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La lucha para salvar a la primera y única Escuela de Perros Guía para Ciegos en México

Josué Rivera camina con Tommy, un labrador negro de dos años, en un trecho aproximado de medio kilómetro. Su ruta es de cinco cuadras, aproximadamente, entre la avenida Canal Nacional y la calzada Del Hueso, en la zona de Coapa, al sur de Ciudad de México. El perro lleva sobre su arnés un letrero amarillo que se ve a la distancia: “¡No distraer! Por favor, perro guía trabajando”. Rivera es su instructor y simula una rutina de trabajo. En apenas 500 metros, Tommy tiene que lidiar con baches en la acera, desniveles, puestos callejeros extendidos a sus anchas, coches que cierran los accesos a las rampas peatonales. Ante cada obstáculo, se frena y da un pequeño golpe con su hocico a la rodilla de su adiestrador como para señalarle que se detenga. Es parte de un riguroso adiestramiento especializado que enseña a los animales la desobediencia inteligente ante los obstáculos urbanos.

Tommy, como al menos otra veintena de perros, está cerca de graduarse para ayudar a una persona con discapacidad visual. Sin embargo, su centro de formación, la Escuela para Entrenamiento de Perros Guía para Ciegos, la primera y única de su tipo en México, se encuentra en peligro de cierre por falta de recursos, lo que podría dejar a 60 perros, en diferentes etapas de su educación, sin hogar o atención; así como a 20 personas ciegas sin la posibilidad de rehabilitación. El centro, fundado en 1995 —el primero también de Latinoamérica—, enfrenta una crisis económica muy grave desde 2015 por deudas con dependencias del Gobierno y a proveedores, situaciones que se vieron empeoradas con la pandemia.

Desde sus inicios, el centro ha formado a 157 binomios (equipos de persona ciega y perro guía) para México, Guatemala, Costa Rica y Chile; y ha beneficiado a más de 300 familias a través de la rehabilitación inclusiva de personas con discapacidad visual, promoviendo su autonomía. El proceso, según explica la directora de la escuela, ​​Silvia Lozada, abarca desde la crianza selectiva y la socialización temprana hasta el riguroso adiestramiento para el perro. Tras un curso presencial de cuatro semanas, los usuarios reciben su perro de asistencia de forma completamente gratuita. Cuentan además con un seguimiento continuo y atención veterinaria sin costo durante toda la vida laboral del can, que se puede extender por una década, aproximadamente, pasando a adopción con la misma persona, sus allegados o las familias voluntarias que ayudan a la escuela a criarlos de cachorro.

En México hay aproximadamente 2,2 millones de personas con ceguera o discapacidad visual, según los datos oficiales del INEGI, aunque estimaciones de salud pública y estudios especializados que incluyen grados moderados, severos o problemas no corregidos elevan la cifra a más de 11 millones de personas.

En los pies de Lozada, de 63 años, se encuentra Rina, una labradora de color negro de casi tres años. La directora de la escuela cuenta que la perra ya es su séptimo guía. Su primer can de asistencia, Dutchess (una pastor alemán), llegó a su vida cuando tenía 19. Ella es ciega desde los tres años a consecuencia del sarampión. “Un perro guía salva la vida de una persona ciega todos los días, varias veces al día”, afirma: “Es un vínculo extraordinario que ayuda a estudiar, trabajar, formar una familia. En mi caso, como funcionaria, me permite ir a diferentes lugares para promover nuestra institución”.

A los 19 años, Lozada viajó a Michigan, en Estados Unidos, para recibir su primera perra guía en Leader Dogs for the Blind. Quedó impactada cuando regresó a México tras conocer esta escuela. “Al sentir cómo mi perrita me iba desviando los obstáculos y cómo yo podía caminar con libertad, me inspiró para fundar la Escuela de Perros Guía. Mi anhelo era que otras personas ciegas tuvieran el apoyo de un can”, agrega.

Katya García, colaboradora de la escuela, explica que preparar y mantener a un perro desde su nacimiento hasta su jubilación cuesta más de un millón de pesos mexicanos (unos 55.000 dólares). La trabajadora explica que el usuario nunca paga por el can, solo aporta cuotas de recuperación simbólicas por el curso de capacitación de cuatro semanas, alimentos y accesorios. Por lo mismo, el centro de formación financia sus operaciones mediante donativos deducibles de impuestos, servicios de su clínica veterinaria, venta de productos con causa, talleres, visitas guiadas y esquemas de apadrinamiento. En la actualidad, impulsan la campaña Salvemos a la Escuela de Perros Guía para recaudar dinero que les permita cubrir sus gastos operativos.

Josué Rivera vuelve del paseo demostrativo con Tommy. Aunque al interior de los ambientes de la escuela ya se encuentran fuera de los peligros de la calle, el perro se mantiene atento. Solo al quitarle el arnés y con la frase “en descanso” —en el orden militar a un soldado—, el labrador negro se relaja. El instructor de la escuela tiene una década de experiencia en la formación de los guías de cuatro patas. Afirma que en México son necesarios “perros guía 4×4″ por una “cultura vial cero”, “mala infraestructura” y dueños irresponsables que dejan sueltos a sus perros en la calle.

Aunque reconoce el valor afectivo de estos animales, Rivera señala la importancia de no romantizar su función: “Son herramientas de movilidad que deben garantizar seguridad total”. En la Escuela de Perros Guía en Coapa explican que para el perro, el trabajo consiste en la alegría de recibir caricias y recompensas al marcar un obstáculo.

Mientras perros como Thor —próximo a graduarse—, Tesa, Tali o Taylor —en formación—, disfrutan en el amplio patio trasero del centro de adiestramiento, Rivera explica que en la escuela la crianza responsable de perros guía se centra en la raza del labrador. A diferencia de otras razas como el golden retriever, por ejemplo, son de un tamaño “compacto ideal” para acompañar al usuario en el transporte público diario (como el metro en hora pico, las combis o el Cablebús). “Un perro más grande, de 45 kilogramos como un pastor alemán, se convertiría en un problema de espacio para el usuario”, detalla.

El programa de crianza responsable les ha permitido que, mediante la selección de madres y padres reproductores que han superado los filtros, se pueda encontrar a cachorros que hereden las aptitudes. “Anteriormente, cuando se trabajaba principalmente con perros donados, se graduaban entre 3 y 4 de cada 10. Con el programa de crianza propia, la tasa aumentó a 9 de cada 10 perros graduados”, agrega Rivera.

La escuela atraviesa un mal momento, pero eso no merma el espíritu de su persona. La directora resalta el desafío de que la sociedad haga más sencilla la labor de estos animales de asistencia y que las personas con discapacidad visual puedan sentirse más incluidas. Pero ese es todavía un camino largo. “En general, la sociedad no respeta a las personas con discapacidad. Hay que concientizar, pero al mismo tiempo exigir a las autoridades que las leyes que ya existen se cumplan en todos los aspectos y también hacer que esos funcionarios apliquen las políticas públicas”, sentencia.


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