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Los casi 100 días que Yei, Nicole y Janet tomaron el Instituto Politécnico Nacional

Janet Rodríguez fue la primera de su familia en ir a la universidad. Originaria de Hidalgo, se mudó con mucho esfuerzo a Ciudad de México para estudiar en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Eligió ser Químico Bacteriólogo Parasitólogo en cuanto supo que algo tan fascinante existía. Ahora tiene 22 años, va por octavo semestre (ya solo le quedan dos para titularse) y lleva tres meses durmiendo dentro de su escuela, la Nacional de Ciencias Biológicas. Exige, como otros cientos de alumnos, más presupuesto para las clases, los profesores y las becas, más transparencia en el manejo de los recursos y la destitución del director del IPN, Arturo Reyes Sandoval, y su equipo. Hasta que el Gobierno no les asegure eso y que no habrá represalias para los estudiantes que protestaron, las puertas de una de las escuelas científicas más prestigiosas de México seguirán cerradas. No todos los alumnos del Politécnico volverán a las clases este lunes.

En la historia corta, los paros en el IPN empezaron a mitad de mayo en ocho escuelas. Los estudiantes salieron a la calle, cerraron Eje Central y llegaron a tomar durante un par de meses Canal Once. El Gobierno ya recuperó la televisora pública y solo dos escuelas, la ENCB y UPIITA, donde estudian 12.000 alumnos, siguen tomadas. Es ya el paro más largo de la última década. Los estudiantes han aguantado lo más difícil, las vacaciones de verano, cuando muchos vuelven a sus casas y son menos para las rotaciones y las guardias. Los que se han quedado —como Janet, Yei, Nicole o Hernán— llevan meses sin ver a sus familias, duermen en colchonetas y se duchan en el gimnasio. Preguntados por los motivos de seguir, los cuatro mencionan, por separado, lo mismo: la importancia de defender una educación que sea digna para todos.

“Las universidades públicas mexicanas son el principal promovente de movilidad social”, destaca Juan Manuel Flores Ayala, experto en monitoreo y evaluación en educación, que recuerda que estas instituciones son el vehículo para que alumnos, que no tienen los recursos para una educación privada, puedan tener “vidas profesionales bien preparadas”. Así, el Politécnico fue la gran universidad pública para las categorías técnicas y científicas en México. “Durante muchos años, en los 80 y 90, fue un referente. Actualmente ha perdido relevancia en el centro del país frente a la propia UNAM, pero también frente a la Universidad Autónoma Metropolitana o incluso frente a instituciones privadas como el TEC”, apunta Ayala, que es consultor independiente.

Detrás de esto está la sombra de la falta de recursos. “Nunca ha habido un semestre que pueda concluir todas mis prácticas sin que haya un pero: ‘No, chavos, es que no hay reactivos’, ‘no, chavos, es que no llegó el material”, cuenta Nicole Valle, estudiante de Ingeniería Bioquímica. “Yo sentía enojo de no poder tener la educación de calidad que mis papás querían que yo tuviera, de entrar al laboratorio y no poder hacer las prácticas porque no había material”, relata Janet desde la recepción de Ciencias Biológicas donde hoy le toca apuntar las entradas y salidas: “Llegué a la conclusión de que lo único que podía hacer era esto, estar aquí, apoyar al movimiento”.

Los estudiantes han trasladado 10 peticiones a las secretarías de Educación y Gobernación, entre las que está la disolución del cuerpo de seguridad privado de la universidad —llamado COPS— por acusaciones de represión, o que el personal de limpieza y mantenimiento pertenezca al IPN y no sea subcontratado, para asegurar los derechos de los trabajadores. Sin embargo, la mayoría de las exigencias giran en torno al presupuesto. Los alumnos afirman que la dirección del IPN, a cargo de Reyes Sandoval desde 2020, ha dejado que la escuela se degradara y se quedara sin recursos mientras cometía irregularidades con los fondos públicos, especialmente tras la creación el año pasado de un patronato, Corazón Guinda y Blanco.C., por él y su equipo para gestionar los donativos de la universidad pública.

El exsecretario de Administración de Reyes Sandoval, Javier Tapia Santoyo, quien tuvo que renunciar a su cargo el pasado diciembre, está vinculado a proceso por otorgar contratos a una empresa facturera cuando trabajaba en el ISSSTE. El propio Reyes Sandoval afronta una denuncia en la Fiscalía General de la República (FGR) por posible peculado, tráfico de influencias y uso ilícito de atribuciones, además de varias investigaciones en el Órgano Interno de Control, que depende de la Secretaría Anticorrupción, según han revelado Reforma y Contralínea. La Secretaría Anticorrupción no ha confirmado a EL PAÍS la apertura de las indagaciones.

El funcionario no se ha posicionado sobre las acusaciones. La presidenta Claudia Sheinbaum respaldó en mayo el perfil del académico, al que calificó de “eminencia”, y le pidió dar explicaciones sobre el manejo de los fondos. Reyes Sandoval agradeció en su cuenta de X las palabras de la mandataria y señaló que su “convicción y compromiso con la comunidad politécnica es irrenunciable”, pero no explicó los movimientos en el presupuesto.

El secretario de Educación, Mario Delgado, anunció a final de mayo que el Patronato Corazón Guinda y Blanco dejaba de trabajar con el IPN y que regresaba la relación con la Fundación Politécnico.C., con la que la universidad había trabajado 30 años hasta que Reyes Sandoval la cesó en 2025. El fin de ese vínculo se debió a que el IPN acusaba a la Fundación —ahora presidida por el empresario Vicente Gutiérrez— de usar los fondos de los donativos para “intereses oscuros”. La Secretaría de Educación no ha contestado a la consulta de este periódico.

La lucha de Ciencias Biológicas

De la precariedad de una de las principales universidades tecnológicas de México, los alumnos ponen ejemplos concretos. De 30 microscopios en una clase solo funcionan cinco; no hay reactivos ni medios de cultivo ni cepas celulares para los laboratorios; buena parte del material que hay —donado— está caducado; no funcionan las campanas de extracción; las batas, los guantes o los cubrebocas tienen que comprarlos los alumnos o los maestros; faltan profesores con plazas fijas, así que muchas materias son canceladas aunque el curso ya haya comenzado; no funciona ninguna del centenar de cámaras que debería vigilar el campus; les roban las bicicletas porque los sensores de entrada están sin actualizar; ellos mismos tienen que desazolvar cuando llueve porque el drenaje no funciona y el terreno se inunda; las grietas siguen presidiendo, junto al mural de Siqueiros, el hall del edificio principal.

“Este tipo de cosas nos ponen trabas a largo plazo porque sí se supone que estamos aprendiendo, pero tampoco se puede aprender mucho con material que no sirve”, reflexiona Janet Rodríguez, quien querría hacer investigación en un hospital después de titularse. “Por eso estamos pidiendo un presupuesto emergente de 10.266 millones de pesos: para terminar escuelas, para pagarle a todos los docentes, para darnos becas a nosotros, para conseguir actualización de equipos, certificación de carreras, reactivos”, explica Yei Morales, de 27 años.

Además de ese fondo de emergencia, los estudiantes piden aumentar el presupuesto general del Politécnico. La universidad pública cuenta con más de 211.000 alumnos en total, un 18% más que hace ocho años, y sus recursos (de unos 21.000 millones de pesos anuales) apenas se han ajustado a la inflación, lo que para los estudiantes, no es suficiente. “Queremos que aumente a 32.000 millones de pesos, porque con eso se saldaría todo”, recoge Morales. “La falta de presupuesto es evidente como en todas las universidades públicas mexicanas, pero en el Politécnico más, dado que no es autónomo y eso es una gran desventaja”, apunta Flores Ayala, que considera que “el ejercicio presupuestario cada vez ha sido más difícil de rastrear”.

Así, en la historia larga, la pelea por la educación en el IPN empezó hace años. Un paseo por la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas evoca la lucha de los estudiantes: en ese pasillo sacaron a los alumnos en El Halconazo de 1971; en el mural de 2014 se recuerda que la juventud debe estar despierta para vigilar a los tiranos y en el de este año se pone en valor la rebeldía; de esa pared arrancaron los nombres de los directores generales que habían sido acusados de corrupción (ya solo se leen tres); esas mesas y sillas azules son fruto de cuando exigieron a las autoridades que los alumnos debían tener lugares para juntarse, debatir y estudiar, y el ágora —ahora todavía vacía— es el espacio central, donde tienen lugar las asambleas en las que la comunidad decide los siguientes pasos.

Yei Morales hace un repaso a algunos de los frutos de anteriores protestas: en 2024, entraron en paro para que se crearan plazas fijas para los docentes, porque el 80% eran interinos, y lo lograron. En 2025 tomaron durante 25 días las instalaciones porque llevaban ocho meses sin pagar al personal que revisaba las entradas, preparaba los laboratorios o daba de comer a los animales de la Escuela, y lograron 80 millones de pesos para ellos. “Ahorita les urge que nosotros levantemos el paro”, apunta Yei Morales, “porque Ciencias Biológicas es de las escuelas más luchadoras, incluso nuestro nuestra lema es ‘en combates y luchas históricas’. Entonces no quieren que sigamos en paro para el lunes, porque ese día, entrando, si las demás escuelas ven que seguimos nosotros se van a sumar otras también”. El pulso entre Reyes Sandoval, el Gobierno y los estudiantes sigue.


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