Pablo Crespo: “En prisión, haber salido en televisión es un mérito”
Cuando le comento que nuestra charla se incluirá en una serie estival en la que personajes célebres, como él, cuentan su paso por prisión y que ha sido bautizada ‘Un verano en la sombra’, Pablo Crespo (Pontevedra, 66 años) se ríe. “Yo utilizo mucho esa expresión ―se justifica―. Como a mí el sol me sienta fatal, siempre digo que los más de nueve años que estuve en la cárcel en régimen cerrado al menos estuve a la sombra”, añade en tono de broma. Antiguo empresario, exdirigente del PP gallego, pero sobre todo conocido por su papel de número dos en la trama Gürtel, Crespo ha estrenado en los últimos meses dos cambios relevantes en su vida. A finales de marzo, la Audiencia Nacional le concedió la libertad condicional. Hace un mes se prejubiló. Desde la localidad de la costa mediterránea donde se ha asentado discretamente, recuerda el día que ingresó en la cárcel, en febrero de 2009. “Después del shock que supuso la detención y pasar tres noches en los calabozos de la Policía, llegar a prisión fue casi un alivio. ¡Por fin me pude duchar!”, rememora. No obstante, también recuerda que tanto él como el cabecilla de la trama, Francisco Correa, vivieron aquellos primeros días en el Centro Penitenciario de Soto del Real (Madrid) “sobrepasados por el eco mediático de nuestro arresto”.
—¿Pudo dormir aquel día?
—La primera noche no dormí; pero tampoco lo hice la última que pasé en prisión por los nervios de recuperar la libertad.
Crespo ha hecho en los últimos 17 años un auténtico máster penitenciario en el que ha pasado por todos los estadios del cumplimiento de una condena. Empezó siendo preso preventivo tras su arresto; quedó en libertad provisional a la espera de juicio; reingresó tras ser condenado; accedió a la semilibertad, por lo que solo tenía que ir a dormir a su celda de lunes a jueves; alcanzó el régimen abierto con una pulsera de control telemático, por fin, la libertad condicional. Así seguirá hasta que, el 12 de diciembre de 2031, la justicia dé por definitivamente extinguidos los 18 años que la Audiencia Nacional fijó de cumplimiento máximo de los más de 70 años que acumula por múltiples condenas. y aún le queda por conocer la sentencia de una de las piezas en las que se dividió el caso Gürtel.
En este tiempo a la sombra, Crespo asegura que nunca tuvo un incidente grave con otro recluso. “En prisión, salir en televisión es como un mérito. Muchos se acercaban a saludarnos [a él y a Correa], a hablar con nosotros. Otros simplemente nos miraban. Todos sabían quiénes éramos. Agresividad hacia nosotros, ninguna”, insiste. Pero igual que esa relevancia mediática tuvo un lado bueno, también asegura que tuvo consecuencias negativas: “Los responsables de la cárcel pusieron especial atención en nosotros y nos clasificaron como presos FIES [siglas del Fichero de Internos de Especial Seguimiento, en el que se incluyen desde terroristas y mafiosos a internos muy conflictivos y que implica una mayor vigilancia en el día a día], lo que nos limitaba en muchas cosas”.
Admite que nueve años y tres meses entre rejas y cerca de tres más en semilibertad dan para pensar mucho. En ese tiempo, Crespo pasó de rechazar tajantemente las graves acusaciones de corrupción que pesaban sobre él a confesarlas y colaborar con la justicia. A ello contribuyeron los dos programas de reinserción que siguió en prisión. Uno, específico para condenados por delitos económicos. El otro, un taller de justicia restaurativa, en el que se intenta que los reclusos empaticen con víctimas. “A una sesión grupal trajeron a una persona cuyo padre había sido asesinado. Escucharle fue muy duro. Al que más le impactó fue precisamente a un interno condenado por un crimen, un sicario. Lloró. Ahí te das cuenta de que estos programas funcionan y que debería haber más, llegar a más presos”, reclama.
En este tiempo también pudo tratar a un sinfín de presos, “desde un asesino que realmente necesitaba estar en un psiquiátrico, no en prisión”, a terroristas o a internos que “nunca entendí por qué estaban encarcelados”. De esos encuentros recuerda el que mantuvo durante un traslado en un furgón de la Guardia Civil con un etarra con varios atentados mortales en su historial. Ambos tuvieron que sentarse juntos, esposados el uno al otro, durante hora y media. “Hablamos todo ese tiempo de manera pausada y tranquila. Él justificaba lo que había hecho, que el asesinato era simplemente un instrumento para conseguir un objetivo político. Yo le rebatía que nadie puede quitarle la vida a otro por ninguna razón”, rememora.
De todos los centros penitenciarios que pisó, Crespo guarda un especial recuerdo del Centro de Inserción Social (CIS) Victoria Kent, en el centro de Madrid, donde cumplen condena reclusos en semilibertad y en el que estuvo los últimos años de su pena. Habla bien de presos con los que coincidió, sobre todo, de los trabajadores penitenciarios. “¿Sabes que es el centro con mejores estadísticas de reinserción y de rehabilitación de toda España?”, presume para a continuación indignarse por la reciente decisión del Ministerio del Interior de cerrarlo para instalar en él las oficinas centrales de Instituciones Penitenciarias. “Es un disparate”, dice.
Al final de la charla, Crespo me cuenta que entre los presos existe la creencia de que, si al quedar en libertad te llevas la ropa que has usado en la cárcel, estás abocado a volver a ella y que, por eso, muchos se la regalan a los que quedan dentro. “¿Usted lo hizo?” “No soy supersticioso. Di muchas cosas de mi celda, como la televisión y la radio, a reclusos que no tenían, pero alguna ropa sí me traje”, afirma convencido de que no sufrirá este maleficio y de que la sombra ya solo la buscará fuera de los muros penitenciarios.
