Política

La Fiscalía investiga abusos y vejaciones en los centros de menores de Ceuta

A las ocho de la noche del miércoles, el campo de fútbol del barrio ceutí de El Príncipe enciende las luces para iluminar a los que aún apuran el partido. También a un pequeño círculo de chicas que habla junto a las gradas, apretadas, muy serias. De pronto, una joven rebasa la verja de entrada corriendo en dirección a ellas, llega llorando, tropezándose. Las otras salen a su encuentro y chillan: “Douae, ¿cómo te has escapado?”, se abrazan, se le unen en el llanto. Douae se ha fugado de uno de los centros de menores que el Gobierno ha habilitado en Ceuta para alojar a los menores no acompañados que cruzaron a finales de julio. Tiene 17 años y es la cuarta chica en este campo en escaparse, la séptima en total. Antes de la medianoche se unirá Noura, la octava.

Todas estas migrantes, de origen marroquí, fueron alojadas en los centros de menores a inicios de septiembre tras más de un mes viviendo en los campos informales levantados con la solidaridad de los vecinos, como este de El Príncipe o el de Sidi Embarek, aún en funcionamiento. Se las reubicó en dos instalaciones gestionadas por dos entidades distintas (Samu y Engloba), ubicadas una al lado de la otra, dentro del polígono de las Naves de El Tarajal. Según han relatado en una denuncia a la Policía, a los pocos días comenzaron a sufrir malos tratos por parte del personal a su cargo, insultos, vejaciones y falta de atención médica. También castigos físicos y amenazas constantes con expulsarlas a Marruecos. Contactadas por este periódico, ninguna de las dos empresas ha querido hacer declaraciones.

“Nos llaman putas constantemente, nos golpean, nos castigan si pedimos usar el móvil o una almohada”, cuenta Nezha, acelerada. Ella escapó el martes junto a otras dos compañeras, y se atropella al tratar de resumir lo sucedido. Tiene un moratón en el muslo, que, asegura, es producto de una paliza por parte del personal del centro. El resto también tiene magulladuras y heridas de diverso tipo, que han fotografiado e incorporado al atestado policial. “Nos hemos escapado nosotras, pero hay muchas más que siguen dentro y no lo han conseguido. Lo hacemos también por ellas. Cuando tenemos algún problema de salud, no nos llevan al médico, y nos insultan para que nos aguantemos. Hay una chica que aún está dentro y ni siquiera cuando vomitó sangre la asistieron”, cuenta. Según su relato, a esa menor en concreto las vejaciones y los insultos se los profieren por su orientación sexual.

Uno de los episodios de mayor gravedad que refieren sucedió el pasado 10 de septiembre, durante la noche. Dos hombres con uniforme de seguridad entraron en el recinto donde dormían las jóvenes, las despertaron y pronunciaron insultos de índole sexual y amenazas explícitas de violación. “Yo ese día no trabajaba, esa noche no estuve, pero las chicas me lo contaron. Traté de enterarme de quiénes eran y lo comuniqué”, cuenta una de las auxiliares del centro. Asegura que en su presencia no se han producido esos episodios de abuso, aunque está al tanto de lo que relatan. “Yo trato de tranquilizarlas cuando quieren escaparse, les explico que en la calle no van a estar mejor”, explica. La auxiliar refiere que son frecuentes las peleas entre las jóvenes, y que en su presencia hay castigos, pero no de índole física.

Fue precisamente en una de esas peleas este martes cuando un grupo de cuatro menores aprovechó que el personal de seguridad se desplazó a la planta de arriba para intervenir, y escaparon. Salieron tras ellas, pero se dispersaron en el polígono. En su huida, Yasmine, de 16 años, se cruzó con una voluntaria de Médicos del Mundo, que mantiene su unidad móvil en el recinto para asistir a las decenas de migrantes que viven en asentamientos informales de la zona. “Apareció con una crisis de ansiedad, con magulladuras y una contusión en la espalda”, explica la sanitaria. Le realizaron un informe psicológico y otro de las lesiones, y ambos fueron incorporados a las denuncias. Según detallan fuentes de la organización, estaban al tanto de episodios de este tipo en los centros de menores habilitados, pero hasta esta semana no habían tenido una constatación porque no les está permitido el acceso. Apuntan a un problema de falta de formación del personal de estos centros y a una ausencia de atención sanitaria integral para las menores, muchas de ellas en situación de gran vulnerabilidad.

Investigación en curso

El jueves, la Fiscalía de menores de Ceuta recibió un informe con la denuncia policial, los informes médicos y psicológicos. Se tomó declaración a las jóvenes, y esa misma mañana el área de menores de la ciudad, que ostenta su tutela, intervino. Se identificó a los dos hombres de seguridad del episodio del 10 de septiembre y se los relevó de sus cargos, estableciéndose que fueran sustituidos por mujeres, ahora y en adelante. También se identificó a una de las educadoras a las que las menores acusan de golpearlas de manera reiterada.

Paralelamente, se buscó una nueva ubicación para las denunciantes y pasaron la noche en otra instalación habilitada para menores no acompañados. “Nosotros no podemos volver a acogerlas, no podemos estar otra vez como al inicio”, cuenta Ahmed Enfed-Dal, presidente de vecinos de El Príncipe. Hasta su campo llegó el grupo que se escapó el miércoles, aprovechando una salida del centro programada para que las chicas salieran al exterior. “Volvieron aquí contando lo que había pasado y a mí se me rompe el corazón, pero no podemos volver a montar aquí el campamento, porque eso no es solución. Nosotros no tenemos la tutela, se tienen que encargar ellos”, explica.

A pesar de eso, Hafida Mustafa, otra de las vecinas que levantó el campamento improvisado en agosto, busca soluciones. Al menos para esa noche. Ella acogerá en su casa a una de las chicas, y trata de reubicar a las demás hasta que a la mañana siguiente tengan que ir a declarar. “Mira cómo viene esta, tiene una infección en el pie”, dice, señalando una herida en el empeine de Yosra. “Ni cuando estaban aquí y dormían en el suelo estaban en estas condiciones”, critica. Las que huyeron del centro el jueves, como Noura y Douae, llegan sin sus teléfonos móviles ni ninguna de sus pertenencias. Se fugaron con lo puesto y regresaron al lugar anterior, que las refugió durante casi un mes al inicio de la crisis. “Pero eso no se puede volver a repetir, esto tiene que parar”, insiste Hafida, en vano. Un día después, en el campo aparecieron tres menores más, también del mismo centro.

Zineb también se fue, pero no regresó a El Príncipe: cruzó la frontera, otra vez. “No podía con más humillaciones, entre nosotras hay quienes llevan hiyab y quienes no, pero igualmente te insultan, te golpean. No pude más, volví a Marruecos, aunque no estoy contenta aquí con esta situación en la que estoy ahora, en la calle, pero no tengo qué hacer”, escribe desde allí. El sábado 12 de septiembre fue al puesto fronterizo y retornó voluntariamente. “Yo no tenía que volver a Marruecos, yo tenía que salir adelante y hacer mi futuro allí, porque tengo un hermanito pequeño allí al que tengo que apoyar y cuidar”, explica. Según sus compañeras de centro, es una de las cuatro que ha retornado voluntariamente, una opción que, según confiesan, cada vez ponderan más. Mientras tanto, la investigación sigue en curso.


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