UNAM, la burbuja del rector Lomelí
El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) vive dentro de una burbuja en la irrepetible Ciudad Universitaria de la zona del pedregal de Ciudad de México. En el timón desde hace 33 meses, Leonardo Lomelí se equivoca de tiempo. Se asume inalcanzable, ajeno a la rendición de cuentas en tiempo real, mientras decenas de miles de jóvenes estudiantes padecen sus dubitaciones.
La UNAM es, diría José Emilio Pacheco, inasible. Si gobernar Ciudad de México es, a juicio de políticos del ayer, un milagro, para la llamada máxima casa de estudios de México se puede aplicar el término de colección de misterios. Su vida interna es convulsa, aunque muchas veces solo se escuche, de esa condición, el rumor de que más vale no testerear los ímpetus que pueden romper su armonía.
Basta recordar que hasta hace poco todos simulaban no advertir tensiones estudiantiles al límite: desde 2025 y por meses la UNAM tuvo tomadas decenas de facultades en protestas poco ruidosas pero dañinas para el aprendizaje, misión de la universidad. De a poco, se fueron liberando. Una crisis mayor que se pudo conjurar.
Ahí reside el principal error de Lomelí en la bomba que le explotó esta semana por la cancelación de decenas de miles de exámenes luego de que fuera evidente que los resultados de la prueba de admisión a licenciatura son estadísticamente atípicos, que no hay una camada de cerebritos dando portazo digital en la UNAM, sino que la tecnología pagada para evitar la “mano negra” permitió fraudes al por mayor.
En una institución donde “elefantes en la sala” pastan a su antojo sin que nadie se atreva a cuestionar por qué un auditorio está tomado desde el priato, y menos elevar la voz para preguntar si llegó el tiempo de revisar los rendimientos académicos del pase automático (ese tabú que, aunque cambie de nombre, es eso), Lomelí —pecado mortal— colocó en el prime time un problema de la UNAM. Y uno gigantesco.
Para empezar a no entender cómo pudo ocurrir esto hay que ir al CV de Lomelí: ¿alguien puede explicarse cómo fue que quien estuvo ocho años de secretario general de la UNAM y lleva desde noviembre de 2023 como rector, salió con este domingo siete? No es entendible. Explicación habrá, sin duda, pero es anómalo que el controlador número dos, que se hizo de la rectoría, anotara este enorme autogol.
¿Es este directivo un caso donde se comprueba que no es buena idea que un número dos escale al pináculo? La probada experiencia —en cuanto burócrata, y en que el examen de admisión es tan rutinario como desastroso esta vez— de Lomelí juega en su contra ante la opinión pública. Si fuera un recién llegado a la élite puma no tendría excusa, pero quizá algunos lo disculparían. ¿Cuál es su pretexto?
Lomelí ha tardado demasiado en dar la cara por el desastre del proceso de admisión 2026. Y las medidas que ha empezado a tomar causan azoro.
El examen se aplicó en varias sesiones entre el 23 de mayo y el 10 de junio. En medio de eso, la propia UNAM informó en un boletín de un millar de casos irregulares. Hoy la pregunta cuya respuesta el rector calla —y la comisión que ayer se pronunció por aplicar un examen de control a miles tampoco responde— es qué decisiones tomó la máxima autoridad universitaria entre el 10 de junio y el 17 de julio, fecha esta cuando se publicaron los resultados y muy prontito observadores detectaron puntajes de excelencia tan abultados que el proceso de admisión no podía sino haber sido saqueado.
Se requiere para publicar los resultados del examen de admisión la autorización de quien ocupa la secretaría general, es decir, de la mano derecha del rector. ¿Lomelí decidió publicar resultados a sabiendas de que la vulneración al proceso de admisión había sido exitosa, de que miles burlaron los presumidos veinte candados de la plataforma que contrató la UNAM? ¿O no sabía de los copiones?
En todo caso, esos resultados fueron revelados sin que el rector convocara a la opinión pública y de forma clara advirtiera la amenaza de naufragio de las esperanzas de miles de estudiantes de entrar a la UNAM. ¿Creyó acaso que nadie notaría el gigantesco agujero en la proa? ¿Quiso que se creara una ola de indignación y administrarla a su favor para, como víctima antes que como líder, en ella escudarse?
Su estrategia es fallida y parece no advertir que, incluso antes de que la mañana de este viernes se pronunciara la comisión que instaló, una vez pasadas las vacaciones —porque en la burocracia puma todo puede suceder, pero nadie renuncia a una conquista laboral así esté de por medio la tranquilidad de jóvenes estudiantes— él debe otras explicaciones.
La disculpa emitida ayer por el rector —“a las aspirantes y a los aspirantes que, habiendo sido aceptados limpiamente, serán convocados a presentar el examen de control”— de muy poco servirá sin la relatoría de los yerros, la exhibición de la cadena de responsabilidades y la recuperación del dinero malgastado en una plataforma que costó a la UNAM un centenar de millones de pesos. Las cabezas de una universidad también han de enseñar al alumnado cómo se afrontan las responsabilidades por negligencia y sus costos.
Parece afectación nostálgica recordar justo hoy que hace tres décadas, cuando el internet irrumpía hasta hacerse indispensable, la UNAM fue líder de esa socialización. Sí, otro elefante en la sala del que, gracias a Lomelí, ahora se tiene que hablar es a dónde se fue, al menos en los últimos diez años en que él ha sido autoridad, esa vanguardia tecnológica que tuvo alguna vez esa universidad.
Hoy la UNAM ni siquiera es top cinco en América Latina en cuanto a universidades de tecnologías de la información. Ocupa el sitio nueve*, detrás del TEC de Monterrey y de universidades de Colombia, Brasil y Chile. ¿Va a armar una comisión el rector Lomelí para explicar qué ha hecho en diez años para reconquistar la vanguardia, sobre todo al filo de ese cambio de paradigma global que es la inteligencia artificial?
Pero antes de preguntar por el futuro, rectoría debe aclarar a satisfacción cómo se decidió por pagar más de cinco millones de dólares en alquilar una plataforma para el examen de admisión que encima falló miserablemente. ¿Supo la comunidad ingenieril, que tiene múltiples institutos dentro de la UNAM, que se le desplazaba en favor de privados y aprobaron eso? El futuro de Lomelí luce complicado.
El 3 de julio la UNAM puso denuncia en la fiscalía de Ciudad de México por las trampas detectadas en el examen. Pero tardó semanas en instalar la comisión que ayer recomendó que los puntajes más altos, y aquellos en línea con los promedios aceptados en años recientes, presenten de nuevo una prueba. En el escándalo y la solución, que apenas ha de programarse, Lomelí no tuvo la batuta.

Como cuando días atrás estudiantes acudieron a rectoría reclamando ser atendidos. El rector es inalcanzable incluso si falla, fue el mensaje que se dio a los quejosos. Arrellanarse por mucho tiempo en un despacho atrofia la sensibilidad política. La UNAM lo demostró: emitió un boletín para apoyar al rector, no a los damnificados de su proceder. ¡Goya al gen priista de la UNAM! Cachún, cachún…
Una crisis en la UNAM es pésima noticia para México. La institución señera —ya que vamos a hablar el idioma secular que gusta a quienes la presumen como su alma mater y non plus ultra de la enseñanza pública nacional, cosa que está por verse— de la educación provista por el Estado mexicano encalló por sus errores en un examen que era un trámite, pero cuyos costos pueden multiplicarse.
Y lo anterior no se disipa con la información surgida la tarde del viernes de que Lomelí había decidido la salida de Patricia Dávila de la secretaría general, una medida que causó extrañeza en la comunidad universitaria. Tan drástica decisión sin oportuna explicación de por medio, tampoco abona a pensar que es justa, proporcionada o siquiera necesaria.
Dávila, primera mujer secretaria general de la UNAM y que en su momento también fuera aspirante en el proceso en el que llegó a la rectoría Lomelí, posee fama de buena académica y jefa exigente; ella tiene sin duda responsabilidad en cuanto ha ocurrido en el fallido examen de admisión, pero que salga sin que se socialicen los hechos y prueben culpas, antes que mitigar, podría escalar la crisis.
Botín es otra palabra que aplica para la UNAM.
Hay grupos, en Morena pero no solo ahí, que se relamen los bigotes al oler la falta de liderazgo de Lomelí. En cosa de días debe subsanarse la ruta para que quienes legítimamente tengan el derecho, ocupen pupitres obtenidos con puntaje libre de trampa. Eso, lo urgente y crucial, no salvará al rector de enfrentar las consecuencias del fiasco. Que limpie sospechas y demuestre capacidad de control es también urgente y crucial para aplacar los apetitos de los oportunistas que quieren capturar la UNAM, su vida académica y frágil tranquilidad.
Un informe de Lomelí a nombre propio —y una batería de comparecencias en medios de comunicación donde sus respuestas a cuestionamientos sean tan convincentes como bien aceptadas las medidas correctivas que imponga— es, universitariamente hablando, inexcusable. Lo contrario es insistir en refugiarse en una burbuja que más pronto que tarde reventará.

