Nacional

Seis meses sin el Mencho en México


México se acostumbra a vivir sin el Mencho, figura voluminosa del relato criminal continental, que burló al Estado y a la justicia durante años, mientras construía su formidable imperio criminal. Muerto en un operativo castrense hace ahora seis meses en Jalisco, su hueco lo ocupa de momento la insistente ofensiva del Estado contra su grupo, el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), que él mismo fundó hace 15 años y dirigió hasta su muerte. Su desaparición, las detenciones posteriores de figuras importantes de la red criminal y el aparente acoso de las autoridades a otras dibujan el presente. Ahora, la duda apunta a la reorganización futura del entramado delictivo y sus consecuencias.

Todavía hoy extraña pensar en un panorama delictivo en México sin el Mencho, sensación parecida a la que dejó la detención del viejo capo de Sinaloa, Ismael Mayo Zambada, traicionado por sus viejos socios hace dos años; y similar, también, a la partida final de Joaquín Chapo Guzmán a Estados Unidos, después de fugas y huidas fantásticas, que llevaron de cabeza a las autoridades por mucho tiempo. La caída del Mencho, operación que dejó decenas de muertos, entre autoridades y civiles, y puso patas arriba el centro del país aquel fatídico 22 de febrero, con bloqueos de carreteras que su grupo organizó en varios estados, abría una nueva era en México, cuyas líneas maestras resultan todavía difíciles de adivinar.

La ausencia del capo invita a repasar sus orígenes, ejercicio que muestra enseguida los paralelismos con otras redes criminales, principalmente del Pacífico, y esboza una imagen de los pioneros del tráfico en el país, marcianos a ojos del presente. Rubén Oseguera –que luego adoptó el nombre de Nemesio– nació en 1966, en Naranjo de Chila, un poblado de Aguililla, pueblo maldito entre la Tierra Caliente de Michoacán y la región Sierra Costa. Maldito, porque el progreso, que aparecía en la región con la domesticación de un par de ríos para uso agroindustrial, el Balsas y el Tepalcapetepc, y la construcción de un puerto en la costa, en Lázaro Cárdenas, pasaba de largo. La lógica de subsistencia se imponía en el municipio. Aspirar a vidas mejores parecía quedar fuera del alcance.

Ocurrió, sin embargo, que varias familias de Aguililla se rebelaron. Apostaron por un negocio singular, el cultivo de marihuana para exportación. El historiador Enrique Guerra Manzo, de la Universidad Autónoma de México, explica que “desde los años 30 y 40, ya había cultivos de enervantes en Aguililla, pero se generalizan en la posguerra”. La marihuana dio paso a la amapola, materia prima de la heroína. Los titubeos de los primeros años desembocaron en una industria que a finales de los años 60 lucía robusta. Cuando el Mencho nació, los hippies de California consumían cantidades crecientes de cannabis provenientes de México. El verano del amor en San Francisco hizo felices a los campesinos de las barrancas del suroeste de Michoacán.

La familia de principales en el cultivo de marihuana y amapola en la zona eran los Valencia. “Los Valencia son de Dos Aguas, un poblado de Aguililla, y se atribuye al patriarca de la familia el haber introducido la amapola a Michoacán”, dice Guerra, en referencia a Miguel Ángel Félix Cornejo, que murió asesinado en 1994. “En esas épocas, en los 70 y 80, todo el mundo se conocía por allí. Dos Aguas, Naranjo de Chila, El Aguaje, El Limón, forman como un triángulo, muy unido. Ahí nacen los Valencia, el Mencho”, explica Guerra, autor de un estudio monumental sobre el crimen en la zona, Territorios violentos en México. El caso de Tierra Caliente, Michoacán (Terracota, 2022).

La región que señala el experto dibuja una especie de Badiraguato michoacano, trasunto del municipio sinaloense en el que nacieron el Chapo Guzmán, los hermanos Beltrán Leyva o Rafael Caro Quintero, cuna además de los cultivos de marihuana y amapola en el triángulo de oro norteño, hermano del michoacano. Ahí creció el Mencho, en plena “veintena dorada”, las dos décadas –de principios de los 60 a mediados de los 80– en que Michoacán, particularmente Aguililla, se convirtió en el granero cannábico de Norteamérica. Se ha hablado mucho de las bondades de las barrancas de Sinaloa, Durango y Chihuahua, pero las de Michoacán no le iban a la zaga.

En su libro, Guerra plantea que un contexto así daba “tres opciones a los varones jóvenes: practicar una vida rural (con tierra o sin tierra), migrar a Estados Unidos y aspirar a ganar mejores salarios, o meterse a la narcoeconomía con la esperanza de enriquecerse”. El Mencho intentó las dos últimas. “Cuando era adolescente, ya cuidaba las huertas de los Valencia, con quienes hizo amistad”, dice el autor, en referencia a sus cultivos de aguacate, en territorios algo más al norte de la tórrida Tierra Caliente, pero también a los campos de enervantes. En la segunda parte de la década de los 80, Oseguera dio el salto al otro lado de la frontera. Sus primeras detenciones ocurren allí en esa época. “Luego estuvo en prisión en Texas, más o menos de 1991 a 1997, por un asunto de drogas. Y ya después vuelve”, explica Guerra.

Los años siguientes suponen la preparación definitiva de Oseguera, antes de alcanzar las grandes ligas criminales. En el cambio de siglo se convierte en policía en Tierra Caliente, emulando a otros capos, caso, por ejemplo, de Miguel Ángel Félix Gallardo, traficante que lideró el Cartel de Guadalajara en los años 80. Después, con el conocimiento adquirido, su pista se pierde en las barrancas de Michoacán. Son años difíciles en la zona, de mucho cambio. El PRI pierde hegemonía en México, su poder regional se derrumba. Los acuerdos mafiosos de los cuerpos de seguridad federales se deshacen como papel mojado. Todo está en el aire. Desde Tamaulipas, una nueva forma de entender las economías criminales se extiende por el país. Son los Zetas, un violento ejército de matones al servicio del Cartel del Golfo que tratan de cooptar a traficantes y criminales, por las buenas o por las malas.

Las guerras en Michoacán son cruentas desde entonces. Los Zetas contra el Cartel del Milenio, nombre que asumen los Valencia, aliados con traficantes sinaloenses, antes de su caída entre 2010 y 2011; los Zetas contra la Familia Michoacana, liga de criminales locales, amparada en la agroindustria regional y en un relato de arraigo y respeto a lo local; la caída de estos últimos en favor de los Caballeros Templarios, evolución pseudoreligiosa de los anteriores, herederos de la lógica expoliadora de los Zetas; el advenimiento de las autodefensas, renacimiento de las guardias rurales de la primera parte del siglo, y sus guerras contra los Templarios…

En esas aguas revueltas aguarda el Mencho. Al principio, apoya a los Valencia, pero la caída de sus líderes en la primera década del 2000 le empuja a la aventura en solitario. “En 2011 muere Nacho Coronel”, dice Guerra, en referencia al líder de los sinaloenses en Michoacán, “y el Mencho se independiza. Ahí empieza la carrera meteórica y expansionista del CJNG. Y algo que inaugura este cartel es esta lógica de franquicias criminales, de absorber estructuras y hacerlas trabajar para ellos, cosa que hacían los Zetas, pero que ellos perfeccionan. En este escenario de guerras incesantes, hay aprendizajes y adaptaciones. Y el CJNG ha mostrado mucha capacidad de evolución y adaptación”, zanja.

Las frases anteriores resumen los últimos 15 años. Con el Mencho sobrevolando, crecen liderazgos nuevos: sus hermanos Antonio y Abraham y demás familiares, como su hijo Rubén y su hijastro, Juan Carlos; Los Cuinis, restos de la familia Valencia; Audias Flores, el Jardinero, originario del suroriente de Michoacán; Gonzalo Mendoza, El Sapo, que somete el vecino estado de Jalisco junto con otros, caso de Ricardo Ruiz; las familias Álvarez Ayala y Guerrero, en Michoacán… Nadie les tocó un pelo durante años, mientras el CJNG, en la lógica que plantea Guerra, se expandía, de Tamaulipas a Chiapas, de Nayarit a Tabasco, siempre innovando. De las drogas de cultivo a las sintéticas, del narcotráfico al robo de combustible.

Ese era el rutilante panorama del grupo, hasta febrero pasado. Lo que parecía imposible, incluso para el Gobierno federal, consciente de los potentes anillos de seguridad que protegían al capo, ocurrió. El Mencho cayó. Fuerzas de élite del Ejército, apoyadas en buena información de inteligencia, dieron con él en un pueblo de Jalisco. En la refriega entre su grupo y los militares, el líder murió a balazos. En los meses siguientes, las autoridades han detenido a líderes importantes, como el Jardinero o Ramón Álvarez Ayala, y han estado a punto de dar con otros, como el Heraclio Guerrero, alias Tío Lako, esta misma semana.

Hablar ahora mismo de reorganización resulta un tanto aventurado. El CJNG permanece agazapado, expectante, pendiente de los primeros síntomas de flaqueza en la ofensiva estatal. En México y EE UU, se asume que el hijastro del Mencho, Juan Carlos Valencia, alias 03, ha asumido el liderazgo. Pero con tantos cambios y detenciones, tal aseveración parece figurar más bien en el terreno de la previsión. El Mencho se ha ido, también algunos candidatos a la sucesión. México transita un limbo extraño: lo viejo no acaba de morir, ni lo nuevo de nacer, aseveración que sirve también para Sinaloa y la guerra fratricida en el Cartel del Pacífico. Pocas veces en los últimos años en el país, el mundo criminal ha parecido tan volátil.


Source link