Política

El debate | ¿Cuándo hay que acabar esta legislatura?


Pedro Sánchez volvió a insistir este lunes, en el comienzo del nuevo curso político, en su intención de agotar la legislatura y convocar elecciones para el verano del año próximo, en las que quiere volver a ser el candidato del PSOE.

En diciembre pasado, el traductor y ensayista Pablo Batalla Cueto y la politóloga Estefanía Molina ya debatieron en EL PAÍS si está agotada esta XV Legislatura. Con una situación política quizá más compleja y polarizada que entonces retoman sus argumentos.


Terminar el trabajo

Pablo Batalla Cueto

Cartas sobre la mesa: llego a este debate no desde una preocupación rigorista por la liturgia liberaldemocrática, que me parece fantástica y mejor que la autoritaria, pero que nunca me puso la piel de gallina. Veo bien que un ministro alemán dimita porque copió unos párrafos de su tesis doctoral, pero el asunto no me quita el sueño. Me preocupan el interés de la izquierda y de aquellos sectores sociales que se benefician de su Gobierno, y que se verían castigados por uno de las derechas. ¿Nos interesa que las elecciones se adelanten o agotar la legislatura? ¿Cuándo habría que convocarlas para obtener el resultado más halagüeño?

Otra carta previa más: nos hemos (han) instalado en el convencimiento de que, sea cuando sea, la victoria de las derechas será apoteósica. Estoy casi seguro de que no será así: esa victoria es probable, pero no serán los 202 escaños de Felipe González. El resultado será ajustado, del estilo de esos comicios latinoamericanos en los que un nieto y admirador de un comandante de las SS gana o pierde por pocos cientos de votos frente al candidato que dice “por favor” y “gracias” y apoya que existan la jornada de ocho horas, el aborto, la Aemet y el CSIC.

Bien; ¿está agotada la XV Legislatura? Es un debate algo bizantino. Muchas veces lo mantenemos pensando incorrectamente el ente legislatura; juzgándolo como una narración, una obra de arte, una novela con introducción, nudo y desenlance, o una serie con temporadas, a la que la trama pueda volvérsele incoherente o repetitiva, los personajes aborrecibles, los diálogos trillados, malo el atrezo, y sobrarle 100 páginas o 25 episodios. No es nada de eso. Es un periodo legislativo. No tiene que ser bello, sino eficaz. Preguntarse por el agotamiento, o no, de la belleza litúrgica de una legislatura es como interrogarse por el olor de las nubes. Lo objetivo hoy es que no están agotados los legisladores. Hay una serie de leyes y medidas, a medio tramitar o en preparación, que beneficiarían a mucha gente y que un adelanto dejaría sin aprobar: la reforma de las leyes de dependencia y discapacidad, por ejemplo, que hay que ratificar en el Senado; la de entornos digitales seguros, o un decreto de vivienda que incluya la prórroga de alquileres, además de los Presupuestos Generales del Estado. Leyes que son palabras en el aire de un Parlamento cuya cháchara nos harte, o escritas en un árido papel, pero que son también seres humanos y anhelos; ciudadanos que se llaman Benito o Nuria y aguardan impacientes por cosas concretísimas de primera necesidad: un reconocimiento de discapacidad, una obra que elimine las barreras arquitectónicas de su edificio.

Los Presupuestos Generales no tienen visos de salir adelante (y no me quita el sueño habermasiano el que se prorroguen), pero no deja de convenir que su debate tenga lugar, y las izquierdas exhiban un programa de futuro: prestación por crianza, más vivienda pública, permisos parentales de 20 semanas… El programa para esas elecciones venideras. Que podría parecer sensato convocar después del debate presupuestario, pero antes de las autonómicas y municipales, para no fastidiar a los barones haciéndoles recibir a ellos el castigo antisanchista. Podría parecerlo, pero no lo es debido a lo igualadas que —es mi convencimiento— están realmente las fuerzas. En un contexto así, cualquier microgesto decanta la balanza. Se cuenta del referéndum escocés de 2014 que un día que pasaron Braveheart en televisión, el sí a la independencia empezó a subir en las encuestas; y que otro día que emitieron un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, volvió a cotizar al alza el no. Detalles tan banales determinaron que un acontecimiento del siglo del milenio se produjera o no. Y si de gestos hablamos, un adelanto electoral es un gesto de derrotismo, transmite claudicación, y puede convertirse en profecía autocumplida. Por eso, el antisanchismo reclama el adelanto, y lo hace con furia e impaciencia visibles en lugar de con sereno fingimiento de preocuparse por la liturgia. Le va la vida en ello; su resultado será mejor en cualquier otro mes que agosto. Y las elecciones, entonces, en agosto tienen que ser.


Resistir por resistir abrasa a la izquierda

Estefanía Molina

Pedro Sánchez no debería agotar la legislatura. La crisis en Ceuta amaga con ser un fenómeno parecido a lo que supuso el 1-O para Mariano Rajoy: un error político que el relato no podrá tapar y cuyas consecuencias podrán mitigarse a corto plazo, pero irán haciéndose notar cada vez más en el largo, hasta el final de su presidencia. Algunos discursos de la izquierda han naufragado ya en la frontera ceutí, y quienes más se irán resintiendo serán los socios del PSOE. Rajoy cayó porque a sus hasta entonces aliados les convino la moción de censura. Hoy el bumerán podría volverse contra Sánchez en otro sentido, haciendo que la crisis en Ceuta suponga un duro golpe tanto para Junts como para el PNV, socios necesarios para apuntalar otra eventual legislatura. Cuanto mayor sea la sensación de alarma respecto a la inmigración, más margen tendrá para crecer Aliança Catalana y más nervioso se pondrá Carles Puigdemont, alejándose del Gobierno y contribuyendo a mantener la parálisis, incluida la falta de Presupuestos. Lo mismo se aplica al PNV. No existe algo parecido a una Alianza Vasca, pero hay voces en el partido conscientes de que formar parte del bloque de izquierdas envía voto a la abstención.

¿Con quién pactará el PSOE, aun en el escenario improbable de ganar unos comicios? Que haya elecciones municipales antes que las generales hace prever un golpe para una parte del independentismo oficialista y la consolidación de Bildu. Si hasta ahora aguantar servía para irse comiendo al electorado de Sumar o Podemos, hoy Sánchez no es la única opción de sus votantes: una parte de la izquierda apuesta con cada vez más claridad por partidos territoriales como el BNG o Adelante Andalucía. A estas alturas, cabe preguntarse cuál es ya el objetivo de la legislatura, o cuál será el último servicio de esta izquierda gobernante a sus votantes. Esperar podría suponer que llegase al poder una derecha más asentada y que el PSOE se siguiera secando territorialmente. El pánico cunde en muchas federaciones socialistas.

Ceuta es además paradigmática porque demuestra hasta qué punto el discurso público ya está dominado por la derecha. La izquierda tiene hoy más difícil polarizar con Vox en esta cuestión. Del tradicional marco de recoger al inmigrante, hoy la discusión pública pivota alrededor de la idea de devolver: cómo reformar la ley de extranjería o acelerar los trámites de las expulsiones. Hay síntomas de que algunas izquierdas no viven al margen del giro demoscópico. En diciembre, Oriol Junqueras deslizaba que Cataluña no tiene capacidad para llegar a los 10 millones de habitantes, cuando hasta el momento el lema había sido Volem acollir. La crisis ceutí, que se prolongará unos meses, también es lesiva para Podemos, acusado de ausencia de realismo. Asimismo, Ceuta rompe el relato del supuesto complot que venía promocionando el PSOE, toda vez que la responsabilidad de controlar la frontera es del Gobierno, que se ha demorado un mes en crear el mando único. Si la ley del solo sí es sí noqueó a la izquierda del 15-M en el campo del feminismo, no asegurar el orden en una región de España resulta muy lesivo para un sostén del Estado como el PSOE. Por vez primera, culpar a la internacional ultraderechista, a los bulos o al algoritmo no surte el mismo efecto elusivo de la responsabilidad que en otras crisis.

El que Sánchez quiera aguantar habla del animal político que es y de su carácter combativo. Quizás la pregunta ya no sea si gobernará la derecha, sino con qué mayoría. O incluso cuánto tardará la izquierda en volver al poder, si todo alrededor del PSOE, incluidos sus socios o el propio partido, se ha vuelto política de tierra quemada por la decisión de resistir de nuestro presidente. ¿Qué exiguos contrapoderes quedarán en el Congreso? Del 1-O aprendimos que el Ejecutivo puede caer de un día para otro, porque el malestar no se sepulta bajo la aparente normalidad de que siga la legislatura. De la crisis en Ceuta, aunque de otro modo, quizás aprendamos lo mismo. Hay momentos que cristalizan finales de ciclo o aceleran corrientes de fondo previas. Una victoria, a veces, también es una retirada a tiempo.


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