Política

Isabel en terapia


Cuando alguien me dice que ha decidido “quitarse” del vicio de la información como si fuera una droga pienso que esa persona que desea estar limpia, usando la expresión de algunos extoxicómanos, en el fondo sigue nutriéndose de sucedáneos que le ofrecen la realidad en titulares escritos por gente de su cuerda, sin el esfuerzo que supone leer lo que incomoda o lo que induce a cultivar una opinión propia. A esa voluntad de no saber, que escucho cada vez más a menudo, yo respondo que no puedo permitirme ese lujo, aunque en realidad miento: siempre preferiré abrir los ojos a cerrarlos. Me consuelo pensando que si hay algo rescatable de esta actualidad sin tregua es que no te da tiempo a aburrirte. Yo procuro salir de mi burbujita ideológica porque considero necesario saber de qué argumentos se nutren aquellos con lo que nada comparto. A veces, diré, encuentro reflexiones con cierto interés y en este afán de ser justiciera que me acompaña, me digo, mira este qué idioteces piensa, pero qué bien las expresa. A mí una persona educada, en estos tiempos de ordinariez, puede seducirme.

El otro día, scrolleando tontamente, porque a cierta edad a una debería darle vergüenza, me quedé prendada de una política que, siendo entrevistada en profundidad, venía a confesar que no le gustaba este mundo actual en el que resulta imposible debatir amigablemente con personas que no piensan como tú. Se quejaba la joven con amargura de esta manera brutal de ejercer la política en la que el adversario se convierte en enemigo. El enemigo, en su voluntad destructiva, no descansará hasta acabar contigo. Lo decía serenamente. No era difícil, porque el interlocutor la arropaba como si fuera terapeuta más que periodista, y cuando tienes delante a un entrevistador así es fácil rendirse a la confesión. Vaya, pensé, yo podría haber dicho lo mismo, podría haber afirmado, si es que no lo he escrito ya, que la violencia verbal ha irrumpido en la política de tal manera que quienes la lideran han conseguido que los debates políticos sean estériles, que quienes se regodean en la mala educación como si fuera un arma dialéctica hayan intoxicado el lenguaje, manchando el de la calle, llenándolo de expresiones grotescas de apariencia popular que avergüenzan a quienes pensamos que un sillón concedido por el voto del pueblo debería obligar a un decoro, a la excelencia en la exposición de una idea.

Yo hubiera añadido que la clase política debería dejar los chistes para quienes muy honradamente se ganan la vida como cómicos, hubiera añadido que nada tiene que ver el humor con la burla despiadada que provoca las risas crueles de los tuyos. Qué feo un espectáculo en el que solo se ríen los tuyos, ¿verdad? Es como un teatro con una platea partida en dos en el que actores sin vis cómica forzaran las risas de su batallón desplegando chistes crueles contra los espectadores de la bancada contraria. Sí, le hubiera dicho, en esto pienso lo mismo que usted, y esta coincidencia me alivia porque siento desazón al observar cómo las buenas formas se han ido perdiendo, cómo los políticos se defienden victimizándose en vez de comprender que pueden hacer mucho daño, abriendo la espita de la crueldad que luego no se sabe cómo cerrarla, mostrando una incapacidad casi patológica para la empatía. A mí tampoco me hace gracia que desde una institución pública se popularice un insulto que del escaño pasa a lema de la camiseta de los mozos de las fiestas de pueblo. No puedo digerir el chao, pescao; ni sabía que era eso del bulo del culo. Era un chiste para iniciados que me explicaron y tampoco le encontré la gracia.

Estaría de acuerdo con usted, le hubiera dicho a la entrevistada, si no fuera porque es quien es. Algo le pasa en su mente si no percibe que usted ha sido una de las grandes promotoras de la mala educación. En cuanto a su entrevistador, podría de una vez mutarse en terapeuta y decirle, Isabel, tenemos que hablar de esto.


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