Olivetti Lettera 22
Ando con el antojo —no exento de ansias— por recuperar la máquina de escribir Olivetti Lettera 22 que me regaló mi padre para el último año de preparatoria en el Salón 22 (próximo a novelarse). Tengo otras tres antigüedades que convertí en lámparas de mesa, pero la Olivetti que me ayudó a entrar a dos universidades, pasar quién sabe cuántos cuentos en limpio y escribir la tesis de licenciatura que se convirtió en mi primer libro está en comodato con un gran poeta desde hace poco más de una década.
No será la primera vez que vuelvo a sus teclas desde que la empecé a sustituir con lo que se llamaba “procesador de palabras”, luego computadora, ordenador, laptop, tablet e incluso teléfono inteligente como versiones varias de pantallas de diferente tamaño o urgencia para intentar hilar historias. De hecho, cuando mis hijos eran pequeños, saqué de un baúl la funda color turquesa donde duerme la Lettera 22, la volví a cobijar con una hoja en blanco y recuperé sin mayor concentración el íntimo modo de teclear que no tiene nada que ver con el método oficial secretarial que me impusieron en la secundaria y confirmé que mi cerebro sigue más o menos programado con la duración silábica de las líneas, como si resonara la campanita, y algo de la respiración invisible de la redacción se mantiene sintonizada con el traqueteo. En esa ocasión, a Bastián le parecía que estrenaba un modernísimo artilugio por la magia de ver que se podía escribir al mismo tiempo que imprimir… sin cables ni cartuchos de tinta.
Hasta hace poco sacaba a relucir como perla de sobremesa el dato de que en su ensayo de 1905, titulado The First Typing Machine, Mark Twain presume ser el primer ser humano en “aplicar la máquina de escribir a la literatura” y, por ende, The Adventures of Tom Sawyer sería la primera novela tecleada con las yemas de sus dedos.
Ahora descubro en un libro de curiosidades aparentemente efímeras que al gran Samuel Clemens se le enredaron los cables de la memoria, pues lo más probable es que su hazaña al teclado haya sido para navegar su libro Life on the Mississippi de 1883 y no la saga de Sawyer, que se publicó en 1876, antes de que comprara el primer sortilegio con cinta bicolor, aunque consta en chismes fidedignos que al empezar a redactar su prosa como río, hubo un día en que se le enredaron los bastoncillos metálicos de la máquina y mandó a buscar un técnico en la tienda donde se la vendieron para regresar al ritmo ondulante de su oleaje.
Sucede que Friedrich Nietzsche es en realidad el primer autor notable en usar el vehículo de verbos, pues consta que compró en 1882 un “juguete de escritura”, “bola de escribir” o schreibkügel en 1882. Le costó 375 marcos alemanes y escribió un testimonio à la Zarathustra donde consigna que “la bola de escribir es una cosa hecha de hierro, como yo. Sin embargo, se tuerce con los viajes y se necesita mucha paciencia y tacto en abundancia, así como delicados dedos para utilizarnos a ambos”. Al final, Nietzsche abandonó el invento y volvió a la estilográfica.
No he abandonado jamás a la pluma que llaman fuente, al bolígrafo de punto rodante que llamamos Bic y Birome en Buenos Aires, y acudo a diario a la pantalla electrónica por diversas urgencias, pero ando con el antojo de volver al romance intacto con mi Olivetti Lettera 22 más de medio siglo después del primer cortejeo, con la ilusión de recuperar inocente frescura de imaginación sin ambages nocivos, volver a versos necios hilados en prosa e ir acumulando el cerro de páginas pobladas de hormigas en fila, coreografiadas con el propio ruido que producen al plasmarse en dirección hacia el abismo de los márgenes preestablecidos que se anuncian con campanita, esa sonatina que había que declarar ante los dueños de los pisos en Madrid que alquilaban habitación al filo de la Complutense.
Allá, cuando había jubilados neuróticos y viudas desesperadas que imponían horario para escribir o cobraban un poco más de alquiler por aquello de los dobles cristales en las ventanas de la habitación para no molestar a los que dormían en otros pisos de la finca o alterar esos infaltables gritos de zarzuela improvisada que se acompañaban con el siseo del aceite de oliva en sartenes de madrugada desde los patios interiores colgados de ropa.
Quizá la Lettera 22 me ayude a viajar a un silencio entre párrafos, un redoble de hipótesis nula o un contundente punto final que me ayude a evadir este mundillo tan inclinado a que las cosas se narren solas, no en tertulia, sino en el engañoso chat de tanta mentira.



