En el epicentro de los incendios que abrasan a Colombia: “Tenemos que prepararnos para una hambruna y una crisis económica”
El suelo es tan blanco que parece nieve. “Parece que estuviéramos en Alaska”, “es como si fuera Chernóbil”, comentan habitantes de la zona. Pero la vista de un escenario invernal contrasta con la realidad: el blanco se debe a la ceniza que dejaron bosques enteros devorados por las llamas. Es el nuevo paisaje de varios municipios del Tolima, un departamento ubicado en el centro oeste de Colombia, que se ha convertido en el epicentro de una crisis provocada por incendios forestales, que en los últimos días se ha extendido a otras regiones del país. A quien se le pregunta en las zonas más afectadas recurre a la misma metáfora: “Es un infierno”.
Es de ese modo que Costaín Chavarro describe lo que pasó en la noche del martes. Estaba con su esposa y su hermano en su rancho, ubicado en un bosque espeso de la zona rural del municipio de Coello. “El fuego nos rodeó en minutos”, cuenta este campesino de 66 años. Tenían la fe de que el río, que está a cinco minutos caminando de su casa, detuviera el paso de las llamas, pero las chispas saltaron y quemaron todo a su alrededor. Dice que, entre todo, tuvieron suerte. Un sobrino suyo vio que la zona estaba ardiendo y acudió con una brigada de unos 20 voluntarios que lograron que el fuego no tocara la casa.
María, la esposa de Costaín, rememora el episodio entre lágrimas: “Yo sentí mucho miedo, pero seguía aferrada. Le pedía a Dios que no se nos quemara la casita. Intentamos tomar agua del río, pero solos era imposible. Ahí fue cuando llegó la cuadrilla. Sin ellos no hubiéramos podido. Es una angustia que no se la deseamos a nadie y es algo que muchos más han vivido”. El patio ahora es negro y los cultivos de cacao y plátano de los que dependen económicamente quedaron reducidos a polvo.
Tolima es el departamento más afectado por los incendios forestales que comenzaron a inicios de agosto y han quemado al menos 50.000 hectáreas, según las autoridades. Aunque a la fecha no se han reportado fallecidos, el desastre afecta a más de 2.000 productores, con pérdidas que ascienden a los 134.000 millones de pesos (unos 42 millones de dólares). Esta crisis fue hasta hace muy poco opacada por la del terremoto del 10 de agosto, que acabó con la vida de más de 300 personas. Los incendios también se extienden en Nariño, Caldas y Antioquia.
El presidente, Abelardo de la Espriella, estuvo el viernes en Tolima para dar respuesta a la crisis. Desde allí, declaró la calamidad pública para acelerar las ayudas y anunció subsidios para los campesinos. “No vamos solamente a apagar los incendios, vamos a recuperar lo que el fuego destruyó, a levantar nuevamente el campo tolimense”, manifestó.
Pero lo que más resonó de su discurso fue su denuncia de que detrás de los incendios hay “manos criminales”. “Están utilizando el fuego para destruir el campo, golpear a nuestros campesinos, acabar con cultivos y animales y sembrar miedo entre la gente”, indicó, sin referirse a nadie en específico. Horas después de su intervención, dos hombres fueron enviados a la cárcel como presuntos responsables de haber provocado de manera intencionada un incendio en el sur del departamento.
Una consecuencia del cambio climático
De Coello (en el centro del Tolima) a Venadillo (en el norte) se habla entre dientes de distintas teorías alrededor de los responsables. Entre la comunidad crece más la idea de que la mayoría son intencionados: nadie entiende cómo, pese a los trabajos de los bomberos, voluntarios y la Fuerza Pública, todavía haya una decena de focos activos y sin visos de tener un fin cercano. Menos, cuando las lluvias no se asoman desde hace un mes. Algunos, incluida la gobernadora Adriana Matiz, creen que se trata de una operación ordenada por grupos armados, especialmente de las disidencias de las FARC que se radican en la zona. Otros dicen que son pirómanos anónimos sin una agenda clara.
Aunque cada vez más queda acreditado que sí hay focos generados con intención, hay problemas que son estructurales y que hacen a la región susceptible a los incendios. Robert Rojas, presidente de las juntas de acción comunal de Coello, lamenta la falta de apoyo estatal en su comunidad. “Hay mucha solidaridad y voluntad de tener brigadas comunitarias para afrontar estas crisis, pero todo sale de nuestro bolsillo, sin incentivos económicos, es muy difícil. Le pedimos al presidente que se dé cuenta de que le estamos poniendo el pecho a esta problemática”, exhorta.
Son muchos los que se quedaron sin su sustento diario. En esta región se cultivan a gran escala el mango, el cacao, el aguacate o el plátano. Margarita Lozano, otra líder comunal del municipio, menciona que los efectos de los incendios van a repercutir durante años. “Los árboles no van a salir en uno o dos meses. Hay gente que tiene que esperar años para que sus cultivos vuelvan a ser los que eran. Tenemos que prepararnos para una hambruna y una crisis económica, que van a ser bastante grandes”. Ella, vecina de toda la vida de la vereda Gualanday, va más allá de la posible injerencia de criminales y achaca la culpa sobre todo a “los gobiernos y personas que dicen que el cambio climático no existe”. Ya les digo yo que sí”.
Jonathan Ortiz, geólogo y profesor de la Universidad del Tolima, recuerda que incendios de una magnitud similar ocurrieron en 2024. “En la región se suman los ingredientes perfectos para que sean muy probables los incendios forestales: una vegetación muy seca y veranos cada vez más cálidos”, explica. El experto indica que hay una probabilidad muy alta de que el fuego haya iniciado por accidente: colas de cigarrillo, desechos mal manejados y hasta quemas que hacen los campesinos de manera regular y que se salieron de control. “Hay que promover una gestión de la tierra más inteligente. Los incendios se salen de control porque tienen mucho material combustible de donde avanzar”, añade, no sin antes alertar que este desastre ocurre apenas al inicio del llamado fenómeno del Super Niño, que traerá a Colombia altísimas temperaturas hasta inicios de 2027 y probablemente una sequía que puede traducirse en desabastecimiento de agua en varias regiones. “Los incendios van a seguir y por eso hay que fortalecer a las comunidades y al campesinado para que puedan enfrentar de mejor manera lo que se viene. Que esto sea una lección aprendida”.
Incómoda logística
EL PAÍS acompañó una jornada de trabajo del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Venadillo. En este municipio, los incendios no dan tregua. Incluso cuando se cree que los focos son asfixiados, al día siguiente vuelven a encenderse y a expandirse. Fue lo que ocurrió este viernes en la vereda Palmarosa. En la noche del jueves, el equipo había dado por controlado un incendio que al día siguiente retomó fuerza y siguió prendiendo las fincas.
Uno de los mayores problemas que denuncian los bomberos y los voluntarios es el logístico. Para llegar desde el pueblo de Venadillo al foco de este incendio, en una zona rural de difícil acceso, se necesitan dos horas de camino por vías casi inexistentes y trochas que impiden que grandes carrotanques puedan llegar.

Por eso hay mucho trabajo manual. Los voluntarios recogen en baldes el agua que sale de un pequeño cauce e intentan llenar a toda velocidad los aspersores que usan los bomberos. Soldados y personal de Misión Médica los acompañan. “Puede haber voluntad, pero no hay medios. Muchos de los sitios en los que nace el fuego son lomas. Sería de mucha ayuda que los tanques llegaran y con una manguera ya se alcanzan los árboles”, cuenta Carmelo Villalobos, uno de los voluntarios.
En la última semana, más de 300 socorristas y seis aeronaves han sido desplegados por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), la entidad gubernamental que coordina y atiende los desastres en el país. El zumbido de los helicópteros, que viajan de un lado a otro, ya es parte del paisaje auditivo en Tolima. Aun así, no son pocos los vecinos y líderes comunales que denuncian que el apoyo operativo ha llegado muy tarde a algunas zonas o que solo ha llegado a algunos sitios. Este periódico solicitó hablar con un portavoz de la UNGRD para aclarar estas alegaciones, pero la entidad respondió que cualquier comunicación se hace a través del presidente.
A Chagualá, una vereda de Coello, la ayuda llegó después de que la comunidad hiciera una gran campaña en redes sociales para mostrar con videos lo que enfrentaban. “Nos dimos cuenta de que, como comunidad, no podíamos combatir solos el fuego y empezamos a mostrar lo que estaba pasando. Aquí llegó el ejército, bomberos de varias ciudades y habitantes de veredas cercanas”, afirma Marcela Gutiérrez, líder de la junta comunal del corregimiento.
Gutiérrez es psicóloga de profesión y ha puesto su atención en cómo va a repercutir esta tragedia en las personas: “Vivimos un trauma colectivo y el estado de pánico para muchos persiste porque creímos que el fuego nos iba a ganar. La gente trabajó años para tener sus cultivos y animales y se quedaron sin nada más que el miedo”.
La posible crisis económica es lo que más inquieta a su comunidad en el corto y mediano plazo. El Gobierno ya anunció una primera partida de ayudas, pero que solo llegarán en principio a 343 familias cuando los hogares afectados se cuentan de a miles. Para muchos preocupa, además, que el apoyo se concentre en los terratenientes y no en los pequeños productores y campesinos, que vivían de los pocos árboles que cabían en una parcela y que se han convertido en carbón.

Mientras, los bomberos siguen trabajando con las uñas, aunque esperan que pronto lleguen las ayudas de otros países como Chile o Estados Unidos. La embajada de EE UU anunció este sábado un aporte de 48.000 dólares (unos 150 millones de pesos) para apoyar a los equipos de extinción. Antes de salir a su misión, los bomberos de Venadillo hacen un círculo y se abrazan para rezar. Piden que su trabajo, y ojalá una fuerte lluvia, ayude a acabar con una tragedia que muestra los efectos más crueles del cambio climático.


