El mundial del planeta: las cumbres de tierras, biodiversidad y clima
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El Mundial de fútbol quedó atrás. Los estadios volvieron a su silencio. Pero desde ya, y durante los próximos meses, comienzan otros partidos cuyo resultado definirá mucho más que un campeonato deportivo: el futuro de la biodiversidad, las tierras fértiles y la estabilidad climática.
La coincidencia no podría ser más simbólica. Este año, por primera vez, el torneo se disputó en medio de olas de calor extremas, pausas de hidratación e incendios forestales que afectaron a jugadores y aficionados por igual. Lo que ocurrió en las sedes del Mundial no fue una anomalía. Más bien fue un recordatorio de que el partido global más importante está en curso y no, no lo vamos ganando.
Según la Convención de las Naciones Unidas sobre Lucha contra la Desertificación, cada año el mundo pierde una superficie de tierras sanas del tamaño de Egipto, y las consecuencias ya son visibles: pérdida de productividad agrícola, mayor vulnerabilidad a sequías e inundaciones, erosión de los medios de vida, desplazamientos forzados e inestabilidad. La FAO advierte que, además, cada cinco segundos en el mundo se arrasa una superficie de bosque equivalente a una cancha de fútbol. Mientras leemos esto, otro terreno de juego desaparece.
Pero este año trae una nueva oportunidad para que los líderes del mundo demuestren que están dispuestos a jugar en serio. Las tres grandes conferencias ambientales de Naciones Unidas —tierras y sequía, biodiversidad y cambio climático— se sucederán en un mismo ciclo político a partir de este mes: agosto. Se trata de una ocasión para acelerar y coordinar la implementación de los acuerdos, así como las reglas y las metas que ya hemos adoptado.
Durante las últimas décadas, la comunidad internacional construyó una arquitectura de compromisos robusta. Se acordó, para el 2030, detener y revertir la pérdida de bosques, conservar al menos el 30 % de la superficie del planeta y alcanzar la neutralidad en la degradación de las tierras —de modo que su restauración iguale o supere las pérdidas de tierras sanas—. También se acordó aumentar la resiliencia de los países y las comunidades frente a sequías cada vez más graves y frecuentes, e iniciar una transición para abandonar los combustibles fósiles. El desafío ya no es identificar qué hay que hacer, es hacerlo realidad y a tiempo.
Para lograrlo, quizá debamos cambiar la forma en que entendemos la cooperación internacional. Las tres convenciones nacieron con mandatos distintos y han desarrollado instituciones, procesos y comunidades propias. Esa especialización ha sido valiosa. Pero las crisis que buscan resolver no respetan fronteras institucionales.
La pérdida de biodiversidad, el cambio climático y la degradación de las tierras comparten causas profundas como la expansión insostenible de las fronteras agropecuaria y urbana, la dependencia de los combustibles fósiles, los incentivos que favorecen la degradación de los ecosistemas, las economías ilícitas y la falta de financiamiento. Las causas son comunes, y buena parte de las soluciones también. La restauración de los ecosistemas, la transformación de los sistemas agroalimentarios y la transición a energías renovables son palancas compartidas que impulsan los objetivos de las tres Convenciones de Río y fortalecen la resiliencia de nuestras sociedades y economías.
De ninguna manera estamos sugiriendo fusionar las tres COP ni diluir sus mandatos. Sin embargo, sí consideramos indispensable promover una mayor coherencia en las políticas públicas, la financiación y la planificación del uso del suelo y del mar. Necesitamos construir agendas compartidas sobre los motores estructurales de las crisis. Este año, Brasil, en calidad de presidente de la COP30, está impulsando dos hojas de ruta para guiar a los países en su esfuerzo por detener y revertir la deforestación y la degradación forestal al 2030, y superar la dependencia de los combustibles fósiles. Estas hojas de ruta abren un espacio de colaboración inmediata, en el que cada convenio puede aportar años de experiencia, conocimientos, capacidades y recursos.
También ponen de relieve la urgencia de pasar a la acción. Y por lo tanto, lo que debería ocurrir en la COP17 de Tierras y Sequía (17-28 agosto en Mongolia), la COP17 de Biodiversidad (19-30 octubre en Armenia) y la COP31 de Cambio Climático (9-20 noviembre en Turquía) es que nuestros gobernantes, junto con otras partes interesadas, tengan una conversación franca sobre lo que está funcionando y lo que no. Exploren las barreras y necesidades particulares de cada país y región, y definan pasos para poner en marcha las medidas de política, financiamiento, gobernanza y tecnología que pueden resolver conjuntamente esos retos comunes.
Esa conversación, sin embargo, no puede quedarse dentro de los muros de las convenciones. Necesita extenderse hacia otras organizaciones del sistema multilateral, hacia el sector financiero y privado, y hacia la sociedad civil y las comunidades que más dependen de que algo cambie.
El verdadero legado de este ciclo de conferencias no será el grosor de las decisiones adoptadas, sino la capacidad de pasar a la acción, siguiendo las rutas de la ciencia y la experiencia. Porque el partido no se gana en la sala de conferencias, sino en el terreno: convirtiendo metas en bosques en pie, en suelos y pastizales recuperados, y en comunidades que no tienen que migrar para encontrar agua. Ya no hay tiempo para seguir calentando.

