Cuando 100.000 adultos se visten como princesas Disney: la D23 riega de millones al sur de California
En el centro de convenciones de Anaheim, en California, no hay bolsas pequeñas. Por supuesto, no hay de papel, ya que aquí el plástico es el rey. La convención D23 (del 14 al 16 de agosto) es la cita que la compañía Disney, con todas sus ramificaciones (Disney Channel, Disney+, Star Wars, Marvel, Hulu, parques temáticos, cruceros, ropa, cartas.), celebra cada dos años en el sur del Estado, en la misma ciudad en la que acoge su primer parque, Disneyland. Hasta aquí se desplazan cada 24 meses los fans más locos de la factoría del ratón, vestidos en honor a sus personajes favoritos, para conocer las novedades de la empresa de entretenimiento, hacerse miles de fotos y comprar, comprar muchísimo. Porque realmente las bolsas de plástico de las tiendas de merchandising son gigantes. Cuanto más, mejor.
Para la D23, el cielo es el límite, en imaginación, en espacio, en gasto, en ropajes, cuidados hasta el límite. Disney sabe de la devoción que le profesan sus seguidores y organiza tres días, un largo fin de semana, de eventos. No hay cifras oficiales, pero medios como The New York Times calculan más de 100.000 asistentes; cada entrada vale 99 dólares por jornada (85 euros). El miércoles hay un partido de béisbol temático de Disney; el jueves, visitas VIP al parque, cenas y eventos. Y luego empieza la fiesta, que durante tres días llena el centro de convenciones de esta ciudad a una hora al sur de Los Ángeles, con 170.000 metros cuadrados.
Cuatro escenarios con un total de 60 paneles temáticos (hay desde cómo se ruedan los documentales de National Geographic a charlas por el 35º aniversario de La Bella y la Bestia, pero también se organizan concursos de disfraces o espacios temáticos de series como Scrubs o Los Simpsons), zonas de compraventa de pins (que cuestan hasta 350 dólares, más de 300 euros, cada uno), espacios de las cartas Lorcana, tiendas propias de marcas como Crocs o Pandora o stands para hacerse fotos en sets de El diablo viste de Prada o Solo asesinatos en el edificio, con las famosas pelotas amarillas de Pixar o los premios Grammy ganados por la compañía.
Además, el cercano estadio Honda acoge al final de la jornada la gran exposición del día, a la que asisten unas 13.000 personas. Es el mayor atractivo, con el que además la convención se gana el respeto de la prensa. El viernes tiene lugar la presentación de las novedades de Disney en audiovisual, donde se mostraron las primeras imágenes de Frozen 3 y de la nueva Star Wars o se anunció la también tercera entrega de Zootrópolis, por ejemplo. El sábado se centra en parques y cruceros, donde se expuso una nueva zona llamada Villanolandia en el parque de Orlando y la primera atracción de El Rey León del mundo, en Disneyland París; el domingo, fue la proclamación de las llamadas Leyendas de Disney, un podio de 329 personas al que este año entran a formar parte actores como Anne Hathaway y Dwayne Johnson, los cantantes Jonas Brothers, el productor Jerry Bruckheimer y el expresidente de la empresa, Bob Iger.
La D23 —que toma su nombre de la inicial de la empresa y del año de su fundación, 1923— está pensada para seguidores. De hecho, su nombre oficial es D23: The Ultimate Disney Fan Event, es decir, el evento definitivo para fans de Disney, y parte de un club de fans que en 2009 creo Bob Iger, entonces presidente de la compañía, que lleva realizando este gran evento desde 2010. Pero con el tiempo también se ha convertido en un escaparate para la propia empresa, para sus novedades, y para revelar algunos de sus siempre deseados secretos (por ejemplo, hay toda una zona en la convención donde se muestran los archivos). De ahí que sea clave para sus trabajadores, que tienen la posibilidad de presentar el trabajo de años, y que no siempre es algo tan público como una serie o una canción. También de darse visibilidad: estos días, a las puertas del centro de convenciones han protestado algunos de ellos pidiendo mejoras de salario.
Entre los que ponen en valor su trabajo, por ejemplo, están los imagineers, el nombre que reciben los “ingenieros de la imaginación” que crean las atracciones de los parques Disney. El valenciano Pasqual Sebastià es uno, diseñador de e ellos. Aunque su oficina es el parque de Los Ángeles, tiene una novia en cada puerto. “Sí, he participado en la creación de al menos una atracción en todos los resorts del mundo”, que junexplica en el stand dedicado a las atracciones que llegarán a los parques y donde se ve cómo será la de Coco en Disneyland de California, por ejemplo, o los desarrollos nuevos de Marvel o Star Wars.


Omar Alonso (EFE)



Omar Alonso (EFE)



Estos años, Sebastià —que se define como senior sequence designer and ride animator, algo así como animador y diseñador de atracciones— y su equipo están dando forma a la primera atracción de El Rey León en el mundo, que llegará a París dentro de un tiempo (indeterminado; ellos nunca desvelan este dato). Cada atracción puede tardar unos cinco años en crearse, y un equipo de entre 400 y 500 personas, “y hasta miles”, explica este ingeniero valenciano, “con diseñadores, ingenieros civiles, arquitectos, pintores, artistas.”. Para ellos, estar aquí es educar en lo que hacen, y cubrir las ansias de saber de muchos seguidores. “Nuestros seguidores siempre quieren saber qué va después”, reconoce.
De hecho, Anaheim es el epicentro del mundo Disney estos días al combinar la convención con la entrada al parque. Con unos 350.000 habitantes, dos estadios, un centro de convenciones y una moderna estación de tren que la conecta con la ciudad en poco más de media hora, es la ciudad más importante del condado de Orange (al sur de Los Ángeles) y vive del turismo de parques todo el año. Lo que fue un pueblecito formado por media docena de familias alemanas a mediados del siglo XIX es hoy la décima ciudad más grande de todo California, según Forbes, con sus tres millones de habitantes en su área metropolitana, supone ya la séptima economía de todo EE UU. La D23 deja en ella una cascada de millones, con visitantes venidos de todas partes del mundo dispuestos a gastar y comprar.
De ahí que uno de sus mayores atractivos sean las tiendas. Enormes, pequeñas, de todo precio y condición, pero con algo en común: las filas. En ellas se pueden comprar sudaderas, camisetas, muñecos, carteles, imanes y todo lo relacionado con la marca. Los objetos más baratos cuestan alrededor de 15 dólares (13 euros); lo más caro son láminas de arte diseñadas por creadores de Disney que superan los 80.000 dólares (70.000 euros). El precio medio de una sudadera ronda los 80 (70 euros); el de una mochila, 120 (103 euros). Hay objetos, como las muñecas de Princesa por sorpresa de edición limitada (solo existen 2.500) que cuestan 180 dólares (155 euros).

Todas las tiendas son distintas, claro, para tener que ir peregrinando de una a otra en busca del objeto deseado. Para muchas de ellas las colas virtuales para pedir cita físicamente (así son las filas modernas) se abren a partir de las cinco de la mañana. “Y hoy en todo el día es imposible conseguir hueco, veremos los demás días”, afirmaba el viernes Summer, la encargada de la más grande, con artículos solo disponibles en ese establecimiento o en algún parque, ya sea el de California, París o Hong Kong.
Cargadas de bolsas de ahí salían tres amigas que ayudaban a recolocarse pelucas y sombreros (habían tardado unas dos horas en estar listas), Jessie, de Oregon; Lyn, de Arizona; y Tori, de California. Ellas eran neoprincesas modernizadas, con “vestidos hechos por un artista, reinterpretados”, afirmaban. Tras meses planeando la visita, calculan que se habrán gastado unos 6.000 dólares (alrededor de 5.500 euros), calculan por encima: solo en la tienda llevaban 600. “Nos encanta ponérnoslo todo, y venir aquí y vestirnos con otra gente que se mete a fondo en el personaje”, comentaba Jessie, vestida de Blancanieves. No es su primera convención. Y sí, repetirán.

El matrimonio formado por Michelle Hernández y Mario Rivera llamaba la atención a la entrada del centro de convenciones, vestidos elegantemente con trajes pintados a mano. Ella había cosido su propia falda y su suegro, contaba, había dibujado a mano sobre ella el mapa del País de Nunca Jamás, de Peter Pan. Los californianos viven a una hora y media al norte de Anaheim, y prefieren trasladarse cada día (con su traje correspondiente) y así ahorrar dinero en los prohibitivos hoteles de la zona. “Es que es caro, muy caro”, contaban. “Nosotros llevamos como tres años planeando estos trajes”, relataban. También tienen pensados ya los de la convención de Star Wars que recalará en la ciudad a primeros de abril. Por supuesto, ya tienen las entradas, compradas en cuanto salieron. Hicieron bien: aunque quedan más de ocho meses, también están agotadas. El fenómeno fan expande sus tentáculos, y sus dólares, con cada vez más fuerza y más antelación.


