Otro día histórico para apenas unos cuantos
Reconozcamos una cosa antes de empezar. Esto de que la comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados para hablar de Ceuta era el asunto más importante del día es un poco mentira. Simplemente es algo que nos decimos unos cuantos en jornadas como las de este miércoles, muchos menos que los casi cincuenta millones de personas que vivimos en España. Para darnos importancia ante nuestros entornos, para creernos que los focos están puestos en los que hablamos y escuchamos, en los que escribimos, en los que también escriben los discursos de los que salen al atril. Y porque forma parte de nuestro trabajo, tan igual y tan distinto como el del resto.
Y no es tanto porque a nuestras vecinas no les interese la política y las consecuencias que tiene ejercerla de una u otra manera. Es que cada una ya tiene su opinión preconcebida en estos tiempos en los que hay poco hueco para la sorpresa. Una sale a la calle desde bien temprano y ya sabe todo lo que pasa sin matices, somos seres muchísimo más informados y con las cosas muchísimo más claras que los que nos mandan. Así da gusto.
Sánchez se puso la corbata verde y subió al atril. Comenzó con una explicación sobre la historia de los leones que presiden la entrada del Congreso por la Carrera de San Jerónimo, que venía a cuento, no como tantos plastas a los que hemos tenido que escuchar en ese mismo lugar recurrir al dinosaurio de Monterroso. Tras este desahogo, seguimos. Dio unas cuantas explicaciones que convencieron a sus compañeros de escaño a juzgar por el aplausómetro. Anunció que iba a explicar una cronología de los hechos —didáctico y homeopático a la vez, teniendo en cuenta que hoy los hechos se cuestionan cada cuarto de hora— y confesó que se había convocado a la embajadora de Marruecos en España tras la declaración de dos de los ministros. Y otra vez se le olvidó hacer una pizca de autocrítica. Vaya por Dios.
Luego vinieron Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. Comenzó entonces un festín de alusiones personales no precisamente agradables, se impregnó el hemiciclo del aroma a esos españoles que creíamos en peligro de extinción y que ahora salen de casi cualquier esquina. Valentía. Firmeza. Testosterona. Gente aguerrida. “Entregue España a los españoles”, dijo el ganador de las últimas elecciones generales. ¿Eso son elecciones o exactamente en qué consiste esa orden? ¿He estado secuestrada y no lo sabía? Estuvo curioso —es un decir— que dijera que a los que vengan hay que “exigirles la integración”. Abascal le llamó “Nerón con TikTok”, cosa que hay que reconocer que se entiende, como decía Carmina Ordóñez, divinamente. Ambas intervenciones esconden algo que llevan rumiando hace tiempo, que es solicitarle a Sánchez que lo mejor que podría hacer es morirse y así acaban ya todos los problemas de los españoles, cuando son más bien los suyos.
Aina Vidal y Enrique Santiago salieron a morder. E hicieron bien. Y todas las carnes les parecieron apetitosas. Y todos, gobierno y oposición, les parecieron merecedores de críticas. Salió Rufián, que aclaró que, después de las palabras de Vidal, poco podría aportar al respecto. Habló de bronceados —buena melanina lucía él— y aclaró que no se había puesto traje de verano y corbata para criticar a Marruecos. “Yo no critico, yo acuso”, dijo. Para entonces, algunos diputados ya estaban con el pincho de tortilla en la boca del píloro. Y muchos de esos casi 50 millones de personas, a otra cosa y cada uno con el suyo. Como casi siempre.

