Wafae Atid no es una emigrante económica y no quiere volver a Marruecos porque aborrece “la mentalidad” del país: “Hay otras razones”
Wafae Atid no quiere volver a Marruecos porque aborrece “la mentalidad” del país. La joven, de 28 años, llevaba más de dos semanas durmiendo sobre un colchón hinchable en la ladera junto al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Ceuta tratando de conseguir un hueco dentro de la institución para poder quedarse en España, cuando este lunes contó en vídeo su historia a este periódico. “En Marruecos, las mujeres están por debajo de los hombres”, se lamentaba Atid, que ha trabajado en distintos empleos, como el de recepcionista, y se expresa en inglés. En su caso, la motivación para abandonar el reino alauí y entrar a nado en Ceuta no está relacionada con una cuestión económica, sino ideológica, como explicó. “Es muy difícil vivir en un país que no encaja contigo”, indicó, sin aludir en ningún momento a falta de dinero. “No soy pobre, pero tampoco soy rica; estoy en un punto intermedio. Soy una persona normal, pero hay que entender que algunas personas huyen por la mentalidad, por las reglas, por muchas otras cosas”, añade, en otra entrevista grabada este jueves, sobre sus razones para dejar atrás Marruecos.
EL PAÍS conoció a Atid el sábado, mientras preguntaba a los migrantes que estaban en la carretera que da al CETI. Ese día, la joven narró su pasado, con un relato duro, y este periódico volvió el lunes para grabar sus declaraciones en una conversación larga, cuyo vídeo editado las resume en dos minutos. La chica seguía dos días después sobre la misma colchoneta, con el mismo chándal gris y el mismo peinado, con el pelo atado en un moño. Atid cuenta que creció en la región marroquí de Taza, cercana al Rif. Sus padres profesan el islam, pero ella rechaza esta religión de plano. Según sus palabras, la sacaron del colegio tras cinco años estudiando: querían que se dedicara a labores de casa y que se pusiera el hiyab. Ella rehusaba esa vida. Como su familia se oponía, acabó abandonando el hogar familiar hace años. “Acaban con tus sueños, preferí irme lejos”, narró. Cortó la relación con sus padres y desde entonces se ha buscado la vida en empleos como el de recepcionista, ha aprendido inglés y sabe algo de francés.
Mientras espera en el camino junto al CETI una oportunidad para trasladarse a la Península, rodeada de decenas de migrantes que durante días han dormido en la calle en condiciones de insalubridad, Atid trata de estudiar castellano con una aplicación de móvil. Del dispositivo extrae frases y las va apuntando en una libreta de la que no se separa. “Quiero ir a Barcelona”, indicó. Atid no es una migrante económica, con sus empleos ha podido costearse viajes por varios países de Oriente Próximo y África. De hecho, residió en Emiratos Árabes: “Arriesgué mi vida para ir de Marruecos a Ceuta porque había intentado muchas veces conseguir un visado en los Emiratos y en Marruecos”, añadió este jueves, tras recibir muchos mensajes hirientes.
En la segunda entrevista aclara por qué no consiguió su meta. “En los Emiratos piden mucha documentación y exigen un salario específico; solicitan numerosos documentos porque saben que los marroquíes, argelinos y tunecinos a menudo trabajan unos años y luego se marchan a Europa”, continúa. “Si no tienes suficiente dinero, no puedes conseguir un visado para Europa ni para otros países. Esa es la razón por la que empecé a aprender inglés y luego me mudé a Dubái. Intenté conseguir un visado de estudiante, pero no pude; allí trabajé como recepcionista y en otros empleos”, añade.
Tras ese periplo, Atid vio en la entrada masiva a Ceuta una vía para cumplir su propósito: “Viajé alrededor del mundo porque trabajé duro, no es fácil. Pero si voy a cualquier otro sitio, tengo que volver a Marruecos, no quiero volver. Quiero estar en un país que me respete. Con libertad”, sentencia Atid por teléfono tras haber recibido críticas en redes sociales por las fotos de sus viajes en su perfil de Facebook e Instagram. “No huyo de Marruecos porque sea pobre o porque no tenga dinero. Quiero dejar Marruecos porque no soy musulmana y no me gusta la mentalidad, no me siento a gusto allí”, explica, haciendo hincapié en que “las mujeres están debajo de los hombres”, apuntaba a través de WhatsApp, reiterando nuevamente que rechaza el islam. Y no solo por eso, Atid subraya que el “sistema” de Marruecos no permite a los ciudadanos desenvolverse con total “libertad”, incluso ni para hacer “deporte”.
“No quiero volver”, insistía en la primera grabación antes de romper a llorar durante la grabación. Después de volver a Marruecos, intentó retomar la relación con su familia, pero su madre seguía con una concepción de la vida distinta a la suya, como la de cubrirse con el hiyab. “Tenemos mentalidades muy diferentes. No me resulta fácil intentar mantener una cercanía emocional con mi familia; nuestras mentalidades están muy alejadas”, relata.
Tras llegar a la ciudad autónoma, se instaló en la carretera que da al CETI sobre una colchoneta hinchable, donde este lunes estaba rodeada por una decena de bolsas con cosas que la gente le ha ido donando en las calles ceutíes, como mantas. Ha estado bajando a comer a la playa de El Trampolín, donde Cruz Roja repartía un picnic diario por la tarde. Y se aseaba en duchas de la playa. Asegura que llegó sola a Ceuta, aunque ha entablado relación con otras marroquíes que están a su lado, tiradas en el suelo del asentamiento.
Agentes de la Policía Nacional han custodiado día y noche el lugar, separando a los hombres al otro lado de la carretera para evitar problemas. “No duermo bien, estás siempre en alerta”, indicó Atid, una mujer de formas menudas. La joven marroquí afirma que ha sentido miedo de ser acosada sexualmente, aunque se ha resistido a abandonar el mismo lugar en el que ha pasado más de dos semanas. Al menos hasta este lunes, no había querido marcharse a un centro de acogida para mujeres, como el improvisado por los vecinos en el polideportivo de El Príncipe, ante el temor a ser deportada.
Este lunes, cuando Atid habló con este periódico, decenas de magrebíes secundaban por segundo día consecutivo una sentada en la playa de El Trampolín. Protestaban y pedían “asilo” negándose a la comida diaria que repartía Cruz Roja. “Todos los migrantes son iguales”, clamaban. Este jueves, el Gobierno ha desalojado la playa y los ha reubicado en centros de acogida tras 20 días desde la entrada masiva.


