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El maratón de Ciudad de México, entre la moda y el riesgo de la multitud

Una línea color rosa recorre la capital mexicana. Es la señal más visible de algo que se ha gestado meses atrás. Desde Ciudad Universitaria hasta el Zócalo, cruzando las avenidas Insurgentes, Reforma y Presidente Masaryk, unas 30.000 personas correrán una distancia que solo el 1% de la población mundial ha logrado: los 42.195 kilómetros de un maratón.

No siempre fue así. Décadas atrás no había calles cerradas al tránsito, multitudes animando desde las aceras, medallas conmemorativas, clubes de corredores vestidos del mismo tono ni miles de fotografías publicadas en Instagram. Tampoco existían las inscripciones agotadas en cuestión de minutos, los fraudes, la reventa ni los negocios clandestinos que buscan montarse a la ola de una industria que mueve cerca de 1.000 millones de dólares en México y más de 46.000 millones a nivel global.

Javier Ramírez Torres corrió el primer Maratón de la Ciudad de México en 1983. Tenía 17 años y llevaba uno entrenando en el equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México, dentro del Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Oriente. En aquel tiempo trotaba hora y media cada mañana antes de entrar a clases. Participaba en pruebas de velocidad de 400 y 800 metros en pisto, y logró hacer 57 segundos y dos minutos con 15 segundos, respectivamente, marcas inalcanzables para la mayoría de los corredores recreativos. Él sentía que su cuerpo “demasiado flaco” no estaba hecho para la velocidad pura. Su debut en las carreras de fondo fue un año antes, en el primer Medio Maratón de la Fraternidad Atlética, un recorrido del Zócalo a Ciudad Universitaria. Lo completó en una hora y 41 minutos. “No muy decoroso tiempo”, según dice. En esa época había pocos patrocinadores y mucha desorganización.

Aquel septiembre de 1983 corrió del Autódromo Hermanos Rodríguez al Monumento a la Revolución, una ruta que nunca se repitió. Todavía conserva la cédula impresa con el folio 4786, con el que registró tres horas, 10 minutos y 25 segundos. “No hice una marca decente”, dice con la misma modestia con la que habla de casi todo su paseo por el atletismo profesional. De las 22.558 personas que en la edición de 2025 cruzaron los ocho puntos de control de la ruta, el 62% tardó más de cuatro horas y media en terminar.

A partir de 1984, su equipo recibió el patrocinio del laboratorio italiano Fernic, que cubría viajes, inscripciones y el calzado especializado que entonces solo podía importarse de Estados Unidos: si alguien quería zapatos de Adidas o Nike para correr, no había otra opción. Hoy el mercado de equipamiento para correr en México vale 697,8 millones de dólares, según la firma IMARC Group; solo el calzado genera 303 millones de dólares al año, con un crecimiento proyectado del 5,3% anual hasta 2034.

A Javier nunca le preocupó mucho cómo lucía al correr, solo que el calzado sirviera para trotar sobre tierra, y entrenó más de una década subiendo cada mañana el Cerro de la Estrella, en Iztapalapa, un volcán inactivo con pendientes que llegan a los 2.460 metros sobre el nivel del mar. No necesita las estadísticas para notar la metamorfosis de su deporte: le basta con abrir cada fin de semana las redes sociales, donde conocidos y familiares publican fotografías de alguna de las cerca de 2.000 carreras que se organizan cada año en el país.

“Éramos muy pocos los que corríamos maratones. Hoy en día ya son muchos. Seguimos siendo una población pequeña a nivel nacional y mundial, un porcentaje bajo, pero la realidad es que cada vez somos más”, dice Javier Carvallo, director de Hub Sports y organizador de los Adidas Splits, una serie de carreras de distancia ascendente que funciona como preparación rumbo al maratón capitalino.

En 2014, cuando arrancó, reunía a 2.000 corredores en un solo evento; 12 años después son cuatro competencias con 8.000 atletas en total, y este año los folios se agotaron en tan solo 37 minutos. No es un caso aislado: la G15 de Gatorade, la carrera de Lululemon o el propio Maratón y Medio Maratón de la Ciudad de México también vendieron sus lugares en horas, a veces en minutos. En 2026, por primera vez, los registros para ambas pruebas organizadas por el Instituto del Deporte de la Ciudad de México (Indeporte) se agotaron meses antes de la fecha: los 30.000 folios del Medio Maratón se acabaron en dos horas.

Para Carvallo hay un cambio demográfico y de estatus social reconfigurando el atletismo urbano: “Es un fenómeno global, alimentado por la tecnología aplicada en ropa, calzado, relojes y aplicaciones, sumado a un componente muy interesante de moda”. Las métricas de los Splits lo confirman: el segmento de 15 a 29 años ha crecido con rapidez y empieza a desplazar al histórico de 40 a 49, la edad en la que la vida nocturna solía ceder terreno a la preocupación por la salud. El rango de 30 a 39 sigue siendo el más numeroso, con 34% de los inscritos, pero el de 15 a 29 pasó del sitio marginal a representar el 31% en solo dos años.

Las distancias de nueve y 12 kilómetros están diseñadas para ese público joven que debuta ahí y se queda enganchado a la promesa de la superación personal y a la gratificación constante. El aislamiento de la pandemia, el relevo generacional y la irrupción de marcas nuevas armaron, dice Carvallo, “la tormenta perfecta”: “Empezaron a entrar jugadores muy interesantes en diseño de ropa que empezaron a convertir el running en algo fashion, en algo cool, y también llegaron a cambiar el juego”.

Una de esas nuevas jugadoras es la marca suiza On, con sus textiles ligeros, su tecnología de amortiguación, sobre todo, una paleta de ocres y neutros que le dio al atletismo una estética minimalista, lejos de los colores fluorescentes que dominaron la industria durante décadas. En los foros especializados, algunos de sus modelos —que llegan a costar 7.000 pesos— no son señalados como los más eficientes para el rendimiento, pero se han vuelto una pieza obligada del uniforme que se exhibe en Instagram. Ese apetito no solo mueve zapatillas: también alimenta una economía paralela que empieza donde termina la fila de patrocinadores.

El riesgo de ser corredor

Es jueves por la mañana y Javier llega al World Trade Center de la Ciudad de México, donde cientos de corredores recogen su número y su playera para la edición 43 del maratón, que se corre el domingo 30 de agosto. Él no va a competir —dejó las largas distancias hace 16 años— pero cada año participa a su manera de este ritual. Camina entre los estands preguntando por materiales, ingredientes y precios; entre la música estridente, los pasillos angostos, las botargas corporativas y las filas para personalizar prendas o entrar a rifas. No es un espacio cómodo, pero él se mueve con ligereza y recorre los mismos puntos varias veces, saluda a viejos conocidos del atletismo, entre ellos a Raúl González, el legendario marchista y doble medallista olímpico mexicano.

Cuando Javier competía, lo hacía junto a miles de personas, pero nunca con las multitudes de hoy: había pocas convocatorias públicas, aunque siempre terminaba encontrándose con miembros de otros clubes tradicionales. Viene de una familia de corredores —su padre y sus dos hermanos también lo son— para quienes el deporte siempre fue más que una competencia. “El maratón es donde podemos hacer comunión con uno mismo para adentrarnos en nuestros pensamientos y sobrellevar esta dura prueba [.] es un reto personal. Ahí ves exactamente en qué nivel estás, si es que entrenaste bien o entrenaste mal [.] no puedes llegar y decir ´me voy a poner a correr con el corazón´. Eso no funciona”, dice.

Y sin embargo, cada año, semanas antes del evento, miles de personas buscan correrlo sin la preparación ni el registro oficial. Durante el primer día de entrega de números hay al menos cuatro personas ofreciendo con un cartel improvisado números “al precio”. Días antes de la competencia, en redes sociales brotan ofertas de quien cede su lugar por una lesión o un contratiempo, junto a acaparadores que compran varios registros para revenderlos hasta al doble. Es el mismo esquema que nadie ha logrado frenar en la reventa de boletos para espectáculos masivos, y ha derivado en fraudes directos —accesos a competencias que nunca existieron— que motivaron alertas de la Procuraduría Federal del Consumidor en enero de este año. Las autoridades, sin embargo, no previeron un mercado irregular más sofisticado.

En abril de 2026, un perfil de Facebook a nombre de “Alex Tovar” empezó a ofrecer números para el Medio Maratón que ya se habían declarado agotados: el kit completo, con playera oficial y obsequios de los patrocinadores, por 500 pesos adicionales al costo de lista. La condición era que esos números no traían chip de cronometraje oficial —el comprador no quedaría en la base de datos de tiempos de la carrera, pero podría cruzar la meta, recibir la medalla y publicar la fotografía—. El perfil, que sigue activo, asegura que sus clientes desde 2023 pueden confirmar que no es una estafa, y entrega los paquetes en persona en las puertas del WTC.

Existe una segunda modalidad, operada por supuestos “promotores” que se identifican como “Runderful”: prometen un número personalizado con chip a nombre del comprador —en todo idéntico al de quien se inscribió por la vía normal, pero mucho más caro—, con el argumento de tener acceso directo a la plataforma institucional de registro. Para el Maratón cobraban 1.800 pesos; cuatro de sus clientes confirmaron haber obtenido así accesos al Medio Maratón, a los Splits de Adidas y a la carrera de Gatorade, y esperaban la semana siguiente para comprar un lugar en el After Dark Tour de Nike, cuyos números se agotaron en 10 minutos.

La práctica es conocida entre los organizadores privados. “Debemos de poner atención y tratar de entender dónde está este agujerito por el cual se están colando y están ofreciendo estos números personalizados, cuando al final de cuentas hay un registro que tienes que realizar. Y si tenemos un evento soldout, ¿de dónde están saliendo estos números?”, se pregunta Carvallo. Todas estas carreras tienen plataformas, marcas y patrocinadores distintos; lo único que comparten es que necesitan el permiso y el aval de Indeporte, el organizador principal del Medio Maratón y el Maratón de la Ciudad. A cambio, los organizadores privados deben cumplir con protección civil y pagar entre 101.742,90 y 305.227,65 pesos, según la distancia de la ruta.

En el Maratón y el Medio Maratón de la Ciudad de México, la estructura combina fondos públicos y privados. Desde 2015 Telcel es el patrocinador principal; desde 2002, Emoción Deportiva —de Grupo Martí— opera la comercialización de inscripciones y la plataforma tecnológica de registro. Los términos de ese convenio permanecen reservados, al menos hasta después del evento, según la respuesta a una solicitud de información presentada para este reportaje; ninguna de las dos instituciones aceptó dar una entrevista.

Lo que sí es público, de acuerdo con la Plataforma Nacional de Transparencia, es que entre 2017 y 2025 Indeporte gastó más de 111.372.457,30 pesos en organizar ambos eventos. El contrato más alto de ese periodo, 14.204.464,19 pesos, se lo llevó Televisa por la transmisión televisiva de la edición 2025; para 2026, dos proveedores de medallas firmaron contratos idénticos de 3.139.134,95 pesos cada uno.

En el pecho, sobre una chamarra de los Pumas, Javier lleva cuatro parches que él mismo cosió: uno de la Universiada Mundial de México 1979, donde el italiano Pietro Mennea corrió los 200 metros planos en 19,72 segundos y estableció un récord mundial; otro de los Juegos Olímpicos de Múnich 1972; uno de los Juegos Panamericanos de México 1975; uno de Moscú 1980, adonde llegó tras clasificar en el Maratón de Coyoacán; y uno más de la hermandad olímpica entre Tokio y México 1968. Ha perdido la cuenta exacta de los maratones que ha corrido, pero guarda en una carpeta los números de las carreras que marcaron su vida, y hoy la trae consigo porque sabe que va a cruzarse con atletas como él. Cuenta con una sonrisa cómo consiguió que Raúl González firmara uno de esos papeles frágiles esta misma mañana.

Muestra el número de aquel primer maratón y recuerda cómo los 7.500 participantes rebasaron la capacidad de las autoridades: no había bloques de salida por tiempo ni vallas que impidieran el paso de transeúntes. “Era casi imposible abrirse paso para cruzar la meta entre la multitud”, dice. Aquella vez, al menos 11 personas cortaron la ruta para robarle el triunfo a quien había corrido la distancia completa. “Siempre ha existido gente que corta la ruta, pero ahora se hace con un descaro absoluto”, lamenta. En 2018, cuando fue al Zócalo a animar a los corredores en el último tramo, vio llegar entre los primeros a un hombre con pants holgado y camiseta de manga larga, sin una gota de sudor. “¿Qué pretenden haciendo trampa? Pienso que solo les interesa que los vean en sus cinco minutos de fama y que les den la medalla de participante, pero la honestidad y el valor de recorrer completo el maratón, ¿en dónde queda?”, lamenta.

Correr a la mexicana

El Maratón de la Ciudad de México es uno de los más accesibles del mundo: mientras las pruebas del circuito World Marathon Majors —Boston, Nueva York, Chicago, Londres— cobran entre 200 y 350 dólares de inscripción, la cuota mexicana se mantiene por debajo de los 50 dólares para residentes locales. Pero esa accesibilidad tiene un costo: la carrera capitalina no alcanza la derrama económica ni el prestigio de las grandes competencias globales. Nueva York deja 692 millones de dólares en turismo; Berlín, 510 millones; la Ciudad de México, según sus propios organizadores, ronda apenas los 10 millones.

A esa modesta derrama se suma el daño reputacional de un fraude masivo. En la edición de 2017, la de las medallas coleccionables que formaban la palabra “M-É-X-I-C-O”, miles de personas se incorporaron a la ruta en el kilómetro 35 para correr solo el tramo final y reclamar el metal. Una investigación del portal especializado Marathon Investigation encontró que hasta el 36% de los participantes no había registrado su paso por todos los puntos de cronometraje; ante la presión internacional, el comité organizador tuvo que descalificar a 5.806 corredores, cerca del 20% de los inscritos.

“Vamos a competir propiamente contra Boston, Chicago, Londres, Berlín y Nueva York, que son los maratones por excelencia. Son los número uno y nos sacan ventaja en número de corredores que terminan la competencia”, dijo entonces Horacio de la Vega, director de Indeporte en ese momento. Nueve años después no hay evidencia de que la práctica haya cambiado, aunque ya no hay forma de saberlo con certeza: el número de personas que no completan los ocho puntos de control dejó de ser público, y los registros oficiales solo conservan los datos de quienes sí corrieron los 42 kilómetros completos. “¿Para qué te inscribes a un medio maratón o a un maratón si lo que quieres es correr cinco kilómetros? Inscríbete a una carrera de cinco kilómetros. Y es igual de plausible, es igual de reconocible; no tienes que correr 42, no eres más o menos persona por correr 42”, dice Carvallo.

Javier dejó el atletismo de rendimiento a los 26 años, cuando la necesidad de entrar al mercado laboral formal como diseñador se impuso sobre el entrenamiento. Siguió corriendo por su cuenta hasta que el desgaste articular, los esguinces recurrentes y una lesión en el tendón de Aquiles le impidieron continuar en las distancias largas.

Del bolsillo trasero del pantalón saca una medalla pequeña, con listón de los colores de la bandera alemana: es la del Maratón de Berlín 2010, el último que corrió, con más de cuatro horas en el reloj. No pensaba competir ese día —un amigo le cedió su registro a última hora— y terminó supliendo con resistencia mental lo que le faltaba de entrenamiento. “Comienzan las ideas del abandono por fatiga o por cuestiones de la altimetría de la ruta, y ese es momento de hacer uso de nuestra mente para sobreponernos y sacar la fuerza extra para concluir. Yo me obligaba a no disminuir el paso, dolía, pero en mi mente sabía que era temporal”, dice.

Por eso es crítico con quienes cortan la ruta o corren solo para conseguir una imagen que subir a redes, aunque también celebra el crecimiento del deporte y no quiere quedarse fuera de él; piensa certificarse como entrenador para preparar a su sobrina. “Debes de tener bases, seriedad, aparte, los conocimientos. necesito buscar mis cosas, porque tengo muchos cuadernos donde me anotaba todo”, dice. Por lo pronto, Javier Ramírez seguirá yendo a la ruta cada año a ver pasar los contingentes, a recordar mejores tiempos, a animar a quienes enfrentan la prueba, quizás, algún día, a calzarse otra vez los tenis para volver a recorrer la ciudad.


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