‘Ser Hamlet’, la película peruana con actores con síndrome de Down que desmonta los prejuicios sobre la discapacidad
Octavio Bernaza aparece en la pantalla con la barba canosa y el cabello recogido en una colita. A su lado están Jaime Cruz, de pelo cortito, y Cristina León, de cabellera ondulada. Hablan por videollamada desde Murcia, con el Mediterráneo detrás. Vienen de actuar en Valencia y en unos días viajarán a Gotemburgo, Suecia. Salieron de gira después de verse por primera vez en una pantalla de cine. El 7 de agosto caminaron por la alfombra roja del Festival de Cine de Lima, posaron para las fotos, recibieron aplausos y firmaron autógrafos. Se sintieron lo que son: actores. Llevan ocho años siéndolo, aunque a algunos se les olvide. Son actores con síndrome de Down.
Ser Hamlet, la ópera prima cinematográfica de Chela de Ferrari, condensa en 82 minutos cerca de 500 horas filmadas durante un año de ensayos, desde el 31 de octubre de 2018 hasta el estreno teatral del 11 de octubre de 2019. La película se concentra en el momento anterior a que la obra iniciara un recorrido por más de sesenta ciudades de veintiún países. Se adentra en la intimidad de la sala de ensayo y observa cómo ocho intérpretes construyen una versión personalísima de los dilemas existenciales del príncipe de Dinamarca tras la muerte de su padre. Mientras aprenden a ser Hamlet, Ofelia o Gertrudis, aprenden también a tomar decisiones, equivocarse y volver a empezar.
La independencia comenzó como una regla de trabajo. Los padres, acostumbrados a acompañarlos y sobreprotegerlos, tuvieron que aceptar que no podían estar presentes en los ensayos. Años después hicieron algo más difícil: verlos subir solos a un avión para actuar fuera del Perú. Una autonomía que todavía asombra a sus familias. “Allí encontré el amor para toda la vida”, dice Octavio. En los ensayos conoció a Ximena Rodríguez. Un día la invitó a tomar un helado y luego le pidió que fuera su novia. En 2022, durante una gira por Canarias, le propuso matrimonio. Conviven desde hace un año y en noviembre se casarán.
Cristina todavía se sorprende con los sellos de su pasaporte. “Me encantan Londres y Escocia por sus castillos. En Escocia fui a conocer el lago Ness y el monumento a William Wallace. Jamás pensé que viajaríamos tanto”, dice, mientras recuerda que su madre suele llamarla “la artista de la familia”. Jaime sonríe achinando los ojos. Él fue la chispa del proyecto. Trabajaba como anfitrión en el teatro La Plaza, en un centro comercial sobre los acantilados de Lima, acomodando espectadores, cuando se acercó a De Ferrari para decirle que era actor y quería una oportunidad. Ella habló con Jonathan Oliveros, director de Liberarte y profesor de Jaime y de otros intérpretes. De esa conversación empezó a tomar forma Hamlet.
“He pasado de ser anfitrión a actuar en una obra y ahora en una película. Es alucinante. Soy una estrella”, dice Jaime, y vuelve a sonreír. Las giras le permitieron reencontrarse con su hermana en Alemania, recorrer lugares de Escocia donde se filmó Harry Potter y actuar en Berlín ante Peter Dinklage, el Tyrion Lannister de Juego de Tronos. Oliveros aparece por unos instantes en el recuadro de la videollamada para felicitar al elenco. “Presentarse en los mejores teatros del mundo lo desearía cualquier actor peruano neurotípico. Este grupo de actores tiene la responsabilidad de ser la voz de una comunidad muy grande de personas con síndrome de Down que ahora tienen visibilidad gracias a ellos”, dice. Con ellos también está el resto del reparto, aliviándose del calor con la brisa del Mediterráneo: Álvaro Toledo, Manuel García, Diana Gutiérrez, Ximena Rodríguez y el argentino Lucas Demarchi.
Por primera vez, De Ferrari no los acompaña en la gira. Se quedó en Lima por el Festival de Cine, donde Ser Hamlet tendrá una segunda función este sábado 15. A las puertas de los setenta años, debuta como directora cinematográfica después de una vida en el teatro. Y lo hace sin convertir la discapacidad en el eje de la película. “Nuestros fines eran artísticos. Queríamos ver otras formas de decir Shakespeare, otros cuerpos sobre el escenario, encontrar belleza donde no solemos verla”, explica. El documental ni siquiera enuncia la condición de sus protagonistas. No explica diagnósticos ni los presenta como “niños eternos”. Los mira trabajar como lo que han demostrado ser: profesionales.
Esa decisión se vuelve evidente cuando la cámara registra aquello que un casting tradicional probablemente descartaría. Manuel García, un joven que no dice lisuras, debe llamar “puta” a Diana Gutiérrez porque así lo exige una escena. Comprende entonces que él y su personaje no son la misma persona. En otros ensayos, alguno se queda en blanco, un parlamento no se entiende o aparece una tartamudez pronunciada. De Ferrari no intenta borrar esas diferencias ni esconderlas: las incorpora al lenguaje de la obra. Todos se prestan la corona y todos pueden ser Hamlet. El amor, la sexualidad, el trabajo y la vida independiente aparecen entonces no como asuntos “de la discapacidad”, sino como preguntas humanas.
Un acto de resistencia
“Yo siento la obra como un acto de resistencia. Son tiempos en los que temas como la diversidad son cuestionados. Hay una vuelta atrás. Nos rebelamos contra esa corriente de pensamiento”, dice Chela de Ferrari. La resistencia, sin embargo, no necesita convertirse en consigna. Está en ver a ocho actores ocupar el escenario sin pedir permiso ni recibir indulgencia. Sus padres tuvieron que confiar, los teatros abrirles espacio y el público dejar de mirarlos como una excepción. Ellos hicieron lo demás: actuar.
Pero no siempre fue así. En la primera temporada, las publicaciones acumulaban “me gusta”, pero las funciones no se llenaban. No entendían la distancia entre el interés que despertaba la obra y la asistencia al teatro hasta que se toparon con un comentario revelador: “Los felicito, pero me da cosa ir a verlos”. El prejuicio empezó a ceder con el boca a boca. Quienes asistían descubrían que no estaban frente a un experimento amateur ni a una propuesta sostenida en la condescendencia, sino ante una obra trabajada durante un año, capaz de provocar el mismo carrusel de emociones que cualquier buen montaje.

“Cuando vemos a un grupo de personas con síndrome de Down no vemos a las personas, sino la máscara del síndrome de Down con todos los prejuicios que tenemos encima., además de ser los actores más profesionales que he dirigido, son únicos y no encajan en ningún molde. No son angelitos. Hay celos, envidias, solidaridad, todo, como cualquiera de nosotros”, remarca la directora.
La gira continúa. Entre septiembre y octubre tendrán nuevas presentaciones en Estados Unidos, mientras ya ensayan otro montaje de Shakespeare: Noche de Reyes, al que por primera vez se sumará una actriz neurotípica. Y tienen todavía otro deseo: que Ser Hamlet llegue a las salas comerciales en 2027. Ser o no ser.

