Nacional

Autoritaria



Era cuestión de tiempo que supiéramos cómo es la presidenta Sheinbaum. El ejercicio del poder no puede esconder a quien lo ejerce. Mucho menos si decide aparecer todos los días a contestar preguntas sobre cualquier tema en un formato poco serio. Las respuestas necesariamente van de la improvisación al despropósito: en lugar de aclarar, confunden. Las llamadas Mañaneras en la época claudiana nos han entregado a una merólica que condena inocentes, exculpa delincuentes, confiesa involuntariamente ineptitudes, propone desatinos; además, le saca sus peores resortes: nos han dejado claro que la presidenta es autoritaria (con A).

En los últimos días, Sheinbaum ha mostrado abiertamente sus venas autócratas y arbitrarias. No sorprende tanto a sus adversarios, sino a aquellos que veían en ella a una socialdemócrata, a una mujer de temple político, firme en sus decisiones, planeadora y ejecutora. Quizá por los días de locura que se vivieron con el tabasqueño, se veía como un alivio la llegada de una persona con educación científica, con formación política en la izquierda y con ideas sociales modernizadoras. Nada de eso llegó. Lo que tenemos es una militante, en ocasiones rabiosa, en otras arrinconada, y que cree encontrar en la acumulación de poder la solución a sus problemas. En el sector “progre” pensaron que llegaba la “izquierda con Excel” y llegó la izquierda de la hoz y el martillo.

Hija del panfleto y la consigna, la presidenta cree que la democracia es votar por todo, hacer de la política una gigantesca e inacabable asamblea. Orgullosa de la monstruosidad que promovió con la reforma judicial, anunció que con esa votación “México es el país más democrático del mundo”. Semejante sandez se refleja ahora en el resultado de las sesiones de la SCJN, que son una vergüenza nacional. La presidenta desestabilizó al país con su reforma judicial y el aparato de justicia no brinda seguridades a nadie más que a la habitante de palacio.

A la presidenta le gustan las votaciones, pero no es demócrata. Cuestionada por la suspensión de elecciones en Nicaragua, Sheinbaum sacó el rancio argumento de la autodeterminación de los pueblos. ¿Y cómo se van a autodeterminar si no pueden elegir a sus gobernantes? La presidenta no puede siquiera pronunciarse contra una dictadura tan rapaz y vil como la que encabezan Daniel Ortega y su esposa. Tiene una sorprendente manga ancha con los delincuentes políticos con que se identifica, ya sea en Nicaragua o en Sinaloa con Rocha Moya.

Si la reforma judicial ha dado un golpe a las inversiones, pues no hay garantía de juicios imparciales para quienes invierten su dinero, doña Claudia ha decidido poner una piedra más en el camino: la censura a los medios de comunicación como la televisión y la radio y, ¿por qué no?, también a las plataformas digitales. Por supuesto, no se trata de una idea original. A cualquier presidente, democrático o no, le atrae la intención de acabar con la maldita crítica. Pero de ahí a llevar adelante un plan hay una enorme diferencia. Es lo que marca a quien es demócrata o es como el dictador nicaragüense. La propuesta presidencial a consulta no solamente es un camino a la censura para fortalecer la visión gubernamental de la realidad, también es retrógrada. El asunto de los códigos de ética en los medios es un asunto que se discutió hace más de dos décadas. Mientras los medios en el mundo ven cómo puede afectarles la IA, aquí el Gobierno sale con ideas de antes de las redes sociales. Nada más le falta anunciar que impulsará el uso del telégrafo para evitar las fake news. De cualquier manera, la presidenta insistirá en su proyecto de control. Ciertamente, ya no seremos como Venezuela, pero parece que a Sheinbaum le gusta Nicaragua.

Stefan Zweig, en ese potente libro que es Castello contra Calvino (El Acantilado, 2001), afirma: “Una tiranía dogmática surgida de un movimiento en pro de la libertad es siempre más dura y más severa con respecto a la idea de libertad que cualquier poder hereditario”. Será más fácil ver a nuestra presidenta en esa frase que en alguna ilusión democrática.



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