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La modista de la presidenta de México: “Ella me empoderó, como dicen ahora”

El taller es pequeño, no más de cinco metros de largo por tres de ancho. Se ubica al fondo de la casa, en la planta baja. Dentro, las prendas cuelgan de barras flotantes entre mesas con máquinas de coser, fotos de sus diseños y algunos retratos junto a la presidenta de México. De estas paredes color rosa pastel han salido los vestidos y trajes que Claudia Sheinbaum ha usado en momentos icónicos: en el inicio y en el cierre de la campaña presidencial, en su boda con Jesús María Tarriba, en la toma de protesta del 1 de octubre de 2024 (diseñado en conjunto con la artista oaxaqueña Claudia Vásquez Aquino) o en la final del Mundial de fútbol en Nueva Jersey.

“Me siento muy orgullosa. Nunca imaginé que mi trabajo me iba a llevar hasta la presidenta”, dice Olivia Trujillo (Ciudad de México, 64 años), la mujer que confecciona mucha de la ropa de la mandataria mexicana, a quien el diario estadounidense The New York Times incluyó en la lista de personas con mejor estilo de 2025. EL PAÍS la visita en su casa al sur de la capital, una vivienda sencilla, de dos plantas, un garaje para dos autos. “[Cuando la conocí] fue algo muy impresionante, de mucho nervio. Si con ustedes estoy nerviosa, imagínate con ella”, bromea, pero contiene la sonrisa: “Es una señora muy agradable, muy linda. La admiro mucho, porque es inspiración para mí y muchas mujeres mexicanas”.

Trujillo pensó que Claudia Sheinbaum no iba a querer trabajar con ella porque ya es una señora con “sus canas, sus años”. Pero cuando se enteró de que eran de la misma generación se llenó de valor. “Me empoderó, como dicen ahora. Ella, que tiene que hacer frente a todos los problemas que hay en el país, y puede, pues yo también puedo. Claro que puedo”.

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Entrevista a Olivia Trujillo, modista de Claudia Sheinbaum

Olivia Trujillo en Ciudad de México, el 21 de septiembre.Foto: Rodrigo Oropeza | Vídeo: EPM

Viste un pantalón negro y una blusa blanca estampada con muchas máquinas de coser en color negro. Repite varias veces que está nerviosa, habla lento, piensa mucho sus respuestas. Pide cautela sobre su vida. No quiere llamar mucho la atención porque teme que alguien quiera hacerle daño. Dice sentirse orgullosa de ser una de las responsables de vestir a la presidenta, pero asegura que a raíz de ello ha perdido clientes. “Yo no soy de ningún partido. No sé qué es eso de ser de izquierda o ser de derecha. Si alguien quiere una prenda, yo se las hago”. Sin embargo, lamenta que por el momento su agenda ya no tenga espacio para más encargos.

Su pasión por la costura inició a los cinco años. Su madre, ama de casa, arreglaba uniformes y hacía un vestido por aquí, una falda por acá. Trujillo se paraba junto a ella, miraba y aprendía, pero la máquina estaba prohibida. “Mamá tenía miedo de que la fuera a descomponer. Cuando se iba a hacer encargos, yo aprovechaba y le hacía vestidos a mis muñecas. Nunca se dio cuenta de que la usaba porque nunca la rompí”, dice con mucho orgullo. “Yo creo que en otra vida ya había sido costurera, modista o algo por el estilo”. A los 12 años, el secreto salió a la luz. “Le hice un vestidito a mi prima, de 10 años, con el que había sido mi vestido de la primera comunión. Lo usé porque era mío y nadie me podía decir nada”.

Siguió cortando, cosiendo y creando, pero la ropa no le encantaba. “Sabía coser pero no sabía cortar, no sabía tomar medidas, sacar los moldes”. A inicios de la década de los 80, con 21 años —tal vez 22, no recuerda con precisión— entró a estudiar un curso en la Academia ABC, fundada por Gloria Solís, en la delegación Benito Juárez.

Al terminar los cursos, empezó de lleno con el proyecto y se fue ganando a su primera clientela: las maestras de sus hijos. La voz se corrió, las compradoras se fueron sumando y Trujillo, asegura, llegó a confeccionarle trajes a Patricia Espinosa Cantellano, secretaria de Relaciones Exteriores entre 2006 y 2012. Para 2022, alguien le encargó unos trajes con ciertas medidas y le envió una bolsa con varias prendas para que se basara en ellas. Nunca imaginó que sería para la entonces jefa de Gobierno de Ciudad de México. Se enteró después, porque vio uno de sus trajes por televisión. Después se lo confirmaron a través de un mensaje de texto.

Son contadas las veces que le piden una prenda para una ocasión o un evento específico: la boda de la mandataria, la toma de protesta, la final del Mundial. “Por lo general, me entero después qué pieza usó cuando la veo por televisión”. Los diseños los crea a partir de ideas que le envía el equipo de Sheinbaum. A veces son fotos; otras, el color que debe usar; el bordado. “Saco los moldes, corto y coso. Hago mi trabajo lo mejor que puedo, pero los detalles los voy corrigiendo cuando la veo en sus eventos; ‘esto está largo, esto está corto, esto le sobra, esto le falta”.

La modista explica que modifica muchas de las prendas que ya usó Sheinbaum. “Me dicen: ‘Este ya se lo puso así, ahora vamos a quitarle esto y le vamos a poner otra cosa’. Los transformamos porque, en sí, los trajes están nuevos. La gente ni siquiera se da cuenta”, dice, y enseña algunos pedazos de prendas en los que está trabajando: bordados, unos vestidos blancos, pequeños, que no son diseños suyos. “Me imagino que estos serán un regalo, porque no son las medidas de la presidenta”.

Las telas que debe transformar están dentro de una bolsa de tela que le han hecho llegar. Son cientos: negras, verdes, sacos, vestidos, pedazos sueltos. Pero Sheinbaum no es a la única a quien le hace atuendos actualmente, también conserva algunas clientas. Aunque la agenda la tiene al límite, aún encuentra tiempo para hacer ejercicio, visitar a los nietos, a los hijos, salir a hacer diligencias, vivir. Lo sigue haciendo desde el anonimato, aunque, reconoce, la gente comienza a identificarla en la calle y es algo que no le gusta. “Lo mío es hacer ropa”.

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