifra de 141 muertos, cuando igual hubo otros muchos más que fueron devorados por el mar y de los que no queda huella alguna. Quizá sea ese el lugar idóneo para abordar esta crisis, colocarse en la piel de quienes lo perdieron todo. Es verdad que son muchos los que, una y otra vez, se arriesgan y corren los mayores peligros para dejar atrás una situación insoportable, y consiguen cruzar esa frontera que va a colocarlos en otro mundo, al que identifican con la posibilidad de tener nuevas oportunidades y vivir mejor. Pero lo que ocurrió el 30 y el 31 de julio fue distinto. No es lo mismo afrontar ese desafío en solitario, o en grupos reducidos, o de la mano de unas mafias que los arruinan para facilitarles las cosas. Lo que sucedió en esos días es que cuantos se pusieron en marcha hacia Ceuta lo hicieron protegidos o amparados o como parte de una masa que transmitía tanta fortaleza, seguridad y poder que, efectivamente, los condujo hacia el otro lado, hacia el territorio de los sueños y el futuro, sin demasiadas complicaciones. Las cifras siguen un poco en el aire, pero esa masa que cruzó la frontera la compusieron 72.000 personas u 80.000; se ha llegado a hablar incluso de unas 100.000.

Aun así, hubo 141 personas que no lo consiguieron y que murieron. ¿Qué les sucedió exactamente?, ¿tuvieron mala suerte?, ¿les resultó todo más difícil que a las otras decenas de que sí alcanzaron su meta? “Para comprender la muerte habría que padecerla y luego, cuando se la ha padecido, regresar a la vida”, escribe Elias Canetti en uno de los apuntes que se reunieron en su Libro de los muertos (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). Si eso fuera posible, ay, entonces sí podríamos preguntarles por lo que les pasó, y nos explicarían cómo se quebró el impulso que los iba a llevar a otra parte y cómo quedó finalmente en nada.

Canetti, el autor de origen búlgaro que escribió toda su obra en alemán y que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1981, tuvo una extraña fijación con la muerte y quiso derrotarla. “El objetivo serio y concreto, la meta declarada y explícita de mi vida es conseguir la inmortalidad para los hombres”, apunta en otra de sus notas. Y también: “Queremos conocer exactamente todo aquello por lo que los hombres han estado siempre dispuestos a morir”. Al hilo de estos apuntes, y colocados en el lugar de esas 141 personas que murieron, solo queda seguir preguntando. ¿Qué ocurrió realmente para que esa masa se movilizara? Las respuestas del Gobierno aún son insuficientes.

En otro libro de Canetti, acaso el que le dio más fama —Masa y poder (Muchnik)—, hay algo relevante que señala a propósito de la espontaneidad que opera en el interior de esas multitudes y que parece hacerlas obrar por cuenta propia —por arte de magia, se podría decir también—. “Hay que decir algo más de esta forma extrema de espontaneidad de la masa”, escribe. “Allí donde se origina, en su mismo núcleo, no es tan espontánea como parece”. Y si no lo es, ¿quiénes estuvieron detrás y cómo operaron? Ya se han dado algunas pistas, todavía falta atar los cabos, tener más detalles, respuestas más convincentes. A una de esas preguntas, por ejemplo, que seguramente haría cualquiera de los que murió en el intento: si se puso tanto empeño en llegar a Ceuta, y se hicieron sacrificios y se corrieron tantos riesgos (como el de perder la vida), ¿cómo es que se decidió regresar de vuelta tan rápidamente?


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