Una mala opinión
Me suscribí este verano a una inteligencia artificial que ofrecía, entre otras prestaciones, la de detectar textos realizados por ella misma. Para comprobar si funcionaba, le pasé algunos originales míos, sobre los que la máquina opinó en cuestión de segundos que estaban generados al 100% por una IA. Confundido ante el diagnóstico, le pregunté cómo podía errar de un modo tan impúdico. Y cobrar por ello. Respondió que mi escritura era demasiado limpia y coherente, y que estaba muy bien estructurada, además de otras virtudes que me reservo por pudor. De ahí la confusión. Me vino a la memoria entonces la prueba Voight-Kampff, de Blade Runner, en la que los sospechosos de ser replicantes eran sometidos a situaciones diseñadas para provocar respuestas de orden emocional. Entre tanto, una máquina observaba sus pupilas, su aliento, su sudoración, sus reacciones involuntarias, en fin. Lo espantoso del test era que el interrogado podía empezarlo convencido de su humanidad y terminar con dudas razonables acerca de su auténtica naturaleza.



