Nacional

Próxima extinción


Echo de menos la voz femenina que anuncia: “Próxima estación.” en cada línea del Metro de Madrid. A la mitad de un párrafo o en el instante atrevido en que intentas disimular la contemplación de un milagro estético (o anatómico), se escucha de pronto: “Próxima estación: Sol”. Como un despertar casi con signos de admiración y la vida entera recuperaba un sentido incierto. ¿Seguir hasta Argüelles o bajar en Sol y cruzar el corazón de Madrid para reconquistar la Plaza Mayor?

En otro escenario repetido desde hace tiempo, bastaba ver el Cerro del Cubilete —erguido a lo lejos con los brazos abiertos en cruz— para sentir en la saliva la proximidad de Cuévano, que es Guanajuato, el abrazo de mis hermanos y la ralentización del tiempo. Al volante o desde la ventanilla de un autobús como tren de antaño, la mirada percibía la proximidad del nido donde nunca pasa nada, aunque pase de todo, vivos todos, aunque muertos o momias. “Próxima estación: tu propia biografía. Fin del trayecto”.

El joven Jacob Coxon es un matemático de primer nivel con 27 años de edad. Sereno y sabio, decidió renunciar a un buen puesto de trabajo e ingresos en la superempresa llamada Anthropic y lanzar vía redes sociales la alarmante advertencia de que la cacareada inteligencia artificial transpira una posible amenaza para toda la humanidad y no solo la coquetería y las trampitas de poder escribir párrafos que sustituyan la voz del autor, poemas apócrifos o bien investigaciones rigurosas en todas las bibliotecas y archivos del mundo para alumnos que quieran engañar a sinodales con el bulo de ahorrarse esfuerzos. El mensaje de Coxon se esparció y multiplicó a velocidad cibernética como una alarma que paraliza a todos los pasajeros del vagón al tiempo que el tren sigue su avance sin frenos: “Próxima extinción; Fin de trayecto”.

Se me fue el sueño y también se tambalearon los demás sueños que cultivo constantemente para un mañana imaginado. Más aún cuando vi el ramillete de entrevistas de muchos noticieros del llamado primer mundo donde Coxon, como Harry Potter de gafas redondas, confirma su inteligencia y no solo sostiene lo dicho, sino además la comprometida responsabilidad de haber obligado a otros voceros de la llamada inteligencia artificial a reconocer lo ominoso de la panacea cibernética; allí sí que tiembla el desánimo en cuanto jerarcas y creadores de esa industria tan incomprensible para la mayoría no solo confirman lo delatado por Coxon, sino que se unen a la urgencia de limitar cuanto antes las garras algorítmicas de un bicho que parecía milagroso. Según Coxon, la humanidad entera puede quedar extinguida en menos de una década y los otros factótums de IA añaden que incluso podría llegar la despedida en menos de un lustro.

Lo primero que me desveló fueron ejércitos de drones coreografiados como los juegos pirotécnicos que acaban de incendiar la parroquia de un pueblo en México, seguidos de legiones enteras de robots galácticos armados con rifles láser, granadas como iPhones plegables, enmascarados como agentes del ICE o del Cartel de Sinaloa… ¡y yo que perdí en una mudanza los contactos de Santo y Blue Demon! De hecho, pensé en James Bond, la escultural Batichica de mi infancia y también en San Judas Tadeo hasta que volví a sentir ganas de dormir con el alivio de suponer que la advertencia de Coxon parece muy descabellada y así se acabe el mundo siempre nos quedará Silao o cualquier otro pueblito entrañable, lejos de todos los chips.

Como humeante sacudida a la mitad de un túnel del Metro (de México, mas no de Madrid), el placebo de mi somnolencia volvió a escuchar el ominoso anuncio de Coxon. Próxima extinción y acércate cuanto antes a la puerta, cierra tu libro y de ser necesario ejerce el arte de los codazos con los demás pasajeros; agárrate del tubo y no te preocupes por carteristas que esculquen tu billetera o se fijen en tu pluma fuente: estamos al filo del abismo y los superconductores de fibra óptica no están (por ahora) programados para frenar.

La taquicardia se acentúa en cuanto el propio matemático Coxon y otros entendidos añaden a su alarma la contextualización de que no sería un armagedón con androides sino algo mucho más factible que, además, ya ha sucedido: la capacidad hasta ahora irrefrenable de que la IA sea cada día más inteligente y menos artificial con la capacidad no solo de imitar el saber humano, sino de clonarse en un ente superior al modelo de carne y hueso, con o sin conciencia de que puede dar órdenes, enviar correos electrónicos y maquillar selfies (como si fuera una de mis primas en León, Guanajuato). De no desprogramar la aceleración artificial de la inteligencia mecánica, un avieso programa puede infiltrarse en los sistemas de un laboratorio dizque blindado para malabarear un virus N veces peor que la covid y esparcirlo como nube con sus prótesis como garras volantes para que todo pulmón humano deje de respirar hasta parar el corazón del mundo.

Añado que somos nosotros mismos los cómplices de este nuevo germen del Mal con mayúscula. Toda la información dizque privada que puede malversar un algoritmo emana del afán despreocupado del usuario por compartir urbi et orbi esa misma información. Si tu fotografía se utiliza como anuncio para una página gay de porno oriental entre enanos u obesos mórbidos, es precisamente porque esa fotografía circula libremente en Internet con o sin tu consentimiento;, si alguien plagia tus páginas con posibles párrafos perfectos, es precisamente porque te dejaste leer y compartes tu prosa con todo mundo, aunque en realidad sea pésima.

Próxima extinción: mientras alguien en el andén imponga la debida prevención y en tanto el conductor accione el freno de mano, decido apearme en Sol para caminar de la mano de un sueño hacia la Plaza Mayor de Madrid donde juegan mis hijos con una pelota, justo al filo de un bocado de calamares… y hasta parece que veo por la ventanilla del vagón, en plena oscuridad y a la mitad de este túnel, un cerro bellísimo casi morado por el atardecer y ya muy cerquita de un pueblo que parece la felicidad, como si flotara encima, donde la punta humeante del fuego escribe en la noche que aquí he vivido.


Source link