Jordi Sànchez, líder social del 1-O: “En prisión, lo más suave que me decían era golpista”
Cuando Jordi Sànchez entró en la cárcel de Soto del Real (Madrid) el 16 de octubre de 2017, pensó que nadie iba a conocerlo. Se equivocó. Tras pasar la primera noche en el pabellón de ingresos, fue trasladado al módulo 1. “Fui recibido con insultos, con una repentina agresividad”. Pasado un rato, el ambiente se calmó, sobre todo cuando Sànchez, que como presidente de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) aparecía entonces “en bucle” en todos los canales de televisión en pleno otoño del procés, saludó uno a uno a los internos. El juez había ordenado su ingreso en prisión preventiva junto a Jordi Cuixart, presidente de Òmnium Cultural, como líderes de las protestas del 20-S frente al Departamento de Economía, en las convulsas jornadas previas al referéndum de independencia del 1-O.
Sànchez estuvo, en total, tres años y ocho meses en la cárcel, la mayor parte del tiempo en prisión provisional, una medida que, en su opinión, es “uno de los abusos más grandes del sistema penal español” porque equivale a un “secuestro emocional” del acusado. “He conocido a presos dispuestos a declararse culpables, sin pruebas concluyentes, con tal de salir”. En diciembre, dos meses después de aquel primer recibimiento hostil y con la Navidad a las puertas, trascendió que algunos de los acusados por el 1-O —para entonces ya habían sido encarcelados miembros del Govern— quedarían en libertad libres. Sànchez cometió su segundo error. “Todo el mundo dio por hecho, y yo también, que Jordi [Cuixart] y yo salíamos, porque éramos sociedad civil. Estaba tan convencido que preparé la bolsa. Cuando bajé a almorzar, vi en La Sexta que me quedaba. Fue un momento durísimo, peor incluso que cuando conocí la condena. Me hundí de forma abismal y no recuerdo mucho más de ese día”.
Alejado ahora del foco político —es director de derechos sociales de la Sindicatura de Greuges (defensor del pueblo de Cataluña) tras ejercer como secretario general de Junts—, Sànchez ha sabido integrar en su vida el paso por prisión. Fue una etapa “intensa” que le ha hecho “relativizar” los problemas. “Como dice Maquiavelo, la vida está llena de fortunas adversas y favorables. No puedes estar siempre lamiéndote las heridas. Además, la desproporción con la que actuaba la justicia, la sensación de injusticia que sufríamos y el apoyo masivo de los catalanes me dieron una coraza de fortaleza”.
Dos circunstancias ayudaron a Sànchez a adaptarse a la vida entre rejas, primero en Soto del Real y más tarde en Lledoners (Barcelona), donde fue trasladado antes del juicio tras el clamor de la sociedad catalana para su liberación, al menos su acercamiento a Cataluña. El primero es que era una realidad conocida. “Por mi labor, era visitante asiduo de centros penitenciarios y eso me dio seguridad para no quedar bloqueado los primeros días”. El segundo es que se había mentalizado. En los días posteriores a los incidentes del 20-S, y a la vista de los movimientos de jueces y fiscales, empezó a “contemplar la posibilidad de acabar en prisión” y activó “mecanismos de anticipación”.
“Me llamaban golpista”
En prisión, reflexiona Sànchez, el individuo activa su “instinto de supervivencia”. Una de las normas que se impuso a sí mismo fue “no hablar de política por iniciativa propia”. Descubrió, sin embargo, que “tanto internos como funcionarios tenían interés en hacerlo”, en días en que su rostro estaba 24 horas al día en televisión. La sobreexposición le afectó. “Lo más suave que me decían era golpista y eso me hacía daño”. Una noche, fue trasladado a una celda con un preso que no tenía televisor. Y durmió plácidamente. “Había pedido un transistor y un televisor, y decidí cancelarlo”.
Lo más duro no es lo que le pasa al interno, sino a su entorno. Cuando entró en prisión, sus hijos tenían 18, 16 y 10 años. “Es un tiempo robado, a ti y a ellos, que no te pueden devolver. Fueron cuatro años difíciles, marcados por la ausencia del padre. Pasamos de ser una familia numerosa a otra monoparental. Mi pareja tuvo que asumir una proyección pública que no había pedido”, reflexiona. La “impotencia” opera en doble dirección: el preso se esfuerza en decir que todo va bien, y los familiares también. “No me comunicaron que mi madre y mi padre tuvieron un problema de salud grave”. Sànchez intenta quedarse con lo positivo: “Fue una época de dolor y sufrimiento, para para mis hijos también fue una lección de vida. Y dentro de la injusticia fuimos afortunados, porque recibimos un apoyo social que jamás podremos agradecer”.
Sànchez fue juzgado y condenado junto a los líderes del procés por un delito de sedición: nueve años de cárcel. El indulto aprobado por el Gobierno le permitió abandonar la cárcel antes de cumplir la condena, el 23 de junio de 2021. Cinco años después, con lecciones aprendidas (“relativizar, juzgar al otro lo menos posible”), ha vuelto a Lledoners para visitar a internos a los que conoció en el módulo. “Sentía una obligación con ellos y también era una prueba para mí, para ver cómo me sentía”.



