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La Amazonia no es una reserva de recursos: es un territorio de vida

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Yo vengo de Sarayaku, un pueblo kichwa de la Amazonia ecuatoriana que lleva décadas defendiendo su territorio frente a la explotación petrolera. Durante todo este tiempo hemos escuchado el mismo argumento: debajo de nuestro bosque existen recursos que el país necesita para desarrollarse, y quienes nos oponemos a extraerlos somos presentados como enemigos del progreso.

Pero nosotros conocemos otra riqueza. Está en nuestros ríos, en los animales y las plantas, en los conocimientos transmitidos por nuestros mayores y en las relaciones que permiten que el mundo tal como lo conocemos continúe existiendo. Nuestro territorio no es una reserva de recursos esperando ser explotada. Es un territorio de vida.

Esta diferencia es profundamente política.

Durante demasiado tiempo se ha medido la riqueza de la Amazonia por aquello que puede extraerse de ella: petróleo, gas, minerales, madera. Hoy, al menos 250 millones de hectáreas de la región corresponden a tierras de pueblos indígenas y comunidades locales. Según Amazon Watch, 30 millones de hectáreas —un 12 %— están amenazadas por la explotación de petróleo y gas, y otros 9,2 millones —un 4 %— se superponen con concesiones mineras. Frente a esa realidad, se nos plantea una falsa elección: extracción o pobreza; petróleo o desarrollo. Los pueblos amazónicos sabemos que existen otras posibilidades.

En Sarayaku hablamos de Kawsak Sacha, o la selva viviente. Para nosotros, la selva es un ser vivo del que formamos parte, donde todo está relacionado y donde nuestra existencia depende de mantener ese equilibrio. Nuestra lucha nunca ha sido simplemente contra un pozo petrolero: es por nuestro derecho a decidir qué ocurre en nuestro territorio, cómo queremos vivir y qué futuro construimos para las próximas generaciones.

Hay territorios donde dejar el petróleo bajo tierra es especialmente urgente, y ahora en Puyo tenemos la oportunidad de llevar esta discusión a escala panamazónica. Sabemos que el mundo necesita transitar fuera de los combustibles fósiles: la pregunta es cómo hacerlo con justicia y por dónde empezar. Una de las propuestas del XII Foro Social Panamazónico (FOSPA) —que se viene desarrollando desde el 16 de agosto y va hasta el viernes 21 de agosto— es avanzar en zonas libres de combustibles fósiles. Es decir, áreas que permitan proteger de manera permanente aquellos territorios que todavía están libres de explotación petrolera y gasífera, y donde impedir nuevas fronteras extractivas resulta especialmente urgente.

La Amazonia es uno de esos lugares: sostiene pueblos, culturas, ríos, bosques, biodiversidad y conocimientos; territorios donde los pueblos indígenas ejercemos nuestras propias formas de gobierno. Proteger la Amazonia significa preguntarnos qué entendemos por desarrollo y qué necesitamos preservar para que la vida continúe. Un futuro en el que solo decidamos dónde podemos seguir extrayendo y dónde no, no es posible. Sí es posible un futuro sin combustibles fósiles, comenzando por aquellos territorios donde detener su expansión es más urgente.

Pero la Amazonia no es una realidad homogénea. Donde la explotación todavía no ha llegado, debemos impedir que avance. Donde existen nuevos planes de expansión, detenerlos. Donde la industria petrolera lleva décadas operando, planificar una transición que no deje atrás a las comunidades. Donde ha dejado contaminación y destrucción, necesitamos reparación. Y donde los pueblos han decidido poner fin a la explotación, esa decisión debe cumplirse y el territorio debe ser restaurado.

Ecuador conoce bien este último desafío: 6,7 millones de hectáreas de lotes petroleros se extienden sobre su Amazonia, lo que, según un reporte liderado por Earth Insight, amenaza 5,5 millones de hectáreas de bosque primario sin intervenir —el 57 % del bosque primario de la Amazonía ecuatoriana—. Además, impacta 4,4 millones de hectáreas de territorios indígenas (el 61 % de este tipo de áreas de la Amazonia ecuatoriana).

En Yasuní, por ejemplo, la ciudadanía decidió mantener el petróleo bajo tierra. Este parque, que cubre más de un millón de hectáreas, enfrenta una amenaza del 43 % de su superficie por lotes petroleros, según el mismo informe. Ahora debemos hacer realidad la determinación ciudadana. Yasuní nos recuerda que la transición también es una cuestión de democracia y autodeterminación. No podemos hablar de proteger la Amazonia mientras las decisiones de quienes viven en ella, o de quienes han decidido democráticamente protegerla, continúan siendo ignoradas.

Durante años se nos ha querido convencer de que los pueblos indígenas necesitamos petróleo para salir de la pobreza. Pero una transición justa exige precisamente cambiar esa idea de riqueza. Necesitamos fortalecer economías que permitan que el bosque permanezca en pie, proteger nuestras formas de gobernanza territorial y dirigir recursos hacia actividades que sostengan la vida. Mientras el financiamiento público y privado continúe respaldando nuevas exploraciones e infraestructura fósil en territorios amazónicos, estaremos financiando la expansión del mismo modelo que decimos querer transformar.

Si todavía existen grandes extensiones de bosque, es también porque nuestros pueblos han luchado por defenderlas durante generaciones. Pero la Amazonia no sostiene solamente nuestras vidas. Sus bosques, sus ríos y su biodiversidad forman sistemas de los que depende mucho más que quienes vivimos aquí. Por eso el FOSPA no puede limitarse a ser un espacio de encuentro. De Puyo tenemos que salir con decisiones.

Durante demasiado tiempo, quienes defendemos nuestros territorios hemos sido presentados como enemigos del progreso. Ha llegado el momento de invertir la pregunta: ¿qué futuro estamos construyendo si para desarrollarnos necesitamos destruir aquello que hace posible la vida? Desde la Amazonia no estamos pidiendo volver al pasado. Estamos defendiendo nuestro derecho a decidir el futuro.


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