La desaparición de Era resucita las ayudas públicas al sector editorial mexicano
La imagen cambia pero la idea es la misma allá donde se pregunte: “un respiro”, “un tanquetazo de oxígeno”, “una cubetada de agua en el desierto”. La Secretaría de Cultura y el Fondo de Cultura Económica (FCE) han lanzado una convocatoria que es, o se siente, un salvavidas. Este lunes se abre el registro para que las editoriales propongan, de entre sus extensos catálogos, una lista de libros con la que renovar las bibliotecas públicas de México. La bolsa destinada será de 50 millones de pesos antes del fin de este año, una cantidad que no cubre las necesidades de los sellos ni de los espacios públicos, pero que insufla vida a un sector que no recibía una llamada así desde hacía 10 años. Ha tenido que echar el cierre la emblemática Era, una de las editoriales que modernizaron el país, para que algo se active en los despachos de gobierno.
“A partir de esa crisis, salió una puerta, y esta puerta provocó una reflexión, la intervención presidencial y la entrada de esta acción conjunta”, reconoce Paco Ignacio Taibo, director del FCE, que apunta además que hacía 15 años que no se renovaban los acervos de las bibliotecas. “Hubo compras equivocadas y muy repletas de ausencia de democracia, a partir de ahí, una especie de clausura. No hubo presupuesto”, desarrolla. Ninguno de los libros que se han publicado en los últimos 15 años y que han marcado la conversación pública han traspasado las puertas de estos espacios, salvo que hayan llegado en forma de donación. Por poner algunos ejemplos: la potente Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, se publicó en 2017; Casas vacías, de Brenda Navarro, en 2019; y la premiadísima El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, en 2021.
Uno de los problemas a los que se enfrentan, explica el funcionario, es que la red de bibliotecas públicas está desintegrada nacionalmente. La Secretaría de Cultura las cifra en 7.600 centros, para la presente convocatoria, han seleccionado 200. Aquellos, dice Taibo, que pueden tener capacidad “de arrastre”: “Si mejoras la calidad de los libros en esas bibliotecas, estas pueden incorporar préstamos internos hacia otras”. Es esa cifra de corte la que marca uno de los requisitos: que la editorial tenga al menos 200 ejemplares del título propuesto, de tal forma que pueda haber uno, como mínimo, en cada uno de los recintos elegidos. Todas las editoriales consultadas están ya volcadas en recopilar su propuesta. “Le estamos dando un tratamiento muy prioritario, porque sí es una cosa importante y viene en un momento donde hay una gran, gran crisis de liquidez”, enfatiza Eduardo Rabasa, que dirige Sexto Piso. El perfil de la convocatoria, añade el editor, se ajusta muy bien a las publicaciones que ha hecho esta casa durante la última década, volcada en la literatura mexicana.
La suspensión de las compras públicas ha ido generando cada año un pequeño boquete en el sector. Durante 2024 se publicaron cerca de 20.000 títulos distintos, un 15% menos que durante el año anterior. En consecuencia, el valor de producción también disminuyó en un 8%, hasta situarse en los 2.386 millones de pesos, según el informe de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), que atribuye estos descensos a la falta de ventas a los programas gubernamentales. A la vez, señala la Cámara, las ediciones importadas han ido ganando peso frente a las nacionales: las primeras han crecido del 7% al 14% desde 2020, las segundas, han disminuido desde el 93% hasta el 86%. A cambio, ha aumentado la facturación un 4,8% debido al aumento de unos 11 pesos, en promedio, de cada ejemplar.
Ese paisaje estadístico empujaba desde hacía años la necesidad de tomar medidas. La prioridad de la Secretaría de Cultura, explica la titular, Claudia Curiel, fue fortalecer la infraestructura y las instalaciones nada más llegar. El anuncio de Era generó un “espacio propicio” para este nuevo impulso, señala, pero era una ruta que venía de atrás y que continuará más adelante. Lo importante, dice, es conseguir la “sostenibilidad del sector”, que demandaba desde hacía mucho algunas medidas que han tardado en llegar, como la tasa 0 para las librerías, anunciada por la presidenta este mes y que, solo el año que viene, dejará unos 200 millones de pesos en los comercios, de acuerdo con la secretaria. Ya existía para las editoriales desde el 2000, y eso generaba una asimetría inexplicable entre dos elementos clave de la cadena de distribución. Para 2027, agrega Curiel, piensan actualizar los sistemas de catalogación y también buscan darle un impulso a las ferias estatales y municipales, que acercan al público general una oferta a veces demasiado cara y demasiado distante.
A la convocatoria están llamadas pequeñas, medianas y grandes editoriales, pero es a las empresas independientes a las que más puede ayudar. Es difícil saber todavía cuál será el impacto económico, porque dependerá de la cantidad de títulos que la comisión seleccione de cada editorial. “Es una moneda al aire”, dice Emiliano Becerril, de Elefanta, que reconoce que, si adquirieran muchos ejemplares, aunque fuera de un solo libro, “sería de gran ayuda” y les daría “un respiro”. Fuera han quedado las instituciones públicas como el Colegio de México (Colmex) que, aunque cuentan con un gran repertorio de publicaciones que se ajustarían a la solicitud, gozan de una estabilidad que resulta quimérica para el sector privado. Ellas, además, tienen otras actividades principales, como la enseñanza.
La principal fórmula con la que las editoriales públicas llegan a las bibliotecas es la donación, explica Gabriela Said, directora de Publicaciones del Colmex. También es la más “virtuosa”, agrega. Aunque reconoce que esta convocatoria les ayudaría a llegar a los lectores, su ritmo de publicación se ha mantenido más o menos estable en estos años y sus principales desafíos apuntan en otra dirección. Por un lado, a la crisis de suministro de papel originada por “las guerras del otro lado del mundo”. Por otro, a los problemas para distribuir sus libros en entornos comerciales, habida cuenta de que se trata de contenido especializado en ciencias sociales y humanidades. En cualquier caso, Said ve “magnífica” la iniciativa, a pesar de no poder participar. “La salida del mercado de Era nos ha llenado a todos de frustración y de nostalgia, aunque también habría que verla con ojos críticos”, señala.
La caída de la editorial ha abierto un debate profundo y diverso que toca todos los espacios y aspectos que llegan a rozar al libro. El sector discute ahora sobre cuánto y cómo se lee, cuál es el rol de cada actor y cómo llenar las bibliotecas no solo de libros, sino de gente. La oferta no siempre es suficiente para que alguien decida cruzar el marco de la puerta. “Celebro que haya habido voluntad y reacción rápida a la desaparición de Era, y también que exista esta convocatoria”, expresa Becerril, que templa la euforia y anima a seguir: “Una golondrina no hace verano. Ojalá estemos frente al primer aleteo de la política pública para que pueda emprender vuelo de nuevo”.


