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Polémico Martin Parr: ¿son sus fotos de la clase trabajadora en la playa arte o “una mirada salvaje y asqueada”?

Una de las cosas más desconcertantes de The Last Resort, la serie con la que Martin Parr (Epsom, Reino Unido, 1952-Bristol, Reino Unido, 2025) retrató las vacaciones de la clase trabajadora británica, es que apenas provocó protestas cuando hace 40 años se mostró por primera vez en Liverpool, muy cerca del lugar donde había tomado sus fotografías. La polémica llegó después, cuando las fotos viajaron hasta la muy refinada Serpentine Gallery de Londres, para enfrentarse a un público de críticos y aficionados al arte que vio allí una representación grotesca y humillante de esas clases obreras; algo que al parecer a sus propios protagonistas se les había escapado. El debate quedaba abierto, y sigue estándolo: ¿estaba Parr mostrando crueldad y falta de empatía hacia los menos desfavorecidos, convirtiéndolos en objeto de una mirada deshumanizada, más bien al contrario, había decidido mostrar desde una perspectiva crítica las devastadoras consecuencias de las políticas de Margaret Thatcher?

Es importante apuntar, en todo caso, que Martin Parr no tenía orígenes obreros, sino que había nacido en un entorno de clase media del acomodado condado de Surrey, al sur de Inglaterra. Su padre, funcionario, era aficionado a la ornitología, y de niño se lo llevaba de excursión para observar a los pájaros. Ya adolescente, tuvo claro que quería ser fotógrafo: estudió la carrera artística en el Politécnico de Manchester, al norte del país, porque su mediocre expediente académico le cerraba otras opciones. Durante la primera década y media de su carrera, sus instantáneas eran en blanco y negro, como entonces se esperaba de un fotógrafo no comercial, y aunque por lo demás sus temas no eran muy distintos de los que después seguiría desarrollando, la ausencia de cromatismo aportaba un elemento de seriedad y melancolía a sus imágenes, muy directas y con un sentido del humor sin subrayados.

Junto a su esposa, Susan, vivió durante dos años en la Irlanda rural, donde tomó algunas de sus fotos más sensibles. Pero a principios de los ochenta la pareja se trasladó a Wallasey, cerca de Liverpool, una capital obrera que había sido duramente golpeada por la crisis industrial y por las políticas sociales y económicas de Thatcher. No muy lejos quedaba también New Brighton, ciudad balneario que acogía a aquella clase trabajadora depauperada durante sus periodos vacacionales. “Después de haber dejado las hermosas playas y los mares limpios del Oeste de Irlanda, personalmente encontré New Brighton un poco excesivo, con toda aquella contaminación y basura. Estaba increíblemente deteriorado; representaba de verdad el signo de los tiempos de la Gran Bretaña de Thatcher”, diría Susan. Entre 1982 y 1985, ese fue el escenario en el que Martin Parr desarrolló su proyecto The Last Resort: por las mañanas salía de casa cámara en mano y montado en su bicicleta, y se plantaba en New Brighton para desempeñar su trabajo.

Formalmente, pasó del blanco y negro al color rabioso, y de allí no volvería nunca, salvo contadas excepciones. Ese color aportaba un elemento de crudeza hiperreal que incidía en la naturaleza al mismo tiempo cotidiana y bizarra de las imágenes, y sugería una mirada cargada de sentido del humor que el espectador podía interpretar, según su conveniencia o sus nociones previas, como denuncia, cinismo o incluso crueldad. Desde luego, no eran escenas de un veraneo idílico: había allí familias que refrescaban sus pies en aguas marinas del color del petróleo en las que flotaban desperdicios de todo tipo, picnics en el asfalto junto a depósitos de basura, personas tumbadas al sol semejando cadáveres abandonados, niños sosteniendo cucuruchos de helado con colores radiactivos, playas atestadas de gente que al mismo tiempo transmitían cierto clima de desolación, modelos veraniegos imposibles, en suma, gran parte del repertorio con el que Parr quedaría para siempre identificado.

“No creo que mis fotos sean desagradables o duras. Si las miras, siempre hay un elemento de eso, pero lo que intento es reflejar lo que encuentro”

Martin Parr en el documental ‘I am Martin Parr’

La serie se expuso en la Open Eye Gallery de Liverpool del 4 de diciembre de 1985 al 18 de enero de 1986, como parte de un proyecto conjunto con otro fotógrafo, Tom Wood. Susan Parr recordaría que entonces nadie pestañeó ante aquellas fotos. Al contrario, la reacción general fue más bien socarrona, y muchos de los invitados a la inauguración se presentaron vestidos con una peculiar combinación de sombreros de lluvia, bañadores, flotadores y chubasqueros, a modo de guiño cómplice.

Sin embargo, el siguiente verano, una cincuentena de instantáneas de la serie conformaron una exposición individual de Parr en la Serpentine Gallery, junto a los jardines de Kensington londinenses. El público allí estaba compuesto sobre todo por las clases medias y altas londinenses, por intelectuales, críticos y miembros de la comunidad artística. Y en ese contexto el recibimiento fue muy distinto: sobre todo proliferaron las acusaciones de condescendencia y desprecio hacia el sector de población que se retrataba. En la revista especializada Arts Review, el crítico David Lee escribió: “Nuestra histórica clase trabajadora, a la que los fotógrafos documentales suelen tratar con generosidad, se convierte aquí en blanco fácil para un público más sofisticado. Aparecen gordos, simples, sin estilo, tediosamente conformistas e incapaces de afirmar una identidad individual”.

Otro analista, Robert Morris, valoró en el British Journal of Photography que las fotos de Parr representaban “un mundo de pesadilla húmedo y claustrofóbico, donde la gente se hunde hasta las rodillas en papeles de patatas fritas, se baña en negras aguas contaminadas y contempla un horizonte desolador de degradación urbana”. Y después concluía: “Cuesta entender por qué el habitual sentido del humor de Parr, por lo general afable, ha sido sustituido aquí por una mirada tan salvaje, casi asqueada”. Se abrió una intensa discusión sobre el derecho que tenía un artista a retratar a las clases precarias desde aquel registro mordaz. Y la cuestión rebotó de vuelta a Liverpool y New Brighton, donde se reprodujo la misma controversia que antes no había prendido. “La reacción local fue al principio tibia, [el problema] fue solo cuando [la serie] llegó a Londres y empezó a hablar la intelligentsia”, diría Parr. “La gente de Liverpool sabía que aquello era así”. Al contemplarse a sí mismos a través del reflejo de otros ojos fue cuando aparecieron las suspicacias.

Cuando en 1994 Parr se postuló para ingresar en la prestigiosa agencia Magnum Photos como miembro de pleno derecho (era asociado desde 1988), se hizo patente que seguía perjudicándole la onda expansiva del caso. No le pusieron las cosas fáciles. Henri Cartier-Bresson lo describió como “alguien de otro planeta” (alien). Según François Hébel, que muchos años después acabaría dirigiendo la Fundación Cartier-Bresson, la mitad de los socios amenazaron con dejar la agencia. Uno de ellos, Philip Jones Griffiths, fotoperiodista galés que había cimentado su prestigio en la cobertura de la guerra de Vietnam, lideró la oposición más furibunda y llegó a calificar de “fascista” su trabajo. Finalmente, la candidatura de Parr se aceptó por los pelos: obtuvo con un solo voto de margen los dos tercios del total necesarios para entrar como socio. Mucho después, de 2013 a 2017, él mismo desempeñaría el cargo de presidente de Magnum.

Pero fue gracias a esta serie, inmediatamente publicada en formato fotolibro, como Martin Parr alcanzó la fama internacional. Quedó para siempre asociado a la representación de las costumbres vacacionales de los estratos populares desde una perspectiva que rozaba la sátira. También es cierto que las valoraciones posteriores sobre aquella serie fueron matizando aquella primera impresión. En el catálogo que se publicó con motivo de una gran retrospectiva de Parr en el Barbican de Londres en 2002, Val Williams, la comisaria, consideró que “fue desafortunado que aquella respuesta, por escasa y poco informada que fuera, acabara de algún modo percibiéndose como un debate. The Last Resort contiene algunas fotografías inolvidables. Es lírica como una gran canción pop, y estruendosa como un espectáculo de music-hall”. Por su parte, en el documental Yo soy Martin Parr (Lee Shulman, 2024, disponible en Filmin en España), Grayson Perry, amigo del fotógrafo, él mismo un artista plástico provocador y con cierto historial de polémicas, definía así la controversia generada por The Last Resort: “Es esnobismo. Y clasisimo y sobreintelectualización”. La película sorprende por presentar al fotógrafo como un afable humanista antes que como el cínico de vuelta de todo que podría esperarse.

El propio Parr nunca consideró que se situara por encima de quienes protagonizaban sus fotografías. “No creo que mis fotos sean desagradables o duras. Si las miras, siempre hay un elemento de eso, pero lo que intento es reflejar lo que encuentro”, explicaba en el documental. Al inicio, los habitantes de New Brighton se habían limitado a reconocer en aquellas imágenes su propio mundo, mientras que algunos críticos londinenses vieron en él un espectáculo de la abyección. Eran las mismas fotos, pero distintos los ojos que las recibían. Como escribió John Berger en Modos de ver, solo vemos aquello que miramos: “Mirar es un acto de elección”. Por cierto, los habitantes de la localidad de New Brighton han decidido ahora emprender una iniciativa de recaudación de fondos para instalar un mural a modo de homenaje a The Last Resort, con lo que la herida original parece haber iniciado su proceso de sanación.

Parr siguió fotografiando las costumbres de sus conciudadanos -y las de turistas de todo el mundo- con la misma mezcla de curiosidad, humor y distancia. Después de la serie que le dio la fama, se centró en el tema menos conflictivo de la clase media británica desde un similar tratamiento irónico. Después se dedicó a viajar por distintos lugares del mundo, y a abordar asuntos hoy muy explotados pero que entonces resultaban bastante novedosos para las artes visuales, como la turistificación (con Venecia, la torre de Pisa, las pirámides de Guiza, la Acrópolis, los Andes o las playas californianas en sustitución de la costa norte británica) o los excesos y mentiras de la sociedad de consumo. Su metodología se basaba en integrarse en los entornos de su interés para hacer fotos sin levantar sospechas. Susan Parr revelaba que su marido no sabía nadar, lo que parece en cierto sentido irónico para quien debe su fama a un trabajo realizado sobre todo en las playas. Pero también resulta coherente con su manera de estar al mismo tiempo dentro y fuera de esos entornos que capta y proyecta desde su característica mirada. En el documental, grabado cuando ya estaba aquejado del cáncer que acabó con su vida, se ve cómo, mediante un andador de ruedas, sigue infiltrándose en festivales y celebraciones populares para hacer sus fotos.

En 2017 abrió al público la Fundación Martin Parr en Bristol, que organiza exposiciones, concede becas a artistas británicos emergentes y mantiene su archivo y las colecciones personales de objetos que protagonizan muchas de sus fotografías. Además, está apoyando a la plataforma creada en New Brighton para desarrollar el mural conmemorativo.

Cuarenta años después de que The Last Resort provocara aquel pequeño terremoto en la Serpentine, la obra de Parr parece definitivamente instalada en el canon. Este otoño, su legado vuelve a desplegarse en varias exposiciones: A Matter of Taste, que podrá verse en la galería Marc Bibiloni de Madrid desde el 11 de septiembre, incluye trabajos de varias de sus series, con especial atención a la foto de moda. Y a partir del día 25 podrá verse una nueva presentación de The Last Resort en la londinense Rocket Gallery, por lo que la serie regresará a la ciudad en la que fue recibida con mayor suspicacia, acompañada de copias históricas y material de su archivo. Aquellas fotografías que algunos vieron como una humillación de la clase trabajadora han terminado convertidas en uno de los grandes documentos visuales de la Gran Bretaña de Thatcher. Y quizá por ello en una advertencia, una historia moral.


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