A la caza del feminicida de Cuautla en la noche del Grito de Independencia en México
Una riada de enojo fluía este martes por la avenida Emiliano Zapata, en Cuernavaca, cientos de estudiantes con pancartas, cartelones y cuartillas, explotando en mensajes de hartazgo. “Que estudiar no te cueste la vida”, decía uno, “que retiemble el Estado feminicida”, leía otro, “Morelos, no nos acostumbres a contar muertas”, exigía un tercero. Luego había otros en que solo aparecía el nombre de Claudia y un corazón pintado, o una foto suya, la estudiante Claudia Tacoronte, rodeada de flores moradas, sobre la palabra “¡Justicia!”. El mensaje estaba claro: justicia para la última mujer asesinada en México. Muchos lo gritaban, otros lo pintaban en paredes y apeaderos de autobús. Rabia hecha de cuerpos.
La energía era tremenda y empleados de garajes, farmacias, concesionarios y gasolineras se acercaban a la avenida a mirar. Algunos ofrecían agua. La dependienta de una ferretería regaló cinta adhesiva a unos chicos que pegaban carteles con fichas de personas desaparecidas. Era la catarsis de las marchas, ese convencimiento colectivo de que las cosas van a cambiar, por las buenas o por las malas. Era curioso, también: casi ninguna de las proclamas gritadas tenía que ver con el presunto atacante de Claudia, asesinada el sábado en Cuautla, a una hora de distancia. No, apuntaban más arriba, al Estado que ha permitido un caso, y otro, y otro. “¡El Gobierno no me cuida, me cuidan mis amigas!”, gritaban.
México cuenta cientos de asesinatos de mujeres cada año, 735 en 2025, 857 el año anterior, 382 en los primeros siete meses de este. No es un fenómeno aislado. Los ataques contra mujeres ocurren en un contexto donde la violencia es generalizada. A punto de cumplir dos años, el Gobierno, que dirige Claudia Sheinbaum, de Morena, celebra reducciones de la violencia homicida superiores al 50%, con mejoras claras en algunos Estados. No ocurre así en Morelos, donde está Cuautla. Vecino de Ciudad de México, hogar de una importante comunidad universitaria, el Estado va camino de superar de nuevo las 1.500 víctimas anuales, para una tasa de 75 por cada 100.000 habitantes, una de las más altas del país.
Los gritos este martes partían del asesinato de Claudia Tacoronte, española, veinteañera, alumna de intercambio, pero invocaban a las víctimas anteriores. La joven había llegado a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) a mediados de agosto. Estudiante de magisterio, se iba a quedar un semestre. Sus amigas la describen como una persona feliz, “libre, siempre emocionada”. El fin de semana acudió a unas jornadas sobre plantas medicinales en Cuautla. Pero allí, el sábado por la noche, un hombre la mató. Se metió al lugar donde se celebraban las jornadas —sin vigilancia alguna— y la mató. Todo el mundo en la marcha gritaba que ya basta. Y todos recordaban otros casos recientes, los nombres de otras tres compañeras de la UAEM asesinadas este año.
Mientras la marcha discurría hacia el centro de la ciudad, las redes sociales hervían con los últimos vídeos publicados del presunto atacante, un sujeto conocido en Cuautla como Paco el Trompas. Hasta el momento, se sabe poco de él. Fuentes cercanas a la investigación han confirmado a EL PAÍS que se trata del hombre que aparece en las imágenes de las cámaras de seguridad vecinales, cercanas al lugar del ataque, la Casa de la Cultura de Cuautla. En las grabaciones, se ve a un hombre llegar al lugar, poco antes de las 21.00 del sábado. Vagabundea por la puerta, aunque parece que va a pasar de largo, se detiene y entra en el predio. No se ve, pero junto a la entrada está Claudia Tacoronte.
El tipo sale un minuto después, no mucho más, y se va corriendo. El ataque ha sido rápido, con un cuchillo. La víctima se desangra y el criminal huye. Las cámaras le toman en dos planos distintos. La ropa que llevaba aquel día, playera blanca, bermudas claras, mochila negra, movilizó a Cuautla, que se puso a buscarlo. Desde el lunes por la tarde, imágenes aparentemente del mismo tipo en varios comercios locales empezaron a inundar las redes. Era un hombre vestido prácticamente igual, con un logotipo negro en su playera, parecida a la camiseta del atacante. Este martes, las fuentes cercanas a la investigación confirmaban que era el mismo sujeto, su objetivo número uno, personaje que además había robado una bicicleta, y que los investigadores han podido rastrear hacia atrás en el tiempo durante varios días, gracias a otras cámaras de seguridad.
Así que, salvo sorpresa, la detención apunta a ser inminente. Cuautla, Morelos y el Gobierno federal se aprestan a avanzar en las pesquisas, en un caso que ha generado gran revuelo en el país. El cónsul de España, Marcos Rodríguez Cantero, ha estado en Morelos estos días, la presidenta Claudia Sheinbaum ha prometido una resolución pronta, las autoridades locales han mostrado diligencia, toda una parábola de eficiencia gubernamental. En Cuautla, el lunes, un hombre que vive junto a la Casa de la Cultura decía amargamente: “Mire, se va a escuchar feo lo que voy a decir, pero ojalá esto que pasó haga que nos volteen a ver. Porque nos están matando”. Se disculpó varias veces: no quería decir que se alegrara de nada, solo que, a veces, casos así, de alto impacto, pueden provocar un cambio.
La detención aparece así como un objetivo deseable para todos. Las autoridades mexicanas se quitarán un peso de encima, las españolas aceptarán el trabajo hecho, los vecinos de Cuautla verán que la justicia (a veces) funciona. La duda es qué pasará con Cuautla después, un municipio que ha vivido, como nueve más en Morelos, en alerta por violencia de género durante varios años, estatus burocrático de alarma por la violencia que sufren las mujeres allí. La pregunta trasciende la violencia machista. Cuautla es un municipio tomado por el crimen (el Gobierno federal detuvo a la columna vertebral del ayuntamiento en mayo), sometido a las rutinas extorsivas de cantidad de grupos criminales. ¿Cómo se arregla una situación así?
La marcha de los estudiantes de la UAEM acabó en la Plaza de Armas de Cuernavaca pasadas las 14.00. Rompieron vidrios, hicieron pintas, nadie les dijo nada, ni siquiera los comerciantes, que amagaron con no dejarles pasar. También armaron un memorial en medio del dolor, fotos, veladoras, flores. Con rabia, tumbaron las vallas que habían colocado las autoridades de cara a la ceremonia del Grito de Independencia, que se celebraba este martes por la noche. El contraste era abrumador: un grito de rabia genuino y espontáneo, moderno, reciente, nacido del dolor más cercano, frente a otro, este institucional, previsible, la conexión con el relato nacional. Parecían dos mundos distintos, dos gritos dándose la espalda.



