Zonas de contacto: el futuro de los árboles en Ciudad de México
Recuerdo aquel lejano verano de 2022 en el que la ciudad se congeló. Por un par de semanas, la actividad principal consistió en monitorear el frágil estado de salud del árbol recién trasplantando. Nos alimentábamos de comunicados de prensa del Gobierno –y de memes– que se esforzaban por inyectarnos esperanza: el árbol estaba al filo de un renacer. Muy rápidamente entendimos que ese árbol, que perdía hojas al ritmo al que ganaba seguidores, se abría a la muerte como posibilidad. Parecían demasiadas las expectativas con las que cargaba ese ahuehuete de la glorieta de Reforma: reemplazar a la palmera real que, tras más de un siglo de ser la imagen de la ciudad, moría, arrasada por una plaga incontrolable.
Cuatro años más tarde, el pasado 10 de agosto, Clara Brugada anunció su programa de reforestación urbana que busca tapizar la ciudad con 500.000 árboles. Le hace eco a las jornadas nacionales de reforestación de Claudia Sheinbaum y su meta de sembrar más de 1.500 millones de plantas y árboles en todo el país para 2030.
Parece una buena noticia: somos muchos los que tenemos la percepción de llevar décadas perdiendo árboles en la ciudad. Los chats de vecinos se llenan de denuncias por podas que se confunden con moches y dejan al árbol pelón, desequilibrado, enmarañado en cables, listo para quebrarse por la mitad con la llegada de las lluvias. Y entonces, las denuncias como antesala a los árboles caídos, reportados por vecinos que deambulan entre neblinas tras el paso de la tormenta. Las noticias agudizan esa percepción. Cada tanto, sale a cuadro una hilera de troncos que apenas emerge del suelo, acompañada de titulares sobre talas ilegales hechas por alguna construcción. Pero en realidad, basta con caminar la ciudad para confrontarse con las inevitables palmeras. Muertas, pero en pie: parecen resistirse al olvido.
Sin embargo, nuestra percepción no es más que una frágil construcción de la realidad. Necesitamos datos para conocer el número de árboles en la ciudad, necesitamos cifras históricas para comparar si estamos mejor o peor y cuantos árboles nos hacen falta, –nunca serán suficientes–.
Jorge Liber Saltijeral, asesor de la Secretaria del Medio Ambiente de Ciudad de México, me platica que hasta hace muy poco la ciudad solo contaba con un inventario de áreas verdes urbanas publicado en 2017. Había sido un conteo a golpe de imágenes satelitales que se sostenía con grandes aproximaciones. Se solucionó hablando de porcentajes de vegetación, sin dar detalles sobre el número de árboles, especies, ni mucho menos en qué estado de salud se encontraban.
Me pregunto entonces cómo desarrollar una sólida estrategia de reforestación urbana cuando históricamente tenemos una deficiencia en datos. ¿Cuál es la percepción del Gobierno sobre los árboles en la ciudad? ¿Qué realidad elegirá construir?
Liber me cuenta que, por la inexactitud y antigüedad del inventario, el Gobierno tomó la decisión de desarrollar el primer censo de arbolado de la ciudad, pensado en fases y alineado con la estrategia de reforestación. En su primera etapa, logró estimar el número de árboles a partir de imágenes satelitales y a nivel de calle. Dio luz sobre algo que ya se intuía: la desigualdad también es verde. Desde las alturas, los barrios más pobres se identifican por la ausencia de árboles. Si nos acercamos, el contraste también es corporal: cuando los paisajes son de cemento, las temperaturas se elevan de dos a cinco grados.
El censo fue insumo para seleccionar los polígonos prioritarios de reforestación: una menor cobertura vegetal, una mayor desigualdad social, pero también, temperaturas más altas; con el objetivo de atacar los puntos críticos de las olas de calor.
En su segunda fase, el censo dará detalles sobre la altura y salud de los árboles., sobre todo, la especie, para poder entender cuáles son menos vulnerables a plagas, priorizar especies nativas y aquellas que no acentúen la generación de ozono, la problemática más grande de calidad del aire en la ciudad.
En un contexto global en el que cada vez son más las ciudades que oscilan entre mortíferas olas de calor e inundaciones, la tendencia está en intercalar espacios abiertos de vegetación con puntos densos de concreto. Es decir, dejar que la naturaleza nos invada o bien, en la jerga ambiental: introducir soluciones basadas en la naturaleza (SbN). Estas mitigan el cambio climático, luchan contra las olas de calor y reducen el impacto de las inundaciones. Se contraponen a las soluciones tecnológicas como, por ejemplo, los sumideros artificiales para la captación de carbono en los suelos, que suelen ser más costosos y menos eficaces.
Me resisto a utilizar la mención SbN porque esconde una manera de pensar, de actuar, de ver el mundo: soluciones como algo utilitario, herramientas a nuestro servicio, quizás, algún beneficio para otras especies, positivo pero no planeado, accidente fortuito, apenas colaterales en el asunto. Dejarse invadir por la naturaleza, insinúa, al contrario, una naturaleza como un ser activo que existe y reacciona más allá de los beneficios que nos brinda. Y dejarse invadir, también, como ese borrón de frontera entre nosotros y los otros, ellos, la naturaleza y sus especies.
El Gobierno central está empujando el reverdecimiento de las arterias principales, pero será responsabilidad de las alcaldías continuar y ampliar el proyecto.
Pienso entonces en el rol que pueden jugar las alcaldías si amplían su presupuesto para plantar árboles, darles mantenimiento y cuidados, ofrecer capacitaciones para mejorar las podas. Tienen, también, la oportunidad de reforzar el censo por medio de conteos en campo: las historias íntimas sobre la vida de los árboles no se develan para quien observa desde lo alto. Imaginar, entonces, el censo como ese documento-raíz vivo que absorbe información recogida desde la fuente, que inspira y modifica una estrategia de reforestación flexible, capaz de adaptarse a la realidad cambiante sostenida por datos.
Y así, construir, poco a poco, una ciudad alimentada por sus bosques urbanos. La antropóloga, Anna Tsing, habla de esos espacios de fricción en donde la naturaleza abre posibilidades: porosidades físicas que nos conectan con otras especies. Dejarse, entonces, contaminar para co-crear ciudades más biodiversas, ciudades más vivibles. Zonas de contacto que se ensanchan, difuminan los límites de nuestros antiguos mundos para buscar nuevos puntos de equilibrio y al hacerlo, prepararnos a otras formas de existir.



