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Los árboles de Jan Hendrix abrazan el barro de Francisco Toledo


Una está en el suelo y la otra, colgando de una viga fabricada expresamente para sostener su monumental peso. Las dos campanas, similares en esencia y forma, se acompañan e inauguran un espacio en el que todo lo demás juega a lo contrario: el contraste y la tensión. Esos artilugios —uno de bronce, otro de cerámica— son el punto en el que se tocan las obras del imponente artista mexicano Francisco Toledo, ya fallecido, y las de su amigo, el neerlandés Jan Hendrix, que dialogan por primera vez en la histórica pinacoteca que les ha dado cobijo durante décadas, la Galería de Arte Mexicano (GAM) de la Ciudad de México. “Papel y tinta es lo que más me importa, me fascina esa relación. A Toledo le pasaba exactamente lo mismo, y en México no hay tanto interés por la gráfica. Es como el sótano de una casa elegante”, explica Hendrix, que sintetiza así el origen de esta amistad que comenzó a mediados de los años 70, cuando él aterrizó en México por primera vez.

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