Ultimátum a la solidaridad en Ceuta: “Mañana no habrá comida para 250 mujeres y niños”
El cartel de la verja de entrada reza “no hay sitio”, en castellano y en árabe, pero da igual. Decenas de mujeres marroquíes llevan horas instaladas en las aceras esperando a que la realidad y el cartel cambien, cosa que no sucederá. Porque dentro la situación está al límite. En las carpas que acogen desde hace semanas a las más de 250 mujeres y niños en el barrio de Sidi Embarek, en Ceuta, han llegado a un punto de no retorno. “Tal y como están las cosas, mañana nos quedamos sin comida”, dice Uzman Bersabé, del Movimiento Social y Vecinal de Ceuta, una de las organizaciones que lleva ya más de un mes ocupándose solidaria y voluntariamente de las migrantes más vulnerables. Primero, en un precario campo de fútbol que se desbordó, y ahora desde este espacio junto a la mezquita del barrio periférico, cuyo terreno ha cedido la ONG Luna Blanca para montar el campamento provisional. Pero “provisional” ha perdido su significado en esta ciudad. Porque la Delegación del Gobierno les aseguró que este asentamiento sería temporal, y realojarían a las migrantes en las instalaciones del Centro Ecuestre, conocido como La Hípica, pero no ha sucedido. “Trasladaron allí a las mujeres que estaban acogidas en otro campamento en El Príncipe, y se llevaron de aquí a los menores no acompañados, pero ya está. Quedan aquí 250 mujeres con sus hijos para los que ya no tienen sitio”, explica Uzman.
El ceutí bascula entre la desesperación y la rabia: hasta ahora, han gestionado este campamento con la solidaridad de los vecinos y el apoyo que recibía Luna Blanca por acoger menores no acompañados. Ahora, sin embargo, esa ayuda ha desaparecido y tienen que afrontar solos cómo alimentar, proteger y refugiar a casi tres centenares de mujeres con sus hijos. “Esto es lo que nos queda”, señala Abdellah Mustafa, presidente de la asociación de vecinos de Sidi Embarek, al que este mes de trabajo incesante ha consumido desde las cuencas de los ojos hasta el chasis. Apenas unos palés de comida no perecedera y botellas de agua. Dentro de las carpas, las mujeres se hacinan unas sobre otras, en un ambiente cargado y cada día más tenso. Hay embarazadas y menores de tres años.
“Estamos abandonados, hartos de promesas; ni uno ni otro [la Delegación de Gobierno y el gobierno ceutí] han hecho por ellas nada más que eso”, dice Abdellah, señalando tres urinarios portátiles a un costado. El Ayuntamiento también les envió tres aseos que requerían conexión con el alcantarillado y que nunca regresaron a instalar. Los abandonaron en el descampado trasero y sirven como una reliquia de la buena intención, pero sobre todo como extremo donde atar las cuerdas de tender para la ropa que consiguen limpiar, sin duchas ni agua corriente.
El límite de la solidaridad
Ante la falta de horizonte, los vecinos han planteado un ultimátum a la Delegación del Gobierno: si no se ocupan de esas mujeres, ellos abandonarán ese campamento el viernes. Este martes enviaron una petición formal a la que ha tenido acceso este periódico, donde detallan el incumplimiento de las medidas prometidas.
“No queremos abandonarlas, pero no tenemos más recursos. Y nadie nos da respuesta, siguen sin contestarnos”, se lamenta Abdellah. Su madre, Karima, hace una mueca. Ella también lleva desde el 6 de agosto ocupándose de mujeres y niñas, y dice que no sabe cómo seguir adelante, pero tampoco cómo rendirse. “Yo me juré que no me iba hasta que todas estuvieran a salvo, pero esto no va a acabar nunca”, dice. El miércoles las reunió sobre las mantas y las alfombras de las carpas y trató de explicarles la situación. “Les dije cómo estaban las cosas, que incluso en el mejor de los casos, si las llevaban a un centro habilitado por delegación, las cosas no les iban a ir mejor, que eso no les va a dar asilo ni papeles. Que yo no quería echar a ninguna, pero tampoco mentirlas ”, cuenta. “Pero es que muchas siguen convencidas de que, ya que han aguantado un mes aquí, lo van a lograr y están muy equivocadas”. Después de la charla, varias decidieron regresar a Marruecos; ellos mismos las acercaron a la frontera de El Tarajal. “Pero la mayoría prefieren morir que volver”, dice.
Lo acreditan Abir Abida, de 20 años, Sanae Kaham, de 21 y Oumaima, de 27. Esta última muestra dos títulos plastificados, uno de peluquería y otro de informática. “Solo quiero trabajar”, insiste. Gracias a los vecinos de Sidi Embarek, llevan una semana comiendo caliente y protegidas bajo esta provisionalidad en derrumbe, y parecen ajenas a lo límite que están las cosas también aquí. “Por favor, a Marruecos no”, suplican. Están convencidas de que lo lograrán si aguantan. Mañana se cumple el plazo que han planteado quienes las acogen, protegen y alimentan, pero su esperanza es sólida, tozuda.

No es así para las que esperan apostadas en las verjas, las que ni siquiera han logrado acceder al interior de la carpa. Abdellah se pone en cuclillas y les ruega que se vayan; ni siquiera hay sitio ni comida para las que siguen allí. Discuten, no tienen dónde ir. Una patrulla de legionarios aparece junto a la mezquita y las desaloja de la acera. Recogen los cartones sobre los que han dormido y empiezan a vagar sin rumbo: no hay sitio en la Hípica, ni en las Naves de El Tarajal, y el campamento de El Príncipe también está siendo desmantelado.
“Ceuta tiene una deuda con todos estos vecinos; son ellos los que han hecho que no se haya producido un estallido social ya, ocupándose de estas mujeres y menores”, dice Mohamed Mustafa, el portavoz de Ceuta Ya! y diputado en la Asamblea de la ciudad autónoma. Acude con frecuencia y preocupación al asentamiento, junto a Julia Ferreras, compañera de partido. Este jueves, en la Asamblea han vuelto a plantear el asunto de desamparo de estas migrantes, pero siguen sin ofrecerse soluciones para que sean las autoridades y no los vecinos quienes procuren instalaciones a estas mujeres. Saluda a Abdellah y se lamenta de su evidente deterioro. “Desde el primer momento, las periferias han absorbido y se han ocupado de estas personas, pero es que la solidaridad también tiene un límite”, denuncia. Como dice Karima, solidaridad es “una palabra enorme”, pero también finita.


