Política

Casavieja, el pueblo abulense que estuvo rodeado por el incendio: “Las llamas bajaron como lenguas de fuego por la montaña”


Casavieja es una isla dentro de un bosque completamente arrasado por el incendio más grande de la historia de España, que ya suma más de 77.000 hectáreas calcinadas entre Ávila, Toledo y Madrid. El casco urbano de este pueblo abulense ha sorteado las llamas, pero ha perdido gran parte de su sierra, que ahora luce como un muro negro detrás de las casas. “Las llamas bajaron como lenguas de fuego por la montaña, y en menos de seis horas estaban a las puertas del pueblo”, recuerda Isabel Jiménez, vecina y resinera. Ella gestionaba unos 3.500 pinos a las afueras de la localidad y se dedicaba a extraer la resina de todos los árboles. Todos han ardido.

“Todavía estoy en shock”, dice con la mirada perdida antes de asegurar que todavía no es capaz de valorar los daños económicos que deja este desastre. El ayuntamiento de la localidad cede varios pinares a las pocas personas que, como ella, trabajan la resina. “Yo llevo siete años trabajando todos los días en el pinar, y entonces el pinar lo veo de otra forma. Cada pino tiene una historia”, explica. Para ella no es “un bosque sin más”, es su modo de vida, su empresa como autónoma, y también su paisaje afectivo, algo que describe como “el pinar más bonito del mundo”. “Era un paraíso”, rememora entristecida.

Ella cuenta que al subir por primera vez a ver lo que quedaba de su cuartel de resinación, no pudo evitar cerrar los ojos. “Había momentos en los que he cerrado los ojos, no podía verlo”. El olor del bosque quemado, del que surgen pequeñas columnas de humo, es muy característico, es una mezcla entre el olor de una chimenea y el de un incienso. Jiménez afirma que esto se debe a la resina, ya que es temporada de recogida. Del paisaje que conocía milímetro a milímetro no quedó nada reconocible. “No ha quedado nada”, lamenta.

La pérdida, además, no admite una recuperación rápida. Explica que un pino no está listo para “resinarse” hasta alcanzar entre 30 y 35 centímetros de diámetro, un proceso que puede llevar décadas: “yo creo que dentro de 40 años esto ya no se va a hacer… ese bosque va a estar abandonado, no para resina, quizás para paseo o para ganado”. Ella misma reconoce que probablemente no llegará a ver el pinar recuperado como oficio, aunque confía en que la naturaleza, con tiempo, “tirará” adelante.

Pasados los pinares y adentrándose en la zona quemada está el campin Fuente Helecha, que ha quedado devastado. La parte superior del lugar parece un campo de batalla. Los pinos han ardido de arriba a abajo y de los bungalows que rodeaban una gran piscina solo queda la estructura. Junto a una valla metálica se pueden ver bicicletas y buggies completamente derretidos por el fuego. Otra vecina del pueblo, Pilar Andrada, describe la zona del camping con crudeza: “Ahí era como si hubiera caído una bomba. Todo devastado, el campito quemado, todos los pinos… todos tronchados y quemados”.

Ella es bombera forestal, y es una de las vecinas que se quedó en Casavieja a pesar de la evacuación. En su caso fue por motivos profesionales. Tuvo que venir, mientras trabajaba, a defender su pueblo. Forma parte de las Brigadas Forestales del pueblo vecino, Iglesuela, y cuenta cómo su pareja también se quedó. Mientras ambos salen del bar relatan cómo el incendio rodeó completamente el núcleo urbano: “En un momento, todos los terrenos alrededor del pueblo estaban ardiendo”. Aseveran que, como ellos, otros vecinos decidieron quedarse para intentar salvar fincas y casas que representan “el trabajo de 20 o 30 años”.

A unos kilómetros de allí ya hay algunos pueblos que visualizan la normalidad. Cruzando la frontera entre las dos Castillas, en la provincia de Toledo, se han realojado este martes todos los pueblos que habían sido evacuados por los efectos del incendio, un total de 13. Uno de esos pueblos es Castillo de Bayuela, que fue desalojado el sábado pasado cuando el humo se volvió irrespirable. Igual que en Casavieja, algunos vecinos no se fueron. Entre ellos Montserrat Sánchez, ganadera con 400 vacas de leche, que decidió no evacuar pese a la orden y que pasó la noche del incendio en la granja con varios empleados. “Yo no soy como una persona normal que puede coger una maleta e irse. Yo tengo 400 animales que atender”, explica.

A las seis de la mañana volvió a su casa sorteando el corte de circulación: “Íbamos como delincuentes”, dice. Sánchez justifica que el horario oficial para atender a los animales, que era de 7 a 11 de la mañana, no encajaba con el ordeño, que se hace tres veces al día y que no les quedaba otra. Denuncia que ni veterinarios ni servicios sanitarios pudieron acudir, y explica que, a su juicio, se debería haber “confinado” el pueblo.

En la misma plaza, en la que este martes por fin se ha colocado el puesto de verduras para atender a los recién llegados, se encuentra Marta Gutiérrez, veraneante habitual en la localidad, que había venido desde Santander para disfrutar del pueblo y que ahora por fin podrá hacerlo. Ella explica que sí fue evacuada al pabellón polideportivo de Talavera de la Reina, donde pasó varias noches. Al principio, como Sánchez, no quería irse de su pueblo, pero cuenta cómo en el albergue improvisado recibió una atención “mejor de lo que hubiera querido”. “Había duchas instaladas para los evacuados, y cuidaron de mi perro como nunca”, explica, mientras recuerda la buena calidad de la comida casera traída por los voluntarios.

Ambas coinciden en señalar la magnitud del despliegue. Gutiérrez calcula en unas 1.800 las personas alojadas en Talavera y describe cómo separó a los mayores más vulnerables, como es el caso de su cuñado, de 80 años y con muletas. “Se los llevaron a una residencia de ancianos en lugar del pabellón general porque ellos no pueden dormir en las camillas plegables”, zanja.

El alcalde de la localidad, Gregorio García, también ha salido a la plaza a tomar el aire, que ya no trae pavesas. En su cara se refleja el alivio de quien acaba de pasar por lo peor de una tormenta. Explica que el consistorio se enteró del cierre del pueblo “por las redes sociales de Infocam”. Tras esto, decidieron avisar por megafonía municipal por su cuenta, algo que él mismo reconoce que disparó la alarma vecinal más de lo necesario. Además de la megafonía, se le comunicó el desalojo a los vecinos por bando móvil y WhatsApp. Y explica que “gestionaron un pase especial para que los ganaderos pudieran seguir alimentando a sus animales durante el confinamiento”, que es el que permitía el acceso durante cuatro horas por la mañana. El día que se confinó no se podía ver la sierra, hoy por fin pueden respirar tranquilos.



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