La familia del pequeño Siraj lleva 26 días en un polígono fantasma de Ceuta: “Nadie ha venido a preguntarnos nada”
En una de las entradas del polígono industrial de El Tarajal de Ceuta se ve a dos niños, de tres y ocho años, que caminan cogidos de la mano. El pequeño, vestido con un conjunto de la Patrulla Canina y unas zapatillas de Spiderman, responde a un saludo espontáneo agitando la mano y con una sonrisa curiosa. Se dirigen hacia cuatro frigoríficos abandonados y se meten por detrás. Minutos después, se les ve salir. El mayor se arregla la ropa. Su padre, un hombre con gorra y polo azul, les vigila a la sombra, a apenas 100 metros. “No tenemos baños. Pide por ello”, ruega. Un penetrante olor a orines golpea al cruzar la reja de colores que da acceso al recinto.
Las naves de este polígono eran, hasta antes de la pandemia, un motor económico para la ciudad. Un hervidero de personas y vehículos que compraban allí mercancías para llevarlas y revenderlas en Marruecos. El fin del porteo y el cierre de la frontera por parte del Gobierno marroquí lo convirtieron en un lugar fantasma. Allí malviven ahora cientos de migrantes ―la ONG Luna Blanca repartió el domingo 850 comidas―, que llegaron a la ciudad en la gran entrada del pasado 30 de julio y que se resisten a regresar a Marruecos. Hacen vida en chabolas construidas con palés, neumáticos, cartones y plásticos. Juegan al fútbol, deambulan, pasean con bicicletas con ruedas que solo conservan las llantas.
El niño de tres años se llama Siraj. “Todos le conocen aquí”, cuenta Nihad, su madre. Muestra orgullosa un vídeo de redes sociales en el que se le ve, de espaldas, caminando con desparpajo por las calles del polígono. La familia al completo lleva 26 días instalada aquí y asegura que ninguna administración se les ha acercado: “Nadie ha venido a preguntarnos nada”.
Tres horas después del encuentro en la puerta, los cuatro se reúnen en la tienda de campaña que ahora llaman casa. El hombre de la gorra y el polo azul se llama Daidu y tiene 45 años. Su esposa, Nihad, 39 años. Cuentan que vivían en la vecina Castillejos, al otro lado de la frontera ceutí, y que llegaron nadando. “Los guardias nos ayudaron cuando nos encontraron en el mar”, dice el padre, restando importancia al peligro que afrontaron. “En Marruecos no teníamos casa, vivíamos con mi suegra, con otros muchos parientes. Cuando salía a trabajar, temía que fuera a pasar algo a los niños”, argumenta la mujer. Su empleo como limpiadora y los trabajos esporádicos que hacía su marido no les daban para tener un lugar seguro. “A los niños les decimos que estamos aquí por ellos, por su futuro, y ellos sueñan con estudiar y ser futbolistas”, añade.
La familia tiene la ropa colgada en ganchos y barandillas. Acceden a tomarse una foto, pero antes ordenan un poco el suelo de la tienda, donde los niños están comiendo unos macarrones con tomate que acaba de repartir la Luna Blanca. “La cabaña me la ha comprado una mujer que nos vio”, detalla Nihad. “Y un policía nos trajo este colchón”, añade. El inflable está colocado en vertical hasta que llegue la noche.
A la conversación se une una mujer marroquí que se recoloca todo el rato el pañuelo en la cara. No quiere que se vea su rostro. “No nos parece bien que hayan acogido primero a los hombres y tengan aquí a las familias y a los niños”, se queja. Ella llegó a la ciudad desde Tánger el día 29 de julio, acompañada por su hija, de nueve años. A la unidad familiar se ha sumado una joven de 20 años, que no tiene parentesco, pero que les acompañaba el domingo en el reparto de comida.
La ciudad, de 83.000 habitantes, sigue sin digerir la presencia de los miles de migrantes llegados hace tres semanas. “Hemos salido a dar un paseo con los niños porque la tarde está buenísima y ha sido imposible llevarlos al parque porque está todo ocupado y sucio”, contaban con frustración dos mujeres con bebés por la tarde en el centro de la ciudad. Las estimaciones más conservadoras calculan que todavía permanecen allí 7.000 migrantes, entre ellos 2.500 menores. El Gobierno abrió la semana pasada dos espacios de acogida temporal con capacidad para 1.800 personas que ya están funcionando. Sin embargo, quedan asentamientos al aire libre, como el del polígono de El Tarajal, y otros custodiados por organizaciones de vecinos, que albergan a mujeres y menores, pendientes de entrar en esos ansiados espacios que prometen mejorar algo sus vidas hasta que se decida qué pasará con ellos, si les expulsan o les dejan quedarse.

El Ministerio de Migraciones, de quien dependen los adultos con niños a su cargo, está acondicionando otras tres instalaciones. Se prevé que una de ellas, ubicada en el Centro Ecuestre, aloje a mujeres y niñas. El Área de Menores de la Ciudad también busca espacios, aunque, según los colectivos vecinales, están teniendo mucha oposición de quienes viven en los alrededores. Ya han echado a funcionar dos naves con capacidad para 200 personas.
Médicos del Mundo lleva 10 días atendiendo a los inmigrantes de El Tarajal entre las 10.00 y las 16.00. Patricia Martín, portavoz del equipo, explica que las consultas más numerosas son por heridas y traumatismos, infecciones respiratorias y dermatológicas. A nivel psicológico: crisis de ansiedad, estrés postraumático y falta de sueño. Entre las 650 personas que han visto, han encontrado a quienes arrastran problemas de salud mental o mujeres en situación de malos tratos con parejas con las que están conviviendo en esas mismas calles. El equipo, formado por nueve integrantes, ha sumado dos médicos y un farmacéutico voluntarios.
En torno a las dos de la tarde del domingo, varias patrullas de Policía Nacional acudieron a la zona en la que Cruz Roja y Médicos del Mundo estaban aparcados y detuvieron a un hombre. Una mujer comenzó a gritar y llorar desconsolada, pidiendo que la llevaran también a ella y haciendo fuerza para meterse en la patrulla. “Han llamado a la Policía diciendo que su marido le había pegado”, explicaba después una conocida, junto a la afectada, todavía con los ojos rojos e hinchados por el llanto. “Los agentes le dijeron que si quería denunciar y ella dijo que no y lo han dejado libre”, explicaba.
“Están en emergencia humanitaria y no se ven soluciones a corto plazo, ni visos de tener fin. Tampoco los esfuerzos para que esto acabe”, valora la portavoz de Médicos del Mundo. “Hace falta más coordinación y esfuerzos para acogerlos. Esto no es digno”, reclama.

