Estudiantes convertidos en narcos: cómo algunas fraternidades universitarias de EE UU entraron al negocio de las drogas
Era común que bolsitas con medio gramo de cocaína pasaran de mano en mano durante las fiestas de dos fraternidades de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State). Quienes aspiraban a ingresar a Delta Upsilon y Sigma Chi debían participar en la preparación de la droga: cortaban y empaquetaban el polvo blanco en las casas de las cofradías, ubicadas fuera del campus. El que pretendía ser un rito de iniciación terminó convirtiendo a varios novatos en cómplices y a su líder, el estudiante Agostino Abbatiello, en el mayor capo que ha pisado Penn State, una de las instituciones académicas más prestigiosas de Estados Unidos. El joven llegó a tener proveedores en Filadelfia y Nueva York que le vendían “grandes cantidades” de droga y varios narcomenudistas a su servicio. Durante dos años la red operó a la vista de todos, hasta que la Policía logró desmantelarla.
Abbatiello, otros 12 estudiantes y exalumnos de Penn State, así como el padre de uno de ellos, fueron acusados penalmente a mediados de agosto. Los 14 enfrentan una larga lista de cargos, entre ellos participación en una organización corrupta, conspiración y manejo de ganancias provenientes de actividades ilícitas. Todos cayeron en el operativo Drugs Unlimited, encabezado por la Fiscalía de Pensilvania y la Policía de State College. Este es el caso más reciente de universitarios estadounidenses que, en lugar de concentrarse en sus estudios, terminaron integrándose al negocio del narcotráfico desde las fraternidades.
“La venta de droga ocurría de un amigo a otro, de un miembro de fraternidad a otro, entre conocidos y en casas de las fraternidades y/o durante fiestas o reuniones sociales”, dijo sobre el caso de la universidad Penn State el fiscal del Estado, Dave Sunday, durante una conferencia de prensa. “De hecho, encontramos un patrón de eventos que mostraron que cortar y embolsar la cocaína era, para algunos aspirantes, la novatada para entrar a las fraternidades Delta Upsilon y Sigma Chi”, agregó.
Los narcoestudiantes de Penn State
Abbatiello, de 24 años, y sus cómplices compraban paquetes de cocaína en Filadelfia y Nueva York, ciudades a las que viajaban con frecuencia, según Sunday. Sus principales clientes eran alguno de los 86.000 estudiantes de Penn State. Las autoridades sostienen que la red operó al menos entre 2023 y 2024 y que ningún empleado de la universidad estuvo involucrado. “No hay nada de infantil en esta conducta. Esta fue una organización de tráfico de drogas de alto nivel en esta región de Pennsylvania”, afirmó el fiscal estatal.
La organización comenzó a desmoronarse en septiembre de 2024, cuando un informante acudió a la Policía y reveló que un estudiante apodado “T-Rob” vendía grandes cantidades de cocaína desde la casa de la fraternidad Delta Upsilon. Era Thomas Robinson, de 22 años, señalado como el segundo al mando de la organización.
Durante los tres meses siguientes, el informante participó en una operación encubierta. Contactó a Robinson a través de Snapchat para comprarle cocaína y realizó los pagos mediante Venmo. En diciembre de ese año, la Policía detuvo a Robinson en la casa de la cofradía. El estudiante creyó inicialmente que sus compañeros le estaban jugando una broma pesada. Mientras se resistía al arresto, advirtió a los agentes: “Les voy a partir la madre”. Una descarga eléctrica le dejó claro que no se trataba de un chiste. Más tarde también fue detenido su padre, Paul Robinson, un abogado de Pittsburgh, acusado de ocultar evidencia (droga y dinero vinculados a la red que habría escondido en una caja fuerte) y de obstruir la investigación.
Durante aquella redada, la Policía incautó a Thomas Robinson narcóticos y una pistola. Tras su detención, el estudiante decidió colaborar con las autoridades. Su cooperación contribuyó a una investigación criminal que se prolongó durante 20 meses y que aún no ha concluido. El universitario declaró en un tribunal que le compró alrededor de tres kilos de cocaína a Abbatiello por 120.000 dólares.
Venta de droga en los dormitorios
La historia no es única. Cuando la agencia antidrogas DEA investigaba a un traficante de California, siguió la pista de uno de sus compradores en la Costa Este hasta llegar literalmente a los dormitorios de varias fraternidades de las universidades de Carolina del Norte (UNC), Duke y Appalachian. Así, en noviembre de 2018, abrió un caso separado que terminó con 21 personas acusadas, en su mayoría estudiantes de ese instituto, y con el desmantelamiento de una operación criminal que durante tres años generó más de 1,5 millones de dólares.
Esta actividad delictiva se desarrolló entre 2017 y 2020 en casas de las fraternidades Phi Gamma Delta, Kappa Sigma y Beta Theta Pi. A través de lo que las autoridades describieron como un “método muy sofisticado”, la organización distribuyó cocaína, marihuana, pastillas del medicamento Xanax, esteroides, hongos alucinógenos y otras sustancias. Salvo la marihuana, que era transportada por carretera de costa a costa, las demás drogas eran enviadas por correo postal desde California por el proveedor, Francisco Javier Ochoa. El dinero en efectivo obtenido de las ventas hacía el recorrido inverso, también por correo.
La acusación describe transacciones de hasta 15.000 dólares por cocaína realizadas dentro de instalaciones de la fraternidad Beta Theta Pi. Las compras fueron efectuadas por informantes de la DEA como parte de la investigación.
Al anunciar los cargos, en diciembre de 2020, Matthew G.T. Martin, entonces fiscal federal del Distrito Medio de Carolina del Norte, subrayó que aquello distaba mucho de ser una experiencia estudiantil cotidiana. “Esta no era una situación de consumidores ocasionales: un joven de 19 años bebiendo una cerveza o alguien fumando marihuana en la casa de una fraternidad”, aclaró el funcionario. “Se trata de 21 traficantes de drogas curtidos”.
“Eligieron el negocio equivocado”
Las autoridades bautizaron el operativo como Telaraña (Spiderweb). Fue una red que fueron tejiendo durante 20 meses hasta atrapar, a finales de 2020, a 13 traficantes de drogas, la mayoría estudiantes de la Universidad de Texas en Austin (UT-Austin). Los acusaron de distribuir fentanilo, LSD y metanfetamina en la zona de West Campus.
La organización, integrada por jóvenes de poco más de 20 años, vendía drogas dentro y fuera del campus y obtuvo más de un millón de dólares con el negocio. También ofrecía pastillas de Adderall y Xanax, medicamentos que requieren receta médica, pero que, según las autoridades, estaban adulterados con otras sustancias.
Durante los arrestos, la Policía incautó, además de las drogas, alrededor de 100.000 dólares en efectivo, armas de fuego y chalecos antibalas.
“Decidieron volcar su talento en esta operación ilícita”, dijo en diciembre de 2020 el agente especial de la DEA Steven Whipple, al anunciar los resultados de la investigación. “Eran bastante sofisticados en su forma de operar”.
Ocho de los detenidos eran estudiantes de UT-Austin y tenían entre 21 y 23 años. Cursaban carreras tan distintas como negocios, química, matemáticas y psicología. Otra de las arrestadas, Rose Rodríguez-Rabin, había sido profesora de la Universidad de Texas en San Antonio. Las autoridades la acusaron de vender Adderall mezclado con metanfetamina.
“Lo que resulta particularmente inquietante de este caso es el hecho de que personas que parecían tener una gran formación y talento, y que contaban con múltiples oportunidades en la vida para elegir, decidieron, en cambio, enfocar su perspicacia empresarial y su educación en el tráfico de drogas”, declaró entonces el fiscal federal Gregg Sofer durante una conferencia. “Eligieron el negocio equivocado”.


