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Mayerli, de dormir en la calle a rescatar vidas entre los escombros del terremoto en Cali

Antes de que llegaran los cuerpos oficiales de rescate, un centenar de personas rescataron a cuatro personas con vida en el edificio de Cantabria, al sur de Cali. Una de las manos voluntarias fue la de Mayerli Arrigui, de 30 años, que llegó desde el primer día de la emergencia caminando, sin uniforme ni protección, y que no paró desde las ocho de la mañana hasta que don Santiago, el hombre que manejaba la maquinaria pesada en ese punto, seis días después, le dijo que ya había cumplido. Su liderazgo terminó marcado sobre el casco blanco que le regalaron y que conserva: alguien, antes de dárselo y en medio del caos, escribió ahí la palabra “líder”.

Arrigui fue la última en irse de una de las zonas más afectadas por el terremoto de 7,4 que sacudió el occidente de Colombia el lunes 10 de agosto. Salió de la zona en la noche del sábado 15, cuando recuperaron los dos últimos cuerpos sin vida que quedaban atrapados bajo los escombros. Su presencia en la zona del desastre nunca pasó desapercibida. Llegó en chanclas, con un short corto y un top blanco, y fue de las primeras en ayudar a mover escombros con baldes cuando las autoridades apenas dimensionaban la magnitud del desastre. “Mi mamá vivía cerca a este barrio, entonces apenas me enteré de lo que había pasado, empecé a trabajar porque para mí esto es una vocación”.

La suya no es una vocación de toda la vida. Hace tres años se rebusca el sustento vendiendo velitas e inciensos en el MÍO, el sistema de transporte público de Cali. Con esas monedas cría a sus dos hijos, Fabián, de cinco años, y Daniela, de dos, y paga el arriendo de un cuarto en Siloé, en la ladera del oeste de la ciudad, una zona de origen informal donde las casas parecen trepar unas sobre otras para no caerse.

Antes de los buses, antes de las velitas, antes de Fabián y de Daniela, hubo otra Mayerli: una que durmió 10 años en la calle, que conoció el frío del andén como quien conoce su propia cama y que aprendió a sobrevivir sin techo ni familia. Allí sufrió las violencias, el desprecio y el maltrato. Esa vida se acabó el día en que se supo embarazada de su primer hijo, cuando empezó el último de varios procesos de rehabilitación para enfrentar la adicción que ya había atravesado sin éxito. “Yo sé que dicen que nosotras le damos vida a los hijos, pero la verdad es que mi primer hijo me dio vida a mí y me la cambió por completo”, dice desde una pequeña casa con techos de zinc y columnas de guadua.

En los días siguientes al terremoto, muchos de los rostros de los voluntarios que pasaron horas escarbando entre escombros eran caras jóvenes. En Cali, un funcionario de la alcaldía que está frente a lo que fue el edificio Ana Paula, en el barrio Cuarto de Legua, calcula que al menos la mitad de los voluntarios eran personas que meses atrás integraban la Primera Línea, el grupo de jóvenes que produce amores y odios, pues durante el estallido social de 2021 se plantó en las trincheras de las protestas, escudo en mano, para resistir los golpes de la fuerza pública. Los mismos cuerpos que entonces se pusieron al frente de las intimidantes barricadas ahora se ponían al frente de los escombros.

Arrigui no perteneció la Primera Línea, pero recuerda que estuvo en varios de los puntos de resistencia en Cali cuando buena parte de la ciudad decidió enfrentar al Estado en 2021, en el paro nacional más recordado de medio siglo. No cargaba escudo ni llevaba el rostro cubierto, pero conocía el territorio, los turnos, el miedo compartido que sostuvo los bloqueos durante meses. Por eso, cuando la tierra volvió a sacudir a la capital del Valle del Cauca, no le extrañó reconocer entre los escombros las caras jóvenes que un día vio resistir en el rebautizado Puerto Resistencia o en el mismo Siloé.

Los riesgos de esa labor no eran menores. Las personas que llegaron voluntariamente a los puntos de la emergencia no solo corrían el peligro de convertirse ellas mismas en víctimas, sino el de agravar la tragedia sin mala intención. Mover una piedra en el lugar equivocado podía hundir aún más una estructura ya vencida, o dejar caer un escombro sobre alguien que todavía respiraba bajo el concreto. Un centenar de cuerpos se movían sobre los restos de un edificio colapsado. No había, al principio, una cadena de mando porque cada quien hacía lo que le parecía, y esa descoordinación tuvo consecuencias. “El segundo día fue un mierdero, porque nadie quería hacer caso y todo el mundo quería hacer lo que se le daba la gana”, recuerda Arrigui. “Hubo varias peleas, tuvimos que sacar gente”.

Arrigui aprendió, como el resto de los voluntarios, a distinguir el silencio necesario del ruido inútil. Bajo los escombros, en los primeros días, se escuchaban golpes, arañazos, señales de vida que un dron confirmaba de noche. “Hasta el miércoles 12 de agosto yo misma escuché varios sonidos de personas vivas que raspaban la tierra”, cuenta y se le encharcan los ojos. “Pero cuando entraron las máquinas pesadas, ya no tuvimos más señales de vida”.

Mayerli sabía leer los escombros de una manera que muchos rescatistas profesionales tardaron horas en aprender. Algo entendía sobre qué columna todavía sostenía peso, dónde cavar sin que cediera lo que quedaba en pie, cuándo detener a un voluntario nuevo que, con las mejores intenciones, estaba a punto de mover una losa que podía derrumbar lo que quedaba de la estructura. “Uno aprende a mirar distinto cuando ha tenido que sobrevivir en la calle”, dice. “Uno aprende a ver el peligro de forma más real”, comenta.

A los riesgos físicos en la emergencia se sumó, para ella, un riesgo institucional. Durante una semana, estuvo en la zona del desastre acompañada de su pequeña hija Daniela y su hermana Fernanda, que la cuidaba mientras ella trabajaba. “Ellas no entraban a la zona acordonada, se quedaban unas cuadras más adelante, en una carpa que nos dieron los mismos voluntarios cuando vieron que iba con mi hija”. Arrigui se escapaba cada un par de horas para ver a sus hijas, darles de comer, asegurarse de que estuvieran bien. Tomaba aire y volvía a subirse al arrume de escombros.

Pero alguien la denunció y el martes 11 llegaron varios funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) para pedirle que se retirara antes de que le quitaran a la menor. “Les dije que no me iba a retirar porque yo estaba rescatando gente. Ese día habíamos sacado a dos personas y dos animales vivos”. Se quedó hasta las diez de la noche, varias horas después del plazo que le habían dado. Al día siguiente, volvió a llevarla y los funcionarios repitieron la advertencia. “No entiendo por qué. si es que estuviera haciendo algo malo. No estaba robando, no estaba matando”, señala. “Ayudar es lo único que estaba haciendo”.

Mayerli no cedió. El viernes en la noche, cuando entró a la maquinaria amarilla para avanzar en las labores más técnicas y ya no le quedó escombro que remover con las manos, se sentó junto a dos familias que esperaban inmóviles sobre un andén, con la mirada fija en las máquinas, a que les dieran alguna noticia que ya casi nadie esperaba que fuera buena. Bajo los escombros, seguían atrapadas María Isabel Suárez Narváez, de 68 años, y Victoria Eugenia Perea Pérez, de 54. Arrigui se acurrucó sobre los familiares, los abrazó, les susurró algo. “Nuestra misión era que todas las familias estuvieran ahí completas. Ojalá con vida, pero si ya no había nada que hacer, que al menos recuperaran sus cuerpos para despedirlos como es”, explica ahora.

Eso ocurrió el sábado, cuando recuperaron los cuerpos sin vida. Ese día Mayerli se quitó los guantes, se despidió de los voluntarios que se volvieron sus amigos y se devolvió a su casa, como todos los días, a pie. Durante una semana caminó 45 minutos en cada trayecto, porque nunca recogió el dinero para el transporte: como voluntaria, no tuvo tiempo de vender ni una sola velita para su sustento. Tampoco le hizo falta. Las donaciones que llegaban en forma de agua, comida y ropa le alcanzaron para sostener y darle de comer a sus hijos.

Mientras cavaba entre los escombros, los suyos también se estaban cayendo. El terremoto dejó inhabitable el cuarto que arrendaba en Siloé, y la obligó a mudarse de emergencia a una vivienda provisional ubicada al lado del escombrero donde la ciudad entera ha empezado a acumular los restos que dejó el sismo. En un extenso terreno sobre la Calle Quinta, donde antes había un parque de diversiones infantil, reposan pedazos de pared, techos, columnas enteras convertidas en polvo y montañas de material que no paran de crecer.

El polvo se cuela por las rendijas, se pega a la ropa tendida, se respira sin que haga falta verlo. Daniela, de dos años, amanece con la nariz tapada y los ojos irritados. Arrigui, que pasó una semana ayudando a que otros respiraran bajo el concreto, terminó viviendo al lado del lugar donde Cali entierra su propio derrumbe. Ahora, mientras intenta acomodarse en la vivienda provisional, ha vuelto a los buses a vender velas. Se dice orgullosa de su trabajo, un ejemplo que le ha dado a sus hijos. Sobre la tumba de doña Vicky y doña Isabel han llegado un par de cascos, a modo de ramos fúnebres, que enviaron los voluntarios. “La mayoría de la gente que ayudó en esta tragedia fuimos los de los barrios pobres porque esta emergencia afectó casi que solo a los ricos. ¿Será que si esto nos hubiera pasado a nosotros, ellos hubieran dejado todo para buscarnos?“, se pregunta.


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