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Claudia Sheinbaum o el discurso del método


A dos años de haber llegado a la presidencia de México, Claudia Sheinbaum ocupa un lugar que pocos jefes de Estado pueden reclamar en el mundo actual: gobierna con una aprobación cercana al 70%, cuenta con mayoría en ambas cámaras, su movimiento ejerce un amplio control territorial y enfrenta una oposición incapaz de articular una alternativa creíble. En un momento global marcado por liderazgos erosionados por la inflación, la inseguridad, la fatiga democrática y la desconfianza institucional, esta combinación convierte a la presidenta mexicana en una rareza política.

Acorde a su formación científica, esa fortaleza no la ha construido a partir de la estridencia de los políticos de hoy en día. Su sello más visible es una administración metódica y estable, más inclinada al diagnóstico que al arrebato. En otro texto la he descrito como una suerte de CEO de la administración pública y una izquierda con Excel: convicciones sociales de los gobiernos populares, pero procesadas mediante datos, metas, presupuestos y decisiones técnicas.

El punto de partida no era sencillo. Sheinbaum heredó el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador (2018-2024), un político carismático que reconfiguró el sistema en torno a su figura y su conexión directa con las mayorías, al grado de considerar que iniciaba una Cuarta Transformación del país (Independencia, Reforma y Revolución, las tres primeras). Sustituirlo implicaba dos riesgos: convertirse en mera administradora de un legado ajeno o intentar una ruptura prematura que fracturara a su coalición. Su estrategia ha sido más sutil: preservar el núcleo simbólico de la 4T, mientras imprime una lógica menos épica y más operativa al llamado segundo piso del movimiento.

Ese cambio de tono es significativo. López Obrador fue, ante todo, un narrador político. Sheinbaum, en cambio, parece sentirse más cómoda en la ejecución. Su perfil científico se traduce en un gobierno que busca proyectar coherencia y previsibilidad. No es una presidenta sin ideología; pero sí una jefa de Estado que prefiere convertir la ideología en programa, calendario y hoja de cálculo.

Mantener una aprobación cercana al 70% durante dos años no es un logro menor. Muestra que la continuidad de los programas sociales, la política salarial, la inversión pública y la narrativa de un Estado más presente en la economía siguen percibiéndose como beneficiosos.

El terreno económico merece una lectura aparte. López Obrador demostró que era posible mejorar el poder adquisitivo, subir salarios y ampliar transferencias sociales sin desestabilizar los mercados. Pero el crecimiento fue moderado: apenas 0.8% anual promedio del PIB durante su sexenio. Sus críticos argumentaron que un modelo centrado en la redistribución sacrifica dinamismo económico. Sheinbaum busca desmentir esa premisa: sostiene la política social hacia los sectores desfavorecidos, pero la complementa con un impulso más activo a la inversión pública y privada. Si México crece alrededor de 1.5% en 2026 y entre 2% y 2.5% en 2027, como señalan las estimaciones, la segunda mitad del sexenio podría ofrecer condiciones más favorables. De cumplirse ese escenario, se habría logrado algo en lo que han fracasado la mayoría de los gobiernos populistas: crecimiento moderado pero sostenido, junto con una distribución más equitativa.

La debilidad opositora es otro de sus activos políticos. Los partidos de oposición no han podido articular una crítica que trascienda la denuncia moral o institucional, ni han presentado una propuesta socialmente competitiva para quienes han visto crecer sus ingresos en los últimos años.

La mayoría legislativa y la presencia territorial de Morena amplifican esa ventaja. Sheinbaum no gobierna desde la vulnerabilidad, sino como líder de un bloque dominante, con capacidad de aprobar reformas y coordinar gobiernos estatales afines. Ese capital político abre la puerta a transformaciones de largo plazo, pero conlleva un riesgo: que el poder se concentre en exceso y surja la tentación de confundir eficacia con unanimidad, además de inclinaciones a la soberbia de la élite política. La presidenta intenta imponer con el ejemplo una actividad incombustible y una austeridad republicana (vuela en clase turista y su vestimenta carece de marcas), pero con escasa mella en una clase política que sigue asociando poder con privilegios.

La oposición puede ser débil y los malquerientes del gobierno no son mayorías, pero constituyen la franja más próspera del país e incluyen a los medios de prensa y televisión tradicionales. Parte de las críticas obedece a intereses perdidos por sectores antes mimados por el poder político; otras tienen sustento. Apuntan a la violencia, las desapariciones y el control territorial de grupos criminales; a la militarización de funciones civiles; a la concentración de poder y debilitamiento de contrapesos institucionales, incluidas dudas sobre la independencia judicial. Se suman la opacidad gubernamental, el deterioro de organismos autónomos, los problemas persistentes en salud y abasto de medicamentos.

El terreno más complejo ha sido la relación con Estados Unidos. La dependencia estructural de México (comercio, remesas, frontera, migración, seguridad, inversión), limita severamente el margen de maniobra. Con el regreso de Trump al centro de la escena estadounidense, las presiones se han vuelto más explícitas: aranceles, amenazas migratorias, exigencias de seguridad y uso político de México en la agenda interna de aquel país. Sheinbaum ha tenido que caminar por una cuerda floja: defender la soberanía nacional sin provocar una ruptura que cueste caro a millones de mexicanos. Su enfoque prioriza la viabilidad sobre los gestos retóricos; no busca desafiar sistemáticamente a Washington, sino gestionar la asimetría bilateral con firmeza, pragmatismo y preparación técnica. Hasta ahora ha salido razonablemente bien librada, considerando la hostilidad de la Casa Blanca y la enorme vulnerabilidad del país.

Un aspecto fundamental del balance es la dimensión de género. Sheinbaum es la primera mujer presidenta de México, y gobierna en un país de inercias patriarcales persistentes, donde los poderes fácticos han sido dominados históricamente por hombres. Su autoridad se expresa no sólo en indicadores de desempeño, sino en su capacidad de liderar un ámbito que durante décadas reservó el mando a la masculinidad. Que lo logre sin sobreactuar con dureza ni apelar constantemente a su condición de mujer como argumento de legitimidad, revela una forma de liderazgo que normaliza lo antes excepcional.

La interrogante central es si Sheinbaum logrará convertir su capital político en un legado propio. Hasta ahora, su mayor mérito ha sido estabilizar la sucesión y demostrar que el proyecto de López Obrador podía continuar sin él en Palacio Nacional. Pero el tercer año de gobierno suele ser el momento en que los mandatarios dejan atrás la inercia inicial y son juzgados por su sello distintivo. En su caso, ese sello podría ser una modernización administrativa de la izquierda mexicana: menos caudillismo y más tecnocracia, menos discurso y más ejecución, menos improvisación y más planeación.

Ese posible legado se desarrolla en un contexto regional adverso, marcado por el avance de la derecha en América Latina, impulsado por el voto de castigo, la inseguridad, el descontento económico y el atractivo de liderazgos autoritarios. En ese escenario, México y Brasil emergen como los principales bastiones para sostener, aún, que una izquierda popular tiene capacidad real de gobernar y sobrevivir en una economía de mercado: Lula en el sur, Sheinbaum en el norte. Si México logra combinar bienestar social, estabilidad macroeconómica, seguridad e inversión, su experiencia podría convertirse en referencia ante el retroceso de las izquierdas latinoamericanas

A dos años de su llegada al poder, Claudia Sheinbaum se perfila como una líder singular: popular en tiempos de impopularidad generalizada, poderosa en medio de la fragmentación política, metódica en un contexto de ruido mediático. Su gobierno no puede entenderse únicamente como herencia de López Obrador. Su trayectoria demuestra que el liderazgo político puede tomar otras formas: menos volcánicas y más perseverantes, menos carismáticas y más administrativas. La pregunta ya no es si sudo gobernar en un país de hombres, sino si su método, el de una izquierda moderna, alcanza a transformarse en un proyecto de país con nombre propio.


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