El protagonismo de Ana Lucía Pineda repotencia la debatida figura de la primera dama
La postal era inédita. El presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, publicó el pasado fin de semana un video en el que recorre por primera vez en su mes en el cargo la Casa de Nariño, el tradicional palacio de Gobierno, junto a su pareja, Ana Lucía Pineda. “Caminar por los pasillos de la Casa de Nariño de la mano de mi esposa, la primera dama, tiene para mí un significado profundo: estamos comenzando juntos una nueva etapa de nuestras vidas, al servicio de Colombia”, escribió en ese mensaje, con el que confirmaba que había replanteado su resistencia inicial a despachar desde ese edificio histórico en el corazón de Bogotá. Su familia todavía no la usa como residencia, pero ya comienza a funcionar como sede de un Gobierno que ha prometido volcarse en las regiones.
Pineda no fue una figura central en la campaña que llevó a De la Espriella al poder, pero ha adquirido un gran protagonismo como coordinadora de las donaciones para atender y reconstruir las regiones más afectadas por el devastador terremoto del 10 de agosto, cuando su esposo apenas cumplía tres días desde su posesión. Su fundación Colombia Luz y Sonrisas, creada en julio, es uno de los tres canales directos de donación impulsados por la campaña gubernamental “Colombia, Un Solo Corazón”. Los otros dos son la Corporación Minuto de Dios y la Fundación Ábaco [por Asociación de Bancos de Alimentos de Colombia], ambas muy establecidas y con décadas de trayectoria. “Hasta el momento, la primera dama ha recogido en ayudas humanitarias, y ha entregado, cerca de 4.386 toneladas de ayudas”, aseguró De la Espriella al agradecerle a su esposa en la alocución presidencial del domingo.
Si bien la primera dama no tiene un papel institucional definido, sí tiene una función simbólica y comunicacional importante, apunta la analista Eugénie Richard, docente experta en comunicación y marketing político de la Universidad Externado de Colombia. “La forma en la que se inaugura esta primera dama es finalmente positiva; se empoderó del tema y empezó a jugar un rol del cuidado, de empatía, de solidaridad. Este escenario de crisis fue propicio para que ella pudiera surgir como liderazgo alrededor de esos valores positivos”, señala. “No es una lideresa que manda, es una que acompaña y cuida; su función comunicacional es humanizar el poder, acompañar al líder”, añade la experta. “Hasta ahora la estamos conociendo”, apunta.
Existe un vacío jurídico acerca de cuáles son las responsabilidades de una primera dama, lo que hace muy difícil pedirle cuentas. En Colombia, un país marcadamente presidencialista donde nunca ha llegado al poder una mujer, el papel de la pareja del mandatario corresponde a los usos y prácticas. Dependen de la tradición, del presidente de turno y de la personalidad de su pareja. A algunas les ha interesado ser muy discretas y a otras, un elevado perfil público. Con Pineda, el Gobierno De la Espriella ha resucitado el aspecto más caritativo.
En el Congreso ya han surgido varias voces que piden explicaciones sobre el manejo de los recursos, y no solo desde la oposición agrupada en el Pacto Histórico. “Hay un retorno durante este nuevo Gobierno a la figura más tradicional de la primera dama, es decir, dedicada a la caridad, a ayudar a los pobres, con un rol que asume preponderante cuando llega una tragedia”, refrenda la representante Catherine Juvinao, que ha sido muy crítica en el pasado de una figura que considera “anacrónica”.
La legisladora del partido Alianza Verde, que se declaró en independencia frente a De la Espriella, considera “problemático” que la fundación de la que Pineda es representante legal canalice donaciones. “Pido que la primera dama, si va a actuar como servidora pública, por los menos rinda cuentas como si fuera servidora pública. En particular, los recursos y los dineros que están moviendo a través de su fundación deberían tener escrutinio público. Se los voy a pedir”, anticipa la congresista, parte de la comisión que hará seguimiento a la atención de la tragedia.
En los términos más formales, la primera dama no es un funcionario público, nadie la votó, no maneja un presupuesto ni puede ser citada a un debate de control político. Sus gastos son un foco de controversia. En medio de los estereotipos de género, está bien visto que se encargue de asuntos domésticos, de infancia o desnutrición, pero si eleva su perfil, comienza a atraer críticas. Desata amores y odios, desde hace algún tiempo, se suele convertir en un blanco de la oposición. De cuando en cuando, se reabre el debate sobre la necesidad de esa figura, que muchos consideran obsoleta.
La imagen de Pineda, por lo pronto, contrasta con la de su más inmediata antecesora, Verónica Alcocer, la pareja de la que se separó Gustavo Petro mientras era presidente y que se mantuvo como primera dama hasta el final de su periodo. Siempre rodeada de controversias, la inusual actividad e influencia política de Alcocer, sobre todo en la primera mitad del cuatrienio del mandatario de izquierdas, encendió los ánimos.
La ahora expareja de Petro mantuvo un séquito que la acompañó a sus viajes y le costó al Estado en el primer año y medio de ese Gobierno más de 1.000 millones de pesos, unos 250.000 dólares de la época, de acuerdo con una investigación de La Silla Vacía. Por momentos exhibió más poder político que la vicepresidenta Francia Márquez –que sí tenía un mandato popular–, influyó en nombramientos y fue representante diplomática del Gobierno en varias ocasiones. Incluso encabezó la delegación colombiana en el sepelio de la reina Isabel II de Inglaterra. Y ya en la recta final del cuatrienio, cuando se mudó a Suecia, su lujosa vida volvió a levantar suspicacias. Petro defendió que su expareja sentimental no gastaba “un peso” de las arcas públicas.


