La segunda transición energética
En 2025, el 98,6% de la electricidad producida en Costa Rica procedió de fuentes renovables: agua, geotermia, viento, biomasa y sol. Es el resultado de décadas de políticas públicas que permitieron construir una de las matrices eléctricas más limpias del mundo. Pero ese éxito encierra una paradoja: Costa Rica produce electricidad limpia, pero continúa dependiendo del petróleo y sus derivados para mover personas y mercancías y para buena parte de sus usos energéticos. La electricidad está descarbonizada; la economía todavía no.
Ahí comienza la segunda transición energética. No se trata simplemente de construir más centrales eléctricas. Se trata de utilizar la electricidad renovable que el país ya sabe producir para sustituir, allí donde sea técnica y económicamente posible, el petróleo, el diésel y otros combustibles fósiles.
El transporte debería ocupar el centro de esta transformación. Según el Estado de la Nación 2025, el transporte concentró en 2024 el 61,1% del consumo de energía secundaria en Costa Rica. Ese año, el consumo total alcanzó 170.297 terajulios, un 60,4% más que en 2005, impulsado fundamentalmente por el aumento del consumo de hidrocarburos.
La cifra muestra la dimensión del desafío, pero también dónde se encuentra una de las mayores oportunidades. Cada vehículo eléctrico que funciona con electricidad renovable sustituye parte del consumo de un combustible importado por energía producida dentro del país. Lo mismo ocurre con un autobús eléctrico, una flota comercial electrificada o determinados procesos industriales.
La electricidad está descarbonizada; la economía todavía no. Ahí comienza la segunda transición energética.
No es solamente una cuestión ambiental. Es también una cuestión de seguridad económica. Costa Rica importa los combustibles que utiliza su transporte. Por tanto, cada aumento del precio internacional del petróleo, cada conflicto geopolítico que altere los mercados o cada interrupción de las cadenas de suministro termina afectando a la economía nacional.
La electrificación permite cambiar esa ecuación: sustituir progresivamente una energía que debemos comprar fuera por otra que podemos producir dentro del país.
Electrificar la economía
Para que esta transformación ocurra, Costa Rica tendrá que invertir en una nueva infraestructura energética: redes capaces de gestionar una demanda mayor y flexible, infraestructura de recarga, almacenamiento y digitalización. Pero el cambio más importante está en la planificación. Durante décadas, la pregunta central fue cómo producir suficiente electricidad para atender la demanda. Ahora debemos añadir otra: ¿cómo utilizamos nuestra electricidad renovable para sustituir los combustibles fósiles que todavía sostienen buena parte de la economía?
La respuesta debe comenzar por aquellos usos donde la electrificación directa ya es viable y puede generar mayores beneficios: transporte público, automóviles, flotas comerciales, transporte de carga, determinadas actividades industriales y algunos usos térmicos. No todos los procesos podrán electrificarse inmediatamente. Pero allí donde sea posible, la electricidad renovable debería convertirse en la primera alternativa.
Esto exige también una política de movilidad coherente. No tendría sentido multiplicar los vehículos eléctricos mientras se mantienen ciudades congestionadas y sistemas de transporte público dependientes del diésel. La electrificación debe favorecer el transporte colectivo, la eficiencia y una movilidad urbana menos intensiva en energía. La segunda transición, por tanto, no consiste simplemente en cambiar motores. Consiste en cambiar la fuente energética de la economía.
La verdadera segunda transición
Costa Rica posee una ventaja que muchos países todavía están intentando construir: una base eléctrica mayoritariamente renovable. El desafío es convertir esa ventaja ambiental en una ventaja económica y estratégica.
Una economía menos dependiente del petróleo está menos expuesta a la volatilidad internacional de los precios de la energía, a las crisis de suministro y a los conflictos geopolíticos. También puede reducir la salida de divisas y generar nuevas oportunidades de inversión, innovación y empleo. Pero esto requiere una decisión política: tratar la electrificación como una estrategia nacional y no únicamente como una política del sector eléctrico.
Una economía menos dependiente del petróleo está menos expuesta a la volatilidad internacional de los precios de la energía, a las crisis de suministro y a los conflictos geopolíticos
La electricidad renovable debe dejar de verse solamente como el medio para iluminar hogares y alimentar empresas. Debe convertirse en una herramienta para transformar el transporte, la industria, las ciudades y otros sectores todavía dependientes de los combustibles fósiles. La propia Contribución Nacionalmente Determinada de Costa Rica para 2025-2035, el compromiso climático nacional presentado durante la COP30, apunta hacia un sistema eléctrico más resiliente e inteligente, que maximice las fuentes renovables, reduzca la generación térmica fósil al mínimo operable y desarrolle almacenamiento flexible. Ese es el camino. La primera transición permitió a Costa Rica demostrar que un país puede construir una matriz eléctrica extraordinariamente renovable.
La segunda debe demostrar que esa electricidad limpia puede sustituir progresivamente al petróleo en la economía. Costa Rica tiene una ventaja que pocos países poseen: no necesita empezar construyendo una matriz eléctrica limpia. Ya la tiene. Ahora debe utilizarla. La próxima frontera no es solamente producir energía limpia. Es utilizarla para construir una economía menos dependiente del exterior.


