Nacional

Europa se atrinchera frente a la guerra híbrida de Rusia

Rusia intensifica su guerra híbrida contra Europa. Desde sabotajes, incursiones con drones e incendios provocados a complots (la mayoría, frustrados) para asesinar a activistas pro-Ucrania y disidentes rusos en suelo europeo. El Kremlin está poniendo a prueba la respuesta aliada, y los incidentes contra los aliados europeos de la OTAN son cada vez más serios. Como los drones con explosivos localizados este verano en el aeropuerto de Leipzig (Alemania). Esa línea gris entre un ataque híbrido y uno convencional se está difuminando, y varias fuentes de inteligencia europeas advierten del riesgo de que uno de esos incidentes escale. Por una decisión deliberada del Kremlin o por un error de cálculo, indican.

“Qué habría pasado si llegan a estallar los explosivos en el aeropuerto de Leipzig”, plantea una alta fuente de la UE. Oficiales europeos y de la OTAN consultados en la última semana comparten la preocupación. No por un ataque militar sino porque esa frontera gris es cada vez más endeble. “El mayor peligro ahora es que la guerra híbrida cruce accidentalmente una línea roja”, dice otra veterana fuente, que pone como ejemplo el disparo de bengalas desde una fragata rusa a un helicóptero danés hace dos semanas.

De hecho, afirma Emily Ferris, investigadora del Royal United Services Institute (RUSI), el grave episodio de los drones con explosivos de Leipzig —que Alemania atribuyó claramente al Kremlin el pasado 1 de septiembre— “demostró que Moscú, y probablemente la propia OTAN, sigue sin tener claro las líneas rojas actuales que provocarían una respuesta militar”.

El Kremlin está enfurecido por el estancamiento en su guerra contra Ucrania —que va camino de su quinto aniversario— y se mueve para minar el apoyo de los aliados a Kiev, mientras, poner a prueba la capacidad de respuesta de Occidente que, hasta ahora, ha sido más bien suave. El incremento de los ataques se produce, además, en un momento especialmente vulnerable para Europa, cuando analiza cómo desenvolverse sin el paraguas de seguridad de Estados Unidos y en vísperas de un super año electoral clave para el proyecto europeo.

En las ultimas semanas, la alarma se ha incrementado significativamente y Europa empieza a atrincherarse contra una amenaza cada vez menos híbrida. “Nos estamos preparando para afrontar y sobrevivir a un nuevo tipo de guerra”, admite una fuente de inteligencia europea. Una que no necesariamente implica misiles o tanques pero que puede paralizar un país y minar la sociedad a través de cortes del suministro de agua, energía, sistemas informáticos o el cierre durante semanas de sus aeropuertos, remarca.

El clima está cada vez más caldeado en las capitales europeas. Y la visita secreta del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú el pasado 25 de agosto, la incógnita de su propósito y de los mensajes que allí recibió, ha alimentado la preocupación. El viaje ha reavivado un precedente inquietante: la última vez que un director de la CIA viajó a Moscú fue en noviembre de 2021, cuando William Burns intentó disuadir al Kremlin de invadir Ucrania. Sin éxito. Vladímir Putin lanzó la guerra a gran escala el 24 de febrero de 2022. Así, indica Keir Giles, investigador del laboratorio de ideas Chatham House, la comparación es inevitable. Y el paralelismo, dice, muestra la gravedad con la que EE UU parece percibir las actuales amenazas rusas.

“Rusia está multiplicando sus actos hostiles y criminales”, alertó hace unos días el presidente francés, Emmanuel Macron, que señaló que la naturaleza de la agresión rusa y esas amenazas en Europa está cambiando. Se está endureciendo. El primer ministro polaco, Donald Tusk, ha lanzado que dispone de información de inteligencia que indica que el Kremlin se prepa para una escalada de ataques híbridos para finales de otoño e invierno, coincidiendo con un momento especialmente “crítico” en el frente de batalla en Ucrania. Los servicios de inteligencia daneses advirtieron esta semana de que existe riesgo de que Rusia lance un ataque “limitado” contra uno o varios países miembros de la OTAN en los próximos meses.

Sin embargo, pese a las alarmas, sobre todo desde los países bálticos y nórdicos, los vecinos más cercanos a la voraz Rusia y los afectados más directos y más frecuentes de estos incidentes, ningún aliado ha invocado el artículo 4 de la OTAN. Este dicta que los aliados “se consultarán cuando, a juicio de cualquiera de ellas, la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las partes esté amenazada”, recuerdan fuentes de la organización militar, de la que forma parte España desde 1982.

La Alianza Atlántica es deliberadamente ambigua sobre su respuesta a este y otro tipo de amenazas. Esta semana, su secretario general, Mark Rutte, alertó de que la amanezca rusa seguirá ahí a largo plazo e instó a los aliados de Kiev a “mantener la calma”. “Sabemos que Rusia está haciendo esto porque no tiene éxito en este momento en Ucrania”, insistió durante su visita a Estados Unidos durante un debate con el embajador de ese país ante la OTAN, Matthew G. Whitaker.

El representante estadounidense fue muy claro. “El primer disparo de cualquier futuro conflicto mundial no consistirá en el cruce de fronteras por parte de tropas. Se tratará de ataques a infraestructuras y a la tecnología, así como de una guerra híbrida cada vez más sofisticada”, reconoció Whitaker, que llamó a la preparación no solo para la guerra convencional sino también para la híbrida. “Tendremos que afrontar todo esto simultáneamente”, lanzó.

Europa y su perspectiva ha cambiado mucho durante el último año. “Las amenazas híbridas que afrontamos son cada vez menos híbridas y cada vez menos amenazas”, remarcó la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en su solemne discurso sobre el estado de la Unión, en el Parlamento Europeo hace 10 días. Bruselas ultima una estrategia de seguridad que busca reforzar capacidades estratégicas —defensa aérea y antimisiles, transporte, espacio y ciberseguridad— crear un marco común de respuesta a las amenazas híbridas y un protocolo de emergencia que permita a los Veintisiete coordinarse cuando un incidente amenaza gravemente a un Estado miembro, sin llegar a constituir un ataque armado, explican fuentes comunitarias. Una estrategia que se suma a la de preparación —que diseña medidas para que la población pueda ser autosuficiente durante al menos 72 horas en una emergencia de todo tipo, desde climática a armada— y a otros planes de refuerzo de las infraestructuras.

Von der Leyen, muy atlantista, remarca que la OTAN seguirá siendo el pilar de la defensa colectiva, pero también ha hablado de crear una suerte de “articulo 4” similar al que tiene la OTAN y que adapte a la situación actual las instituciones y los mecanismos de decisión concebidos para un “mundo diferente”, según la jefa del Ejecutivo comunitario. Sin embargo, nadie en Bruselas parece tener muy claro cómo será ese mecanismo y qué implicará.

Así, la Unión Europea —las instituciones y sus Estados miembros— está construyendo, pieza a pieza, una nueva arquitectura de seguridad para un continente que ya no puede separar con claridad la paz de la confrontación. Francia ultima un plan especial para proteger las infraestructuras críticas y las instalaciones más sensibles de su industria de defensa frente a los drones y los ciberataques rusos. Además, Países Bajos está intensificando sus planes de preparación civil.

Dinamarca ha activado un plan de “defensa total” y ha movilizado unos 161 millones de euros para blindar el suministro de agua, electricidad, las telecomunicaciones, los hospitales y el transporte. Suecia ha anunciado un nuevo paquete de 1.300 millones para su defensa aérea y prepara, junto a sus vecinos, planes de evacuación de civiles. Noruega ha declarado este 2026 el “año de la defensa total”. Polonia ha endurecido la protección de sus infraestructuras. Lituania está fortificando sus instalaciones estratégicas contra drones y sabotajes. Bélgica ha lanzado su primer plan nacional de defensa (Shield) desde la Guerra Fría.

España tramita en el Congreso una ley para reforzar la protección de los servicios esenciales, desde la energía y el agua hasta el transporte y la sanidad. La norma obligará a las entidades críticas a contar con planes de resiliencia, medidas de protección física, protocolos de respuesta y sistemas para notificar incidentes.

El Kremlin y sus servicios de espionaje declararon la guerra híbrida a Europa hace tiempo. Los sabotajes y los asesinatos selectivos en suelo europeo son parte del sello de sus agencias de inteligencia. En 2018, agentes de la inteligencia militar rusa (GRU) atacaron al exespía de su misma agencia Sergei Skripal en Reino Unido; un año después, en un parque de Berlín, un ciudadano ruso asesinó al checheno Zelimkhan Khangoshvili por encargo de la “dirección central de Rusia”, según la sentencia del Tribunal Superior de Berlín.

Ahora, pese al golpe al espionaje ruso en los primeros compases de la invasión a gran escala (con miles de expulsiones de supuestos diplomáticos y oficiales destinados en Europa), son más frecuentes. Y más graves. Un estudio del think tank estadounidense Center for Strategic and International Studies (CSIS), que ha recopilado una base de datos propia, afirma que los sabotajes rusos —corte de cables submarinos, interferencia del GPS, ataques a empresas de defensa— han aumentado desde 2024.

Además, responsables de inteligencia citados por la agencia AP, aseguran que la campaña rusa de asesinatos selectivos en Europa no solo se ha incrementado desde la invasión sino que también ha expandido sus objetivos. Ya no son solo desertores (como Maxim Kuzminov, el piloto ruso de helicópteros que se había pasado al bando ucranio antes de exiliase en España, donde fue asesinado en 2024) o antiguos agentes; también opositores rusos y personas extranjeras que apoyan a Ucrania. La fiscalía lituana señala a Rusia y particularmente a su agencia de espionaje militar (el GRU) como autora de un complot frustrado para asesinar al opositor ruso-bashkir Ruslan Gabbasov y al activista lituano Valdas Bartkevičius el año pasado.

Durante décadas, Europa penaba en la guerra como algo que ocurría al otro lado de sus fronteras. Hoy, la situación es distinta. Ha dejado de considerar su retaguardia menos como una zona segura y separada del frente, y más como un espacio susceptible de sabotajes, ciberataques, espionaje y ataques contra infraestructuras críticas de graves consecuencias.


Source link