El mapa de Ceuta 50 días después de la entrada: más de 10.000 migrantes entre centros y asentamientos informales
Este viernes se cumplieron 50 días desde que irrumpieron más de 80.000 personas en Ceuta, una ciudad situada en la costa norte del continente africano con una población acostumbrada a las noticias de inmigración y al sonido de las sirenas acudiendo a la frontera con Marruecos. Durante unas horas, la mañana del 30 de julio, la frontera española dejó de existir. Se abrieron las puertas para evitar una tragedia humana mayor —hubo casi 100 muertos—, aunque hasta 70.000 personas regresaron a Marruecos por el mismo camino en las siguientes horas, según datos del Gobierno, más de 10.000 siguen atrapadas, en una especie de limbo. Esperan a saber si podrán quedarse en territorio español o serán devueltos a Marruecos, como prometieron tanto el Gobierno como la ciudad autónoma al inicio de la crisis.
Ceuta tiene 83.000 habitantes viviendo en casi 20 kilómetros cuadrados de superficie. Con un mapa enfrente, la ciudad se asemeja a un brazo derecho con un puño entreabierto que apunta hacia el Estrecho de Gibraltar y cuyo hombro está cosido a la frontera marroquí. En la muñeca estarían las Murallas Reales y el istmo, la franja de tierra que conecta la península de La Almina con el resto del continente africano. “Con el pulgar y el índice se podrían formar los diques del puerto y en los dedos corazón, anular y meñique quedaría el monte Hacho”, explica un periodista veterano de la ciudad. El resto de la mano, la parte central, sería el centro de la ciudad, donde reside gran parte de los funcionarios, y con población occidental y bien remunerada, mientras conforme se entra en la zona oeste, donde está el Campo Exterior, hay barriadas de mayoría árabe-musulmana más castigadas por el paro, la infravivienda y el fracaso escolar.
Los ceutíes, que ya vivieron una entrada multitudinaria en 2021 —en aquella ocasión cruzaron unas 10.000 personas— revivieron el día 30 de julio una pesadilla. En cuestión de horas, la ciudad en la que vivían, con su seguridad, tranquilidad y espacios públicos, como parques, jardines o playas, dejó de existir.
Desde entonces, el Gobierno y la Ciudad Autónoma, de quien depende la tutela de los menores migrantes no acompañados, han buscado y acondicionado, muy poco a poco y con gran contestación ciudadana, parcelas y espacios disponibles con los que dar a estos migrantes unas condiciones de vida dignas y que también sirvan para agilizar los trámites administrativos que resuelvan su situación legal en España. Estos centros de acogida temporal también son claves para aliviar la presión migratoria en la ciudad, con una densidad poblacional que se acerca a la media de Madrid.
La cantidad de migrantes que se asentaron provisionalmente en Ceuta es una gran incógnita que se despeja muy poco a poco. El Gobierno central y la Ciudad autónoma tienen albergadas a más de 8.300 personas en centros oficiales (6.100, algunos de ellos menores con familiares) y recursos para menores migrantes (2.200). En torno a muchos de ellos, además, se ha creado un cinturón de otros asentamientos improvisados, migrantes que viven ahí por si se libera una plaza o porque se sienten más seguros cerca de los centros. Así, instalaciones de acogida como las naves del Tarajal o La Hípica, tienen en sus inmediaciones campamentos de unas 300 personas el primero, y un centenar en el segundo.
Aunque los más numerosos son los asentamientos informales como la Playa de El Trampolín, donde hay al menos 2.000 migrantes y el Ejecutivo estima que entre 700 y 1.000 menores todavía pernoctan en las calles. Además, otras 5.482 personas han abandonado voluntariamente la ciudad desde la segunda semana de agosto; unos 300 han sido expulsados por haber cometido algún tipo de delito o altercado; y otros 100 han desistido voluntariamente de su solicitud de asilo.
Pero todavía quedan zonas grises. Nadie se atreve a poner un número a los migrantes que viven escondidos en las zonas de los montes, alojados con familiares o repartidos en bajos de urbanizaciones que soportan la mayor presión migratoria, sobre todo las del extrarradio. Entre esas barriadas, se encuentran las del Príncipe Alfonso y Príncipe Felipe, San José-Hadú, Almadraba, Los Rosales, Juan Carlos I y Recinto. El centro de la ciudad, donde se encuentran los edificios administrativos y de renta más alta, se han mantenido en una burbuja.
El mapa de la renta en Ceuta dibuja un contraste claro entre el centro y los extremos de la ciudad. Los valores más altos, por encima de 27.700 euros de media por cada miembro del hogar de una zona, se concentran en el entorno del puerto y en el barrio de Manzanera-Otero. A medida que uno se aleja de esa zona central, la renta baja: barrios como Príncipe Felipe, Juan XXIII, Hadú o Erquicia, en la periferia sur, están entre los que registran los valores más bajos, por debajo de 12.800 euros.
Tener una fotografía fija de dónde se concentran los migrantes pasado este tiempo resulta complicado porque están en permanente movimiento. Los centros de acogida temporal del Gobierno les dan techo y comida mientras se resuelven los trámites legales, con plazos máximos estipulados de 12 semanas desde la formalización de la solicitud de protección internacional. La Policía ha echado a rodar un engranaje que tiene el núcleo de operaciones en el Centro de Atención Temporal de Extranjeros (CATE) de El Tarajal, con cerca de un centenar de agentes que ya han iniciado los trámites para más de 1.900 personas. El proceso, tasado y muy garantista, incluye la posibilidad de recurrir ante la Audiencia Nacional.
“Ceuta es una ciudad pequeña, pero compleja, con muchos planos”, explica Fernando Trujillo, profesor de la Facultad de Educación, Economía y Tecnología de Ceuta, un campus que pertenece administrativamente a la Universidad de Granada. Después de pasar más de 30 años en la ciudad autónoma, defiende que esas capas tan características de la ciudad han hecho que la crisis se viva con prismas y comportamientos diferentes. En ella conviven cuatro culturas (cristianos, musulmanes, que están entre el 40% y el 45%, y minorías hebrea e hindú), y una fuerte presencia de funcionarios (en enero había 9.800 empleados públicos, 4.000 de ellos de Fuerzas Armadas y Fuerzas de Seguridad del Estado); y también caballas (gentilicio coloquial de los ceutíes) de varias generaciones.
La sensación de abandono del Gobierno por parte de los ceutíes es general. “Es algo simbólico, como el miedo, y no se ha restaurado”, se lamenta Trujillo. “La contienda política, la desunión entre ciudad y Gobierno, también hace daño”, añade. “Hay un clima muy negativo, también por la sensación de que no se haya hecho nada en los últimos cinco años, desde la crisis de 2021, nada para prevenir, ni para actuar en caso de que se repitiera”, añade Carlos Rontomé, sociólogo y director de la UNED en Ceuta.
Quienes se compadecen del drama humano que se vive en sus calles se sienten señalados. “Se está criminalizando y deshumanizando al inmigrante”, valora un técnico que trabaja con asociaciones humanitarias en la ciudad y que pide no ser identificado. “Con el lenguaje que se emplea, da igual que sean adultos o menores, porque no se ve a personas, sino a invasores”, añade. De su trabajo de campo, incide en la lentitud e inacción de las Administraciones, especialmente teniendo en cuenta que pasado todo este tiempo sigue habiendo familias viviendo en la calle con niños pequeños, y que todavía no tienen ni unas mínimas condiciones sanitarias, como aseos. “La comunidad musulmana está actuando de otra forma, están siendo solidarios”, considera. El pleno estallido de la crisis murieron 82 personas ahogadas y aplastadas por la multitud que intentaba acceder por el espigón fronterizo. Todos han sido enterrados en la ciudad autónoma. Marruecos también ha confirmado la muerte de otros 14 migrantes durante el cruce multitudinario.
Gran parte de los migrantes se refugiaron desde las primeras horas en barriadas en las que vive población musulmana. Muchos vecinos les han ayudado, aunque esto no quiere decir que no estén también al límite. “No todos muestran su malestar o protestan de la misma forma”, añade Rontomé, que fue vicepresidente segundo de la Ciudad Autónoma de marzo de 2020 a junio de 2023 con el Gobierno de Juan Jesús Vivas, del PP. También hay gente que se aprovecha de los migrantes, que les explota laboralmente o les hospeda en condiciones insalubres.
En una ciudad en la que es habitual escuchar el castellano y el dariya (dialecto del árabe que se habla en Marruecos), se dan situaciones en las que los ceutíes árabes elevan la voz mientras hablan en castellano para que se sepa que son de la ciudad autónoma y no se den malentendidos. “Aunque no se verbalice, hay un deseo muy poderoso en la ciudad de que no se rompa la convivencia”, considera Trujillo. Un grupo de vecinos prendió fuego a varias tiendas de migrantes en la Playa de Benítez hace tres semanas y tanto el Gobierno como la ciudad lanzaron mensajes para cortar de raíz la violencia. “Reaccionaron diciendo ‘Esto no es Ceuta”, añade el profesor.






A la convivencia se une la resistencia. Esa sensación de vivir en una ciudad española separada a 30 kilómetros por mar de Algeciras (Cádiz), pero a años luz de las decisiones políticas, hace que los ceutíes estén muy habituados a protestar para lograr aquello que les corresponde. “La ciudad sufre una serie de déficits históricos y esa experiencia configura el carácter. Dicen: ‘O lo defendemos o no nos prestan atención’. Y no tienen problemas en salir todos los días para que no se les olvide”, explica el profesor Trujillo. Uno de los gritos de las manifestaciones, tomada el fútbol, va precisamente en esa línea: “Un caballa nunca se rinde”.
Entre los temores que sobrevuelan en la población, y que les animan a seguir manifestándose, también está el olvido, porque la crisis se prevé larga. “Y en octubre vienen las levanteras [períodos prolongados de viento del este que soplan con gran intensidad en la zona del Estrecho de Gibraltar]. Y el invierno se presume duro, porque aunque en la ciudad autónoma no hace mucho frío, pero sí que llueve”, añade Rontomé. El presidente del Gobierno situó hasta finales de año el mando único en Ceuta, una fecha para la que confían en que la situación pueda quedar “estabilizada”.
Una estabilización que se bifurca en dos preguntas clave, comunes a toda la ciudad: cuándo se van a abrir más centros de acogida para los migrantes que aún están en la calle, y qué ocurrirá con ellos después. Por el momento, los seis centros que asumirán el volumen de personas que quedaron fuera de los anteriores realojos no estarán listos de manera inminente. Todos, tanto las ampliaciones de las ya existentes como las nuevas construcciones están aún en obras, y las estimaciones oficiales más optimistas sitúan su apertura en “las próximas semanas”.
La segunda pregunta, la que plantea qué ocurrirá con esos migrantes una vez tengan plaza en los centros, requiere prolongar aún más los plazos. Porque estos recintos no son solo un techo dónde albergar a los migrantes, sino también la vía para establecer qué ocurrirá con ellos. Una vez se les aloja, se abre el proceso de identificación, toma de huellas y estudio de su situación irregular en nuestro país. El análisis individualizado de los casos acabará estableciendo quiénes de ellos son susceptibles de acogerse a la posibilidad de asilo y quiénes, por el contrario, deberán ser expulsados. Fuentes internas del proceso aseguran que la percepción que tienen los migrantes de origen magrebí, el grupo más numeroso, es cierta: a la mayoría le será denegado. Es un procedimiento que está en marcha y para el que se ha habilitado más personal, pero sobre los plazos y horizontes hay pocas certezas. Las expulsiones, de momento, no tienen fecha.
