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Agustín Guambo: el poeta kichwa ecuatoriano que recorrió el universo en el calor de un manto andino


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Mientras investigaba sobre sabios y guías espirituales andinos, el poeta y antropólogo kichwa Agustín Guambo terminó un día conversando con un productor de papas, en el centro histórico de Quito. Los libros y poemas de Guambo circulan por la internet con títulos que parecen hechizos difíciles de olvidar: Ceniza de rinoceronte, Primavera nuclear andina, Machinehead [Rito urbano de mestizaje]. Pero aquel productor no estaba al tanto de los logros del escritor, pues su sabiduría provenía de un lugar distinto a las bibliotecas.

“Tú, si escribes y no trabajas la tierra, no puedes llamarte artista”, le dijo el agricultor al poeta. “Cuando llegue el hambre, ¿qué vas a hacer con tus palabras?”. El mensaje tocó fibras íntimas en Guambo, no solo por el futuro que anticipaba, sino porque sus padres también habían sido agricultores: a su madre le bastaba arrojar semillas en una maceta para que las plantas crecieran, y su padre había fallecido mientras podaba un árbol. Pero a diferencia de ellos, el hijo escritor, criado en un barrio de migrantes indígenas en la ciudad, no había aprendido a producir su propia comida. ¿Cuál era la lección oculta en esta constatación?

En tiempos de inteligencia artificial, hablar de ‘futuro’ se siente como entrar en la propiedad privada de los tecno-oligarcas de Silicon Valley, esos hombres ensimismados que agotan los recursos del planeta para alimentar sus sueños de colonizar Marte con ayuda de robots. En esta nueva carrera espacial, un agricultor andino parecería el terrícola menos indicado para dar consejos sobre el porvenir. Pero el trabajo de Guambo consiste en saltar esas falsas paradojas. Si la papa es un pedazo de tecnología andina que ha salvado al mundo del hambre, ¿no son precisamente aquellos ingenieros y filósofos que la cultivan a quienes deberíamos escuchar con mayor atención?

Guambo tiene 41 años, una espesa cabellera negra sobre sus anteojos de lector y lleva al menos dos décadas recorriendo los Andes y otros territorios indígenas para escuchar a los taitas (padres en kichwa), como él llama a los sabios. Su poesía está hecha en parte de estos aprendizajes orales; y en ella la historia indígena (pasado, presente, futuro) se despliega con un lenguaje que a veces suena a cataclismo colonial: “Aquí no hay poesía, solo el peregrinaje de la sangre sobre los pétalos genocidas del tiempo. Fragmentación del barro, un enloquecido nervio gritando sobre el cosmos. ¡Aquí hubo otro mundo!”. Otras veces suena a toma de conciencia: “Pachakamaq una nueva enfermedad habita nuestro adn / estamos infectados de civilización / –locuraurbana–canibalismo–aislamiento–caos”. Y otras veces recuerda el arrullo materno: “El suave tejido del cosmos”.

Hacia el final de Machinehead (SolNegro, 2023), aquel verso flota en el centro de una figura circular que evoca al mismo tiempo al sol inca, la galaxia y quizá una célula o un microchip. Cuando era niño —me explica Guambo desde su casa, en Quito—, su madre solía envolverlo como a una oruga en una manta que tenía ese mismo diseño que ahora aparece en el libro. Le muestro la página a través de la cámara, con la emoción de quien acaba de ver la luz al final del poema. “Ese tejido era mi cosmos”, me dice con la naturalidad de quien ha aprendido a sintetizar el universo entero en una imagen familiar.

La poesía de Guambo, más que leerla, hay que contemplarla en la página. Su libro más reciente, Cráneo de mar sobre páramo andino (2026), publicado en Perú por la editorial Lliu Yawar, lleva esa visualidad a un nivel más sofisticado. Gracias a las intervenciones de los ilustradores Yarush Yurivilca y Edgar Castellanos, los poemas parecen unidos por un largo hilo electrónico. Con ese espíritu, el libro reúne en un solo tomo la trilogía formada por sus poemarios Ceniza de rinoceronte, Primavera nuclear andina y Machinehead. Aunque fueron escritos y publicados individualmente en diferentes países y ediciones durante la última década, Guambo asegura que siempre supo que debían formar una unidad, pues representan los tres mundos andinos interconectados: el hananpacha (arriba), el kaipacha (acá) y el ukupacha (abajo).

Guambo es una de las figuras del llamado futurismo andino, esa constelación de artistas que, poniendo a esta región en el centro de su imaginación, participan del deseo universal de otros futuros. Desde las alturas, los Andes parecen una inmensa espina dorsal en el universo sudamericano. Su geografía ha sido incansable cuna de civilizaciones, ciencia y cultura, pero también fue escenario del largo exterminio colonial y, actualmente, del proyecto republicano de un mundo andino vacío, quizá místico, ideal para el turismo y la extracción de recursos. Más que fantasear con los Transformers en Machu Picchu o con que El Alto sea la capital del ciberpunk con música chicha de fondo, el futurismo andino disputa el derecho de las personas andinas a existir, pensar e imaginar fuera de la asfixiante caja eurocéntrica. Es una pelea contra el silenciamiento de los mundos andinos, que empieza en nuestros propios hogares y que toma forma de política nacional.

Cuando iba a la escuela, en Quito, Guambo empezó a recibir los típicos insultos que le señalaban como “indio”. ¿Qué significaba esa palabra que le arrojaban con tanto desprecio? Su madre evadía el tema y, para protegerlo, le sugería que mejor no hablase en kichwa. El currículum escolar no ayudaba: los autores que hubieran podido abrirle los ojos no eran parte de la enseñanza ni siquiera en la universidad. Guambo dice que los compañeros que compartían el deseo de escribir tampoco se interesaban en el tema, y parecían satisfechos pensándose mestizos nomás. Un día, abandonó la carrera de medicina, empacó sus preguntas (¿qué soy?, ¿qué es ser indio?, ¿dónde están los y las escritoras indígenas?) y se lanzó a recorrer los Andes, desde Quito hasta Tucumán, esa ciudad indígena argentina que no se parece en nada a las postales de Buenos Aires. Y en ese trayecto, en su soledad y en las conversaciones, fue entendiendo muchas cosas.

En esos territorios andinos que se encontraban en el margen —dice Guambo— había sabiduría y, por supuesto, tecnología, pero este conocimiento circulaba de maneras distintas a los centros de poder. “La resistencia está en el margen”, me explica, “no en la marginalidad”. En artículos recientes, Guambo sostiene que hay un divorcio radical entre las imágenes exóticas y místicas que la industria editorial busca en los Andes, como si “lo andino” fuera un recurso silvestre listo para ser recolectado, y, por otro lado, la potencia imaginativa y política de las mismas poblaciones andinas, cuyos pensamientos terminan siendo silenciados o ignorados.

Guambo ha venido reflexionando sobre el tema con mayor regularidad desde fines de 2024, cuando publicó que su compatriota Mónica Ojeda había usado el libro Primavera nuclear andina como recurso para crear la novela Chamanes eléctricos en la fiesta del sol, pero sin reconocer esta operación, que calificó como “extractivismo literario”. En un comunicado en Instagram, la célebre novelista descartó que hubiera actuado de mala intención y aseguró que en una siguiente edición incluiría la lista de libros que la habían “acompañado” durante su escritura. El mensaje de Ojeda acumuló más de 3.000 likes y docenas de comentarios de solidaridad de lectores y de figuras de la industria literaria. Frente a la lenta circulación del ensayo de Guambo, la masividad del post daba la errada impresión de que la “autora latinoamericana” era atacada sin fundamentos por el “poeta local”. Sin embargo, Guambo solo había puesto en la mesa una interrogante recurrente en la historia andina: ¿por qué la invisibilización?

Cuando era niño, él estaba obsesionado con los venados de los cuentos infantiles que supuestamente ocurrían en los Andes. Un día le preguntó a su padre si, por favor, podrían llevarlo a conocer a esos animales. “¿Venados? Acá no hay venados”, recuerda que su padre le dijo. “Si quieres, podemos ir a buscar ranas”. Guambo cree que ese niño que fue había comenzado a intuir las preguntas que recién hoy puede formular.

Muchos años después, al notarlo intranquilo, un sabio del pueblo Quero, en Cusco, le dio un consejo. “Oye, ¿sabes que a veces hay preguntas que no hay que hacer?”, recuerda Guambo que le dijo aquel hombre. “Porque no tienen respuesta. Y buscar esa respuesta que no existe te va a volver loco”. El sabio también le dijo que las preguntas que sí le correspondía hacer iban a llegar. Y cuando eso ocurriera, él mismo lo iba a saber. Es el momento que Guambo parece vivir ahora. ¿Por qué la invisibilización? ¿Dónde están las voces indígenas en la literatura de Ecuador? ¿Qué es ser indio hoy? Su obra puede leerse como un viaje cósmico en busca de respuestas. En ese recorrido, guiado por la sabiduría de su pueblo, dice que también está aprendiendo a trabajar la tierra. Además de poesía, ahora cultiva albahaca, pimentón y espera tener suerte con la palta.



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