De la Espriella redobla la hostilidad diplomática con Cuba a 10 años del Acuerdo de Paz
En vísperas de concluir su mandato, el izquierdista Gustavo Petro escogió a Cuba como destino de uno de sus últimos viajes como presidente de Colombia. El fin de semana, luego de su encuentro con Miguel Díaz-Canel, pidió desde La Habana solidaridad con la isla “agredida”, y evitar una invasión de Estados Unidos. Incluso propuso al presidente Donald Trump y al secretario de Estado Marco Rubio entablar un “diálogo entre civilizaciones”. Quería enviar un mensaje antes del inminente timonazo que anuncia su sucesor, en contravía de la tradición diplomática colombiana.
Cuba ha sido el escenario de múltiples esfuerzos de Colombia por alcanzar la paz. El más recordado, la exitosa negociación con la extinta guerrilla de las FARC, un proceso que se conoce simplemente como “los diálogos de La Habana”. A casi diez años del histórico acuerdo que permitió el desarme de unos 13.000 guerrilleros, la isla comunista es blanco de la hostilidad diplomática del futuro Gobierno de Abelardo de la Espriella, que se posesiona este viernes, en plena sintonía ideológica con Trump.
De la Espriella cerrará las embajadas de Colombia en 14 países, incluidas las de Cuba y Nicaragua, con los que además se prepara a romper relaciones. “En mi Gobierno no habrá vínculo alguno con tiranías”, aseguró en una de sus declaraciones en video, al estilo de alocuciones presidenciales, que transmite los fines de semana. Y lo reiteró en la de este domingo. Un anuncio que redobla la agresividad que ya había caracterizado el periodo de Iván Duque (2018-2022), pero sin llegar entonces a cerrar la embajada.
En medio de una oleada de reacciones, Humberto de la Calle, el jefe negociador de Juan Manuel Santos (2010-2018) en los diálogos con las otrora Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, ha valorado como un “error” romper las relaciones. “El gobierno actual de la isla no promueve la revolución en Colombia. Eso quedó en el pasado. En cambio, Cuba ha sido esencial en la búsqueda de la paz entre nosotros. Puedo atestiguar el profesionalismo, la integridad y la seriedad diplomática del gobierno de Cuba en las conversaciones de fin del conflicto con las antiguas FARC. Pero voy más allá: Cuba no promueve la revolución, pero en cambio, sí es una voz política que contribuye a desarmar los espíritus de los más radicales”, expresó De la Calle. “Cómo así que un presidente Caribe va a romper relaciones con Cuba”, se lamenta un veterano diplomático en referencia al origen de De la Espriella, que se crió en Montería e insiste en gobernar desde Barranquilla, su ciudad adoptiva.
Los antecedentes son extensos. Ya en enero de 2021, la designación de Cuba como un “Estado patrocinador del terrorismo” fue una de las últimas movidas de la primera Administración de Trump. En ese entonces, Washington justificó su decisión en un reiterativo reclamo de Duque, que siempre resintió que La Habana se hubiera negado a extraditar a un grupo de comandantes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), con los que Santos había puesto en marcha una negociación que no llegó a buen puerto. Duque los pedía después de que la última guerrilla en armas perpetró un atentado con carro bomba contra una escuela de cadetes en Bogotá, cuando apenas llevaba un semestre en el poder. Al negarse, La Habana cumplía con los protocolos de ruptura, firmados por el propio Gobierno de Colombia.
La hostilidad que vino después rompió décadas de política exterior. Aunque el ELN nació en 1964 bajo el influjo de la revolución cubana y las relaciones fueron turbulentas durante un tiempo, desde el Gobierno de César Gaviria (1990-1994), Colombia había mantenido buenas relaciones con Cuba. Incluso en los mandatos de Andrés Pastrana (1998-2022), un político conservador, y Álvaro Uribe (2002-2010), el gran referente de la derecha.
Lo que estaba en juego no era solamente un eventual acercamiento con esa guerrilla o las relaciones de Estados Unidos con Cuba, “sino la posibilidad misma de llevar a cabo negociaciones de paz”, advirtieron en su día De la Calle y Sergio Jaramillo, los arquitectos del acuerdo con las FARC, al defender el papel de la isla como sede y país garante. Como ya lo había señalado Noruega, el otro garante de ese proceso, argumentaron que, si los países que facilitan esfuerzos de paz corren el riesgo de terminar designados como patrocinadores del terrorismo, lo van a pensar dos veces antes de respaldarlos.
También Santos, apoyado por el grupo de líderes mundiales reunidos en la organización The Elders, le pidió a Joe Biden revocar la designación de Cuba como patrocinador del terrorismo. “Cuba debe ser aplaudida por la función crucial que desempeñó para ayudar a poner fin a décadas de conflicto y facilitar la reconciliación en Colombia, y no enfrentar sanciones por haberlo hecho”, manifestó en febrero de 2021 el también Nobel de Paz.
Con la llegada de Petro, se volvieron a encarrilar las relaciones entre Bogotá y La Habana, que participó en un nuevo intento de negociaciones con el ELN como parte de la “paz total”, la marchitada política que buscaba dialogar en simultáneo con todos los grupos armados. Fue en La Habana, delante de Díaz-Canel, donde se dio el apretón de manos entre Petro y Antonio García, máximo comandante de los elenos –que llegó a recordar el que se dieron en su día Santos y Rodrigo Londoño, Timochenko, en la recta final de la negociación con las FARC–. Ese día sellaron un inédito cese al fuego con el ELN, pero el proceso acabó por naufragar después de una violenta arremetida guerrillera en la región del Catatumbo.
Colombia jugó un papel clave para que Biden retirara a Cuba de la lista de países patrocinadores del terrorismo al final de su mandato. Pero Trump revirtió muy pronto esa decisión, volvió a incluir a la isla nada más llegar a la Casa Blanca en enero de 2025 y ha aumentado la presión para asfixiar al régimen desde entonces. De la Espriella, por su parte, con un marcado acento militarista, le cierra la puerta a cualquier negociación de paz y apunta el dictado de Washington en política exterior.
