Política

Aquí no puede votar cualquiera


Como esos supertacañones que defendían que una cosa era la libertad y otra, el libertinaje, el Supremo —con la salvedad bravísima y triste de la magistrada Alicia Millán, única discrepante— ha dicho que una cosa es votar y otra muy distinta, el voteo al buen tuntún. ¿Qué es eso de que cualquier ciudadano español pueda meter una papeleta en una urna? El derecho al sufragio, señores míos, es algo muy serio. No sabemos qué piensan todos esos nietos de aquella ralea de exiliados. Vaya usted a saber a qué propaganda están sometidos. No a la nuestra, desde luego. Esa gente no sigue las tertulias de la radio. A lo peor, tienen una visión de España filtrada por las batallitas de sus abuelos, enemigos sin matices del franquismo, al que no le verían nada bueno. Viven aturdidos por Bad Bunny y Shakira, no les suena ni un estribillo de Manolo Escobar.

Las hemerotecas están llenas de alegatos contra las ampliaciones del derecho al sufragio. Las más famosas fueron las que se usaron contra las mujeres, que en España esgrimió la izquierda, temerosa de que todas aquellas amas de casa dominadas por los curas votasen en masa a las derechas. Pero antes hubo recelos contra los pobres. ¿Cómo iban a votar esos pordioseros? Cuando España iba a entrar en Europa, en 1985, se abrió otro debate muy actual: el voto de los musulmanes de Ceuta y Melilla, quienes, pese a ser hijos, nietos y bisnietos de ceutíes y melillenses, no tenían la nacionalidad española. El argumento en contra era que montarían un partido islamista y anexionarían las ciudades a Marruecos. Cuarenta años después, todos esos nacionalizados —y sus hijos y sus nietos— presumen de un patriotismo español que no tiene Abascal, por mucho que grite.

Hoy el coco que viene a destruir España son los descendientes del exilio, sujetos de una reparación histórica que sería un insulto si se limitase, como pretende ahora el Supremo, a una ciudadanía honoraria. A mí no me inquieta que se amplíe el censo porque, a diferencia de tantos, no lo concibo como un club privado con gorilas en la puerta, sino como una aspiración lo más universal posible. A mí me inquieta que este proceso haya sacado a la luz a tantísimos nietos con derecho a la nacionalidad, lo que revela, en términos estadísticos fríos y crueles, la magnitud del exilio, la cantidad de compatriotas que se vieron expulsados de su país por la violencia y el brutalismo. Me estremece que, dos generaciones después, se les siga tratando con soberbia y sospecha, como una cohorte de antiespañoles, en la más vieja tradición española.


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