El general Mladić sí tiene quien le escriba
Aquella novela corta y acaso menor de Gabriel García Márquez se titulaba El coronel no tiene quien le escriba. Todo lo contrario, salvando el áspero giro, que Ratko Mladić, el general serbobosnio fallecido hace unos días a los 84 años en una prisión de La Haya, donde cumplía condena a cadena perpetua por genocidio y crímenes de lesa humanidad cometidos en la guerra de Bosnia (1992-1996).
Como se verá, diríase que entre novelas híbridas y ensayos el general sí tiene quien le escriba. De añadido, Ratko Mladić también ha tenido quien lo filme y hasta quien lo interprete en documentales y películas. En Quo Vadis, Aida?, la cinta de la directora Jasmila Žbanić, la figura de Mladić, con el genocidio de Srebrenica como telón de fondo, es interpretada por el gran actor serbio Boris Isaković, esposo en la vida real de la también actriz Jasna Đjuričić, quien actúa en la misma y angustiosa película como la traductora que sirve de enlace entre los cascos azules holandeses, la aterrada población bosniaca y las fuerzas serbobosnias de Mladić.
Tras la guerra de Bosnia, capturado en 2011 tras varios años protegido y oculto en Serbia, el general Mladić fue sometido a juicio en 2017 por el TPIY ante una procesión de más de 600 testigos presenciales. Los juicios de Yugoslavia, docuserie filmada por Lucio Mollica, sobre todo, El juicio a Ratko Mladić, de Henry Singer y Robert Miller, reflejan la tensión ambiental de aquellos días y los recursos legales que enfrentaron a togados acusadores y defensores del reo, tan asesino y brutal para sus víctimas como héroe nacional para una parte no menor del pueblo serbio. Ambos documentales muestran al clásico Mladić desafiante y colérico, pero también prematuramente avejentado (de hecho en prisión sufrirá varios accidentes cardiovasculares).
Mladić siempre pensó, sin mostrar prueba alguna, que la muerte de su hija fue obra de un complot político. En La hija del Este, la excelente novela de Clara Usón, se ahonda en la figura trágica de Ana Mladić
En plena balacera de Bosnia, aquel general serbobosnio que solía aparecer en la tele tocado con su gorra de plato de color verde oliva, tuvo que enfrentarse a un drama familiar del que jamás se recuperó. Su hija Ana Mladić se suicidó en marzo de 1994 en Belgrado. Había usado la pistola que su padre guardaba como precioso ajuar personal. La teoría más difundida sobre la causa del suicidio fue el posible conocimiento por parte de Ana de los crímenes que su progenitor había cometido durante el conflicto. Mladić siempre pensó, sin mostrar prueba alguna, que la muerte de su hija fue obra de un complot político. En La hija del Este, la excelente novela de Clara Usón, se ahonda en la figura trágica de Ana Mladić. Junto con la impresionante Postales desde la tumba, de Emil Suljagić (superviviente de Srebrenica y hoy director del Centro Memorial que recuerda el genocidio en la antigua fábrica de Potočari), es un libro indispensable que revela cómo el engaño y la propaganda de la guerra crearon una realidad paralela entre el llamado Mundo Serbio a un lado y a otro del fronterizo río Drina.
En No matarían ni una mosca, ensayo sobre los juicios a los criminales de la guerra en la exYugoslavia, la gran escritora croata Slavenka Drakulić, fallecida justo en junio pasado, hacía su ficha psicológica y hasta anatómica del general Mladić cuando este aún andaba huido de la justicia penal internacional. Sí aparecen reflejados los retratos de otros detenidos y acusados por el genocidio de Srebrenica entre otros horrores, caso del también general Radislav Kristić y del soldado Dražen Erdenović. Gente aterradoramente normal en apariencia. Aparece también en el libro la siniestra Biljana Plavšić, reputada científica y dirigente extremista de la República Srpska de los serbios de Bosnia, lo que refutaría la idea naíf de que el mundo sería mejor y más noble si lo gobernaran las mujeres (la hoy nonagenaria Plavšić tiene también un papel destacado en el citado documental Los juicios de Yugoslavia).
Las violaciones de mujeres como arma de guerra, ejecutadas como espantoso apéndice de la limpieza étnica (y no sólo practicadas por la parte serbia), aparecen como tema de fondo en híbridas novelas donde la ficción atenúa sus contornos. De Drakulić es también su libro Como si yo no estuviera, que daría forma al documental Hay alguien en el bosque y a una pieza teatral. Matrioskas, de Marta Carnicero Hernanz, refleja igualmente el drama de las mujeres musulmanas violadas en la guerra y el precio posterior que trae consigo la criatura nacida de la ignominia. Al este de Bosnia, la sombría ciudad de Višegrad fue uno de los más horrorosos epicentros de la guerra y de las violaciones de las que trata Carnicero en Matrioskas.
En la misma Višegrad, surcada por el bucólico pero profanado río Drina, pueden verse murales y grafitis en los que, como en muchas otras partes afines de Bosnia y de Serbia, se sigue enalteciendo al general genocida (incluso ahora más tras su muerte). Observar uno de estos grafitis con el rostro de Mladić, situado junto al puente otomano que inspiró la novela Un puente sobre el Drina, del premio Nobel yugoslavo Ivo Andrić, viene a ser una experiencia poco apta para los estómagos delicados.
En Višegrad, una de las cunas del negacionismo serbio, transcurrió la plácida niñez de Ivo Andrić. Las historias orales que el niño escuchó en la kapija del puente mientras lo atravesaba para ir a la escuela fueron el germen literario que dio lugar a su maravillosa novela. Las leyendas en torno a las hadas del Drina enmudecieron en el río que se tiñó de sangre durante la guerra. Muy cerca, en la vecina Gorazde, el general Mladić apisonaba la ciudad asediada. De ella, el viñetista Joe Sacco nos dejó su estupendo cómic Gorazde. Zona segura.


