La vida feliz de Claudia Tacoronte: “Siempre estaba emocionada… ¡La veía como una persona libre!”
Un día, sin motivo alguno, Claudia le llevó una galleta. Un detalle. Otro día, cuando le contó que se le había caído el café, Claudia le trajo uno nuevo. La primera vez que almorzaron juntas, Claudia le dijo, ‘tu pide y yo como’. Ordenaron enchiladas verdes y a Claudia le encantaron. “Y la jamaica, ¡el agua de jamaica! Eso también le encantó”, dice su amiga. Por aquí caminaron juntas, aquí se conocieron y se hicieron amigas, su lugar seguro, el campus de la universidad, en Cuernavaca, México, rodeado de montañas. Aquí la recuerda ahora Ximena, invocando un recuerdo que parece, también, un barrera contra las lágrimas. Recordar ayuda, es una especie de embrujo, como si el pasado no acabara de ser cierto. Porque la certeza abruma: su amiga, Claudia Tacoronte, ya no está. La mataron.
Claudia Tacoronte era la nueva, venida de Granada, en España. Ximena Becerril, su primera compañera de pupitre. El 17 de agosto, la vida las juntó en una clase de filosofía de la educación. “Ella al principio como que no entendía mucho, pero yo le dije: ‘No te preocupes, yo te explico’. Y le explicaba”. La amiga sonríe, como si aquello en realidad hubiera sido solo un teatro, el tanteo nervioso de futuras cómplices. “¡Le gustaba moverse, el senderismo, estaba muy emocionada porque este martes iba a participar en una representación por el día de la independencia, ¡Siempre estaba emocionada!… Decía que estaba en su mejor momento, yo la veía como libre”, dice ella, que habla y habla, porque si calla y mira las coronas de flores y las velas…
Una vez, Becerril le dio un consejo a su amiga. Uno muy serio, ajeno a la energía juvenil, al optimismo. Le dijo: “Si estás en una situación de peligro, ¡nada más corre!”. Eso le dijo. Su amiga quiere pensar que Claudia corrió, que quiso escapar de su asesino, un hombre alto, de pelo corto, que la noche que atacó a la joven, el sábado, vestía una camiseta blanca y unas bermudas claras, a la espalda una mochila negra, pequeña. Pero no se sabe, porque Claudia estaba con su celular, separada del grupo, y no había una sola cámara de seguridad que enfocara ese espacio, la entrada de la Casa de la Cultura de Cuautla, una población mediana a dos horas de Ciudad de México, a una de Cuernavaca. Ni una cámara, ni un vigilante en la puerta, nada.
Los vecinos de la Casa de la Cultura están que trinan desde el sábado, porque un simple vigilante, dicen, podría haber evitado el ataque. Es posible. Pero los vecinos también dicen que Cuautla, una de las ciudades más importantes del Estado de Morelos, que gobierna Morena, es un absoluto desastre y que hay asesinatos todo el tiempo, y que la extorsión es la ley, y que a cada rato cierran negocios por ello, y que la corrupción y connivencia de la clase política con el crimen es el paisaje de sus días… No les falta razón. En mayo, el Gobierno federal, también en manos de Morena, detuvo al alcalde, al tesorero, al oficial mayor y al secretario municipal. ¿La acusación? Colaborar en las actividades de la aventura local del Cartel de Sinaloa.
Por eso, por la violencia, por esa podredumbre, Ximena Becerril le dio aquel consejo a su amiga, que si pasaba algo, corriera. Porque ella, a los 24 años, sabe que en Morelos –en México, en general– la violencia es un problema importante, que hay asesinatos todos los días, decenas, todos los días. El Gobierno federal, que dirige Claudia Sheinbaum, asegura que han bajado más del 50% desde su llegada al poder, en octubre de 2024. Parece cierto, los datos lo avalan. Antes llegaron a ser 100 diarios, ahora, 40, 30. Una cantidad lo suficientemente alta, sin embargo, como para que la Universidad Estatal Autónoma de Morelos (UAEM), la gran casa de estudios regional, a la que acudía Claudia Tacoronte, cuente otros tres asesinatos de alumnas en los últimos siete meses.
Pero el crimen no ocurrió allí, en la UAEM, sino en Cuautla. La víctima fue al municipio a pasar el fin de semana, a participar en la “XLII Fiesta Nacional de la Planta Medicinal”, que organizaban entidades privadas. Ximena Becerril dice que no sabe si fue sola, o con alguien. Dice, eso sí, que vivía sola en un departamento cerca de la universidad. Dice también que la última vez que hablaron fue el jueves. Dice que Claudia estaba muy emocionada porque los organizadores de la fiesta le habían ofrecido hospedaje en la Casa de la Cultura, lugar donde se celebraban las jornadas. “Le encantaba todo el asunto de los pueblos originarios. El fin de semana anterior, había ido al Museo Nacional de Antropología”, en Ciudad de México, con dos amigos.
Cuautla, un lugar que hace 10 años alcanzó la hora estelar de los noticieros, porque la Fiscalía enterró cuerpos sin etiquetar en la fosa común, cuerpos, en algunos casos, de personas desaparecidas, personas que sus familias buscaban. Ahí fue Claudia Tacoronte y ahí pasó el viernes y el sábado, como atestigua un video de la fiesta. Allí estuvo la joven, una ciudad que hace tres días era pueblo y que en su adolescencia demográfica sufre una tremenda desnutrición en las periferias, con bolsas de pobreza y desesperanza a cada costado. “El problema ya no es la cocaína o la marihuana, es el cristal”, dice una veterana política local. El cristal, la metanfetamina. No se sabe si Claudia Tacoronte era consciente del contexto. Por ejemplo: que hace 11 meses, México desbarató aquí cerca un laboratorio que producía 300 millones de pesos al mes en esa droga, 15 millones de euros.
Los vecinos están molestos porque no había policía en la fiesta de la planta medicinal, porque luego del ataque tardaron en llegar, porque nada garantiza que lo ocurrido suponga un cambio, algo que ilumine un poco el futuro. Mientras, evocan la noche del sábado. Una mujer que vive justo enfrente dice que lo primero que escuchó fueron tres gritos: ¡ayuda, ayuda, ayuda!. “Primero pensé que igual eran de una obra de teatro, como es casa de cultura… Pero luego dije: ‘No, es otra cosa”. Ella y algunas más salieron. Otra de las vecinas entró en el recinto y se acercó a la víctima. Una mujer estaba con ella. Era, le dijo después, la que había gritado. “Otros vecinos se fueron corriendo detrás del asesino”, dice. Las dos se quedaron con Claudia. Ella le tomó la mano. Aún estaba viva. “Le decía ‘baja tu respiración, que si no sale más rápido la sangre”. Le rogaba que lo hiciera. Eran las 20.52 del sábado. La ambulancia tardó unos 15 minutos en llegar.
¿Por qué? ¿Por qué ese hombre atacó a una mujer que, salvo sorpresa mayúscula, no conocía? No se sabe. La Fiscalía de Morelos, encargada de las pesquisas, apunta a un robo. El Gabinete de Seguridad federal, que desembarcó masivamente en Cuautla tras la detención del equipo de gobierno municipal este verano, dice que va a detener a los responsables. Cuautla luce tapizada estos días con lonas anunciando su presente, el operativo de las autoridades contra el crimen, la extorsión, el asesinato, la violencia, el “plan Cuautla”. Es una invitación del Gobierno de Sheinbaum a confiar en las autoridades, a denunciar a los criminales, a tratar de rehacer el tejido social. La veterana política local, zanja: “Hay una tremenda descomposición social aquí”.


