Los secuestros, un código violento del mundo criminal
Que los coches rueden a 120 kilómetros por hora no intimida a los delincuentes. Dos vehículos se cruzan en la carretera y paran el tráfico de la AP-7. Llevan pasamontañas, unos chalecos reflectantes en los que se lee “Policía” y van directos a por su objetivo. Abren la puerta del copiloto y tiran hasta que arrancan al hombre del asiento del vehículo que conduce su novia. Se le ve con la cara ensangrentada, descalzo y la ropa rota, mientras le arrastran por el suelo hasta otro coche. Los demás conductores asisten atónitos a lo que ocurre un sábado a las siete y media de la tarde en la principal autopista de Cataluña. Algunos lo graban. Es un secuestro entre delincuentes, pero eso solo lo saben los protagonistas, los investigadores que ahora buscan a los autores y el entorno criminal.
“Se trata de un acto comunicativo”, explica el intendente de los Mossos d’Esquadra Josep Naharro, jefe de la División de Investigación Criminal. “Un aviso para otras bandas de que son gente violenta y una manera de consolidar el terreno”, añade. ¿Pero qué conflicto solucionan a la fuerza? El intendente guarda silencio ante una investigación en curso.
Otras fuentes policiales detallan que el secuestrado era el vigilante de una guardería de droga detenido en noviembre del año pasado por la Policía Nacional. De la casa, los investigadores se llevaron 2.000 kilos de hachís por los que alguien pide ahora explicaciones, según esas mismas fuentes. A pesar de lo impactante del episodio, las cifras de secuestros en Cataluña son “residuales, poco significativas y sostenidas en el tiempo”, con ocho casos este año (dos más que en 2025), cuenta el mando policial.
Los implicados siempre son “personas que están o han estado dentro de la actividad criminal”, afirma el intendente, que admite que se trata de un fenómeno oculto, del que únicamente se conoce la punta del iceberg. “Solo si tienen mucho miedo a las represalias acuden a la policía”, añade, ante la cifra negra de la violencia intracriminal. Algo que, según fuentes policiales, ya ha hecho la víctima del secuestro de la AP-7 (jurídicamente se considera una detención ilegal porque nadie exigió condiciones para su liberación). El hombre apareció horas después, apaleado, en Sant Llorenç Savall, un municipio a medio centenar de kilómetros del lugar de su captura. “Es una actividad vinculada al crimen organizado”, insiste Naharro, para atajar el temor a ser secuestrado en Cataluña. “Son unas dinámicas que no ocurren a quien está fuera de esos entornos”, abunda.
Solo 48 horas después del secuestro de la AP-7, un joven de 22 años fue capturado de madrugada en una calle del barrio de Sant Martí de Provençals, en Barcelona. Unos vecinos lo oyeron gritar mientras lo introducían a la fuerza en un coche y avisaron a los Mossos. La víctima fue liberada cinco horas más tarde en una gasolinera de Salt, en Girona, y contó que cuatro encapuchados se lo habían llevado y le habían golpeado para exigirle el pago de una deuda. “De esa manera buscan ablandarlos, conseguir lo que quieren de ellos”, cuenta el intendente.
En algunas ocasiones las víctimas sufren heridas de consideración. A un hombre de origen albano le amputaron un dedo en un secuestro cometido en junio del año pasado en Barcelona, vinculado al tráfico de hachís, según fuentes policiales. En 2024, un hombre fue secuestrado y asesinado por personas vinculadas al cartel de Sinaloa, asentadas en Sant Andreu de Llavaneres (Barcelona). Exigían a la familia un rescate de 240.000 euros por un conflicto con un cargamento de metanfetaminas perdido. El caso tenía dimensiones internacionales, como también ocurrió el año pasado en un secuestro en Castelló d’Empúries (Girona), también por drogas: las autoridades francesas detuvieron al presunto autor.
Naharro añade que los secuestros o detenciones ilegales no siempre responden al tráfico de drogas. Dentro de ese submundo vinculado a la delincuencia, los Mossos también han detectado casos por inversiones económicas dudosas y prestamistas opacos. La retención de las víctimas es una manera extrema de exigir el pago de la deuda. Cuando no saben de ellas, las familias denuncian ante la policía, para disgusto muchas veces de los propios afectados, que no colaboran. A pesar de eso, las investigaciones siguen adelante, con un índice de resolución del 90% de los casos, asegura el jefe de la División de Investigación Criminal.
Formas de ajustar cuentas
Los secuestros son solo una forma de la violencia intracriminal. Los vuelcos —robos entre traficantes— forman parte también de ese mundo. El año pasado, los Mossos detectaron 118 narcoasaltos (un 24% más), la mayoría por marihuana (73). Igual que con las detenciones ilegales, existe una cifra negra que nunca llega a conocerse.
En su forma más radical, los delincuentes atajan sus conflictos matándose. En lo que va de año, los Mossos investigan al menos seis homicidios vinculados al crimen organizado. Asimismo, las policías han detectado un aumento del 45% en los tiroteos con armas de fuego en el primer semestre de 2026 (de 47 a 68).
“Llevamos tiempo avisando, y ocurre en toda España”, reflexiona el intendente sobre el poder de las organizaciones criminales. En Cataluña, el cultivo de marihuana ha consolidado las estructuras delincuenciales, que una vez instauradas “transitan al negocio que les proporcione más lucro”. La inteligencia policial apunta también a un contexto internacional más complejo y una sobreproducción de cocaína en origen que inunda los mercados europeos y ha hecho caer casi a la mitad el precio de la droga (12.000 euros el kilo en el sur de España). Para plantar cara al crimen organizado, los Mossos están “revalorando” su manera de trabajar y ya preparan cambios “metodológicos, de sistema y estructura”.


