Tres menores muertos y un mismo patrón de violencia en academias militarizadas de México
Zamir Pinto (16 años), Erick Terán (13) y Dafne Zapata (13) fueron a estudiar, tocar la trompeta en una banda de guerra o a hacer ejercicio y no volvieron más a casa. Los menores no se conocían, sus familias tampoco, y vivían en Estados distintos, aunque sus historias comparten lamentables coincidencias. Los tres perdieron la vida en academias militarizadas a cargo de instructores que debían cuidarlos, pero que los golpearon y maltrataron hasta morir. En todos los casos, además, los directivos actuaron de forma similar: notificaron por teléfono a las familias de que “algo no estaba bien” y achacaron lo ocurrido a supuestos problemas de salud. Los casos sucedieron en un periodo de tres años en el que los centros de formación castrense continúan operando sin una categoría o normas específicas que regulen sus métodos de enseñanza y disciplina.
Erick Terán quiso ser youtuber, futbolista y probar si ser militar podía ser su vocación. A su madre, Erika Torbellín, no le gustaba la idea. “Pero una como mamá no puede impedir ese tipo de cosas. Yo no quería quebrar su sueño y lo apoyé”, cuenta por teléfono a EL PAÍS. Estudió casi siete meses en la Academia Militarizada Ollín Cuauhtémoc de Ciudad de México sin incidentes hasta el 18 de abril de 2025, cuando le confesó a su madre que otros niños lo habían golpeado por defender a su amiga. Ella le preguntó si quería seguir estudiando ahí y él dijo que sí. Murió cinco días después en Morelos, en un campamento que la escuela organizó sin tener los permisos necesarios. No fue hasta el funeral cuando Torbellín supo por testimonios de los compañeros de su hijo que eran los instructores quienes cometían “las atrocidades” contra los niños. El director del plantel y una tutora fueron detenidos pero no han recibido sentencia. Torbellín asegura que hay más personas involucradas que continúan en libertad.
Los alumnos le contaron que a Erick lo arrastraron por el piso y golpearon repetidamente en el abdomen y las costillas. Lo obligaron a luchar con otros niños y, si perdía, lo castigaban más. “Los pisoteaban, hacían que lamieran el piso con la lengua, que limpiaran el piso con un cepillo de dientes, que lavaran los baños. Se supone que van a estudiar, ¿cómo me lo van a poner a lavar el baño cuando están en clases? Es mucho para un niño soportar esas palizas y maltrato psicológico”, relata. La escuela intentó atribuir la muerte a problemas de salud. “Querían decir que mi hijo se drogaba, o que le dio asma, deshidratación, un montón de enfermedades, que estaba mal del corazón y que por eso falleció”, comparte.
Un año tres meses después de esa tragedia, Torbellín se ha enterado de la muerte de una niña de la misma edad de Erick, también en una academia militarizada, en Tamaulipas. “Me removió muchas cosas, muchos sentimientos horribles. ¿Cómo es posible que esto se repita?”, dice. Se ve a sí misma en Alejandra Quintos, madre de la última víctima y encuentra similitudes en ambos casos. “Fueron torturados hasta fallecer. Los maltratos y golpes son parecidos, el exceso de ejercicio. Es como si ya tuvieran un patrón, una forma de actuar. Me hace pensar si hay algún tipo de relación entre ellos”, explica. “Con la niña [Dafne Zapata] querían prácticamente lo mismo: decir que se murió por enfermedad. Todo lo quieren limpiar así”, reclama. La mujer asegura que parte del personal de la escuela de Erick ahora trabaja en otros centros con el mismo modelo educativo. “Se protegen entre ellos”, dice.
Tres años antes, en el Estado de México, la familia Pinto tuvo que atravesar una historia parecida. El 27 de noviembre alguien desde el interior del plantel le mandó un mensaje a la tía del joven para informarle de que había muerto por un ataque de epilepsia. La autopsia dice que murió por traumatismo abdominal profundo: a Zamir lo patearon repetidamente en el estómago. El instructor Jonathan Jesús, de 29 años, fue detenido.
Dafne Zapata, el caso más reciente, falleció en el campamento de verano de la Academia Militarizada Marina Doenitz. La familia informó de que la necropsia indica que la causa de muerte fue asfixia por sumersión. Su madre, Alejandra Quintos, asegura que Dafne murió “torturada, de una manera espantosa”, mientras los directivos de la escuela sostienen que la niña se desvaneció y murió en las regaderas. Por el caso, que se investiga como feminicidio, fue detenida una joven de 18 años que se desempeñaba como instructora auxiliar al cuidado de las niñas. La madre exige la detención de otras cuatro personas involucradas.

En las academias existe un “código de silencio”. Los alumnos temen contar lo que les ocurre porque son amenazados. A la muerte de todos le siguieron decenas de denuncias de sus compañeros en cada una de las academias. Describen violencia extrema entre los propios compañeros y desde los profesores. Las palizas como rituales de iniciación, ejercicio forzoso, acoso sexual, castigos extremos y los encierros se repiten en las historias que han salido a la luz. Las autoridades han encontrado que los trabajadores carecen de la formación obligatoria para educar a menores de edad o los títulos militares que dicen tener cuando promocionan los cursos.
“Exijo justicia. Ya son tres niños. Al mío lo tomaron como un caso aislado y claramente no lo es”, dice Torbellín. A esa búsqueda de justicia la describe como “horrible”. “Tuve que tomarme un tiempo para recuperarme mentalmente. Primero estás en el proceso legal, pero ya cuando llegas a tu casa y empiezas a notar el silencio, es algo muy duro”, comparte. “Quedaron de apoyarnos con una reparación económica por los daños para salir de todos los gastos que habíamos llegado a tener por culpa de esta escuela. Pero hasta ahorita no me han dado nada. Yo no quiero nada con tal de que cumplieran, pero pareciera que ya no les importan los niños”, afirma.
La madre de Erick pide vigilar esas instituciones: “Por lo menos las regulen, que las vayan a visitar, que vayan con preguntas de cómo han sido tratados. Cosas así que pueden ayudar mucho a que no vuelva a pasar una tragedia”. Ya no quiere volver a verse reflejada en otra madre que pierde un hijo en un centro donde debían formarlo y cuidarlo.

