Nacional

Empatía con la paleta en la mano


Hace un par de días leí horrorizado como, en un presunto intento de robo, un integrante de la banda mexicana Camilo Séptimo había sido asesinado junto a su familia y a la mujer que trabajaba en su casa en el Estado de México. Su mujer embarazada y su hija, de apenas tres años, recibieron ambas tiros de gracia. Bestial. Por inercia, entré a los comentarios y me topé con que, a una pequeña muestra de los lectores españoles, les indignaba más los americanismos que usa el periodista al redactar la información, que el hecho mismo. Alguno incluso suelta: “La culpa será de Hernán Cortés”. Pasó lo mismo ayer, tras conocerse la impactante noticia de los más de 80 fallecidos, entre ellos un bebé, en un cayuco rescatado al sur de Canarias. En X e Instagram no faltan reacciones como: “80 menos”, “pocos me parecen” o “no hubieran venido”.

El odio contrasta con las mareas de solidaridad y empatía que me crucé en el centro de Madrid este miércoles. Tal parece que en asuntos tan universales como el sufrimiento, la tragedia o la muerte, muchos solo pueden ponerse en la piel del otro en tanto y cuanto no se salga de ciertos márgenes. El meme de la escena de la serie Padre de familia en el que una mano sostiene una paleta de colores delante del protagonista y los tonos de piel más claros reciben un visto bueno mientras los más oscuros no lo reciben, no es precisamente nuevo. Lleva un buen rato dando vueltas en internet ironizando la desigualdad, lamentablemente, reproduciendo mensajes racistas. Pero no deja de venirme a la mente cada vez que me topo con la compasión selectiva.

En las redes, muchos hablan o bromean sobre este doble rasero. Una usuaria se mofa de aquellos a quienes los posee el espíritu del feminismo cuando se conoce que la violencia machista la ejerció un extranjero. Otra de los que defienden airosos los derechos de la comunidad LGTBI cuando se puede criticar al mismo tiempo a los musulmanes y sus costumbres, y no en otro contexto. El supuesto humanismo de muchos no es más que una excusa. No les interesan las causas ni las personas que dicen defender, solo ven oportunidades para estigmatizar a otros y esparcir sus prejuicios.

La comediante Nadin Din señala, en un reel, otro de los discursos que caen por su propio peso: el de la amenaza a la identidad nacional. Comenta que le hace gracia que la gente se enfade cuando en su barrio abre una carnicería halal, pero no lo haga cuando se inaugura un Starbucks en el mismo sitio en el que “antes había una cafetería que te ponía café y porras por dos euros y medio”. Es más que evidente que el miedo a lo distinto se pone de manifiesto únicamente cuando se trata de aceptar la cultura o costumbres de cierto perfil de inmigrante.

España vive un momento complejo, pero se supone que, por encima de cualquier debate político o del accionar de los gobernantes, quienes verdaderamente defiende la vida lo hace sin miramientos. El usuario de Instagram @youknowjoael_ da en el clavo cuando se pregunta si las personas que se van desde España a supuestamente “ayudar a los niños de África” son las mismas “que se quejan de los niños que vienen a porque necesitan ayuda”. Muchos de los que dicen aceptar a los habitantes del Sur global los prefieren lejos, en sus países y a la espera de un tour de asistencialismo y miseria; los prefieren encima de un escenario tocando los ritmos que tanto les gustan o en la cocina de un restaurante con sazón.

Quedan lejos esos tiempos en los que, por encima de toda discrepancia, a la mayoría se le anudaba la garganta con la foto del cadáver de un niño sirio en una playa de Turquía. En un punto pareció que, al menos en los aspectos más elementales, la empatía no era algo que se hacía con la paleta de colores en la mano.


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