El periplo de una obra de Leonora Carrington: comprada por 2.000 pesos en internet y un pleito interminable con su heredero
Jesús Rodríguez compró por internet una pintura de Leonora Carrington que le costó 2.000 pesos. No sabía, en realidad, lo importante que era la obra, tampoco conocía a Carrington y mucho menos se imaginó que ese cuadro cambiaría su vida por completo. Un gato azul, esponjoso y salvaje yace en medio del lienzo negro. Lo acompañan algunas ramas, estrellas y debajo de él, unos ojos miran directamente al espectador. Lo adquirió porque a su esposa le gustan los gatos. Quería darle un detalle mientras la pandemia de covid los mantenía encerrados y las compras por Facebook Marketplace se convirtieron en algo cotidiano. “Se me hacía mucho dinero pagar 2.000 pesos por un cuadro. Pensé que mi esposa se iba a enojar por gastar tanto”, cuenta Rodríguez -cuyo nombre real se mantiene bajo reserva- desde México. Su mujer, en cambio, le cuestionó por otro motivo: “¿Sabes qué es lo que tienes?”. En la parte superior izquierda del gouache se lee el título de la obra, Chapeau chaud pour le ski (Sombrero cálido para esquiar), y abajo, en el lado opuesto, aparece la firma de la artista; L. Carrington.
Rodríguez puso en el buscador “gatos” y dio con esta pieza. Quien le vendió la pieza tampoco tenía idea de lo que se estaba deshaciendo ni sabía quién la había pintado. El cuadro era parte de los muebles y cosas que había heredado de su padre al morir de covid-19.
Seis años después de la transacción, que parecía una compra más, el asunto se convertiría en un litigio inacabable contra Gabriel Weisz, uno de los hijos de la pintora, creador de la fundación que lleva el nombre de su madre, por la disputa por el cuadro. Weisz no ha respondido a EL PAÍS por el tema a pesar de las constantes solicitudes por correo electrónico, teléfono y redes sociales.
Que el cuadro llevara la firma de la pintora parecía avalar la autenticidad del cuadro, pero no era suficiente para asegurar que era un lienzo original. Entonces, Rodríguez se comunicó por Facebook con la Fundación Leonora Carrington. La respuesta, en esos días, fue rápida, pero le explicaron que ellos no podían certificar la obra. Lo pusieron en comunicación con la Galería de Arte Mexicano (GAM) para que evaluara el cuadro y la pudiera vender con la casa de subastas Morton. La obra fue avalada. Era original.
La GAM tiene un legado de 90 años. Fundada por Carolina Amor, llevada a la cumbre por Inés Amor y preservada hasta nuestros días por Alejandra Reygadas y Mariana Pérez Amor, es el testimonio vivo de la creación y divulgación del arte en México. Esta galería ha representado a artistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Carlos Mérida, Francisco Toledo, Yvonne Venegas, Jan Hendrix y, por supuesto, Leonora Carrington. La galería estudió la obra durante tres semanas. Las peritos fueron las directoras [Mariana Pérez Amor y Alejandra Yturbe], así como la coordinadora de la galería, Patricia Torres. “La galería, con sus historiales, catálogos, tienen información desde 1935”. En el certificado se lee: “Es a mi leal saber y entender una obra realizada por la artista Leonora Carrington [(1917-2011), Inglaterra]. Esta obra forma parte de los diseños de sombreros por Leonora Carrington en París, 1952, para la Galería Pierre”.
Cuando terminó el proceso de certificación, Mariana Pérez Amor le entregó los documentos en mano a Rodríguez. “Ella estaba fascinada, me dice ‘qué hermosa obra, es impactante”. En ese momento, la gente lo empezó a contactar para comprarle el gouache. En efectivo o por transferencia… Todos querían tener el cuadro.
La Fundación le recomendó ir con Morton para vender la obra. La casa de subastas le ofreció 460.000 pesos (unos 26.000 dólares), pero él no aceptó. Para este punto se había documentado acerca de la trayectoria de la artista y había visto que el valor podía ser de hasta tres veces más del ofrecido. Morton volvió a ofertar, esta vez por 480.000 pesos (27.600 dólares). “Yo pensé ‘no la voy a malbaratar”, zanja.

Durante su investigación, Rodríguez descubrió que además de Morton, existía otra casa de subastas con la que trabajaba la Fundación: Sotheby’s. El propietario del lienzo contactó con la vicepresidenta, Tatiana Peralta, quien le aseguró que tener el documento de la GAM avalaba la autenticidad de la pintura. Sotheby’s le ofrecía 180.000 dólares (3,15 millones de pesos) para empezar la subasta. Todo parecía mejorar. Por fin cerraría el trato. Pero de un día para el otro, las cosas cambiaron. “Tenemos una mala noticia, la fundación Leonora Carrington nos habló para decirnos que la venta de esta obra no está autorizada”, escuchó Rodríguez por teléfono. Peralta le pidió facturas, el avalúo y evidencias para poder desatascar una venta que valía miles de dólares, pero poco después, dejó de contestar las llamadas y no siguieron las negociaciones.
Rodríguez asegura que el trato no se llevó a cabo porque no quería dilapidar el valor de la obra, pero al cuestionarlo sobre sus verdaderos motivos, dice dubitativo: “yo no soy rico, yo buscaba dinero”. Y reflexiona, “no creo que haya sido una mala decisión. Si yo sé que la obra vale dos millones o tres, y me están dando 460.000 pesos, no los agarro”, afirma. Pero una vez que Sotheby’s le cerró las puertas, el vendedor volvió a Morton para aceptar la oferta inicial. “Me desesperé, ya por lo menos quería recuperar algo, pero ya no contestaron”, admite. Entonces, acudió a Gabriel Weisz. Quería aclarar por qué había puesto freno a la venta de la obra. “Contigo no queremos hablar, no hiciste lo que pedimos”, sentenció el heredero Carrington y colgó.
La Fundación Leonora Carrington fue creada a finales de 2015 y lanzada al público en 2016, pero hoy sus redes están abandonadas. Su página de internet no tiene información nueva desde 2020. En una entrevista con la periodista Laura Barrera en canal 22, durante los primeros años de vida de la fundación, Patricia Argomedo, socia fundadora y consejera, aseguraba que se encargarían de la difusión y la protección de la obra de la artista, pero que apenas estaban armando un archivo con escritos, correspondencia y bocetos. Cuando la periodista cuestionaba si la obra de Carrington estaba bien catalogada, Weisz respondía con un rotundo “no”. “No hay que olvidar que mi madre pasó por la guerra. Buena parte de esa obra desapareció con la entrada de los alemanes y luego los franceses robaron bastante. Esa parte de la obra va a ser irrecuperable. Lo que puede ser encontrado en México también se presta a muchas preguntas porque hay una gran cantidad de personas que están falsificando”, recalcó. Sin domicilio físico, la fundación solo vivía a través de redes sociales. Weisz dijo que tenían el apoyo de “la Galería de Arte Mexicano, con Sotheby’s, Morton, la galería Goebel” para recopilar todo, mientras Argomedo hacía llamado a que hubiera “donativos” para tener un equipo más amplio.

Rodríguez hizo un último intento con Subastas en México. Les mostró el certificado de la Galería de Arte Mexicano y firmaron un contrato. La tasa de la obra fue de 125.000 dólares (2,18 millones de pesos). El lienzo se difundió durante medio año, pero pronto el sueño volvió a deshacerse. De nuevo la Fundación Leonora Carrington intercedía para decir que la venta de la obra no estaba autorizada. “No podemos decir nada más por un contrato de confidencialidad”, apuntó la subastadora. Él la demandó por incumplimiento de contrato. Y esta alegó que la Fundación Leonora Carrington afirmaba que el lienzo era falso. “Ahí me enteré”, dice con asombro. La sentencia fue a favor de Subastas en México, pero eso solo hizo que Rodríguez tuviera nuevas pruebas contra la fundación. “Entonces presenté una demanda por daño moral, por el bloqueo de la venta en dos ocasiones. La demanda es por un millón de dólares”. Por dos años intentaron contactar a Weisz para entregarle la demanda, fueron a notificarle hasta en tres ocasiones hasta que Patricia Argomedo, su también esposa, la recibió. “Imagínate, si el heredero está desestimando la constancia de Galería de Arte Mexicano, ¿qué va a pasar con todas las obras que estuvieron en manos de la galería? ¿Todas van a ser falsas?“, cuestiona Rodríguez.
Bajo el expediente 1896-2024 en el sexagésimo de lo civil, la demanda avanza lento, pero Rodríguez confía en que cuenta con los sellos, la constancia y la evidencia clave para inclinar el juicio a su favor. También busca citar a la GAM, a Sotheby’s y Subastas en México para que den su testimonio. Las tres fueron consultadas para este reportaje, pero no se recibió respuesta. “Quiero justicia. Mi esposa me dijo ‘ríndete’, pero esta es una historia de David contra Goliat. Ellos tienen contactos y poder pero yo tengo un peritaje”. Hoy, Jesús Rodríguez sigue invirtiendo en arte. La pintora Yolanda Quijano, quien ha expuesto con el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, le certificó una pintura que adquirió. Dice resignado que no tiene metas, ya le rompieron el corazón muchas veces.


