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Zverev contiene a Shelton, conquista el US Open y encuentra su momento


Después de todo, Alexander Zverev. Otra vez. Eleva el alemán el trofeo hacia el infinito y así acaba este US Open que comenzó plagado de incógnitas y que ha ido despejándolas a manotazos, aclarándolo todo. Por simplificar: en dirección a los 40, Novak Djokovic debe pensar hacia dónde va; la segunda línea sigue siendo de cristal; a Carlos Alcaraz todavía le falta mecha, pero parece a punto; el tenis estadounidense (masculino) sigue estancado en un recuerdo cada vez más lejano, de frustración en frustración; y el campeón, primerizo en Nueva York —que no en un gran escenario porque hace tres meses ya conquistó París—, es sin duda alguna la alternativa más fiable a los dos fenómenos. Caras larguísimas en la grada de la Arthur Ashe.

Al igual que en Roland Garros, el guion mantiene la lógica en la recta final del torneo y la realidad cierra la puerta a uno de esos jóvenes que lo intentan y chocan contra el muro. Se adivinan apetito y maneras en Ben Shelton, pero a su voluntad la niega la contrastada experiencia de Zverev, un tenista que al borde de la treintena ha encontrado una ventana de oportunidades que, pensaban algunos, jamás descubriría. El 4-3, 7-6(2), 5-7 y 6-2 (en 3h 33m) le concede su segundo Grand Slam, y el desenlace no deja de ser una cuestión de pura lógica. Tras Sinner y Alcaraz, no hay opción más consistente que la del gigantón, hasta hace poco un Poulidor que a pesar de su fabulosa colección de trofeos, caminaba errático por los escenarios sacros de su deporte.

Quién lo hubiera dicho, pero en un curso que se presumía en enero como un desfile militar por parte de Sinner y Alcaraz, el alemán se ha comido la mitad del pastel. Él solito. Supo manejar el inesperado escenario que se dio en el Bois de Boulogne, allá colapso italiano, y también este tan incierto de Nueva York, donde desde hace años hay mucho baile y mucho derrapaje. A estas alturas del año, a los jugadores suelen faltarles frescura e ideas, y en los últimos tiempos se ha revelado como un marco especialmente volátil. El propio Zverev (29) no había superado los cuartos en las tres últimas ediciones, aunque hace seis años sí brilló en el contexto aséptico de la pandemia. Entonces alcanzó la final, se dio un topetazo mayúsculo y esa herida no cerraba. Hasta aquí.

Aunque en las dos primeras rondas sesteó, ya costumbre, el resto de las jornadas no ha habido ni rastro de los fantasmas de entonces. Al revés, como los grandes jugadores: conforme han ido inclinándose las rampas, mayor ha sido su determinación. Parece haber olvidado el de Hamburgo ese ejército de angustias, dudas y ansiedades que lo perseguían, y haber dado con la paz y el equilibrio necesarios para rendir al máximo nivel. Ha encontrado por fin un espacio placentero, liberado ya de esa imposición opresiva de tener que demostrar algo. Continúa en una escala inferior a la de los mejores, pero el crecimiento sí le permite dominar al resto y mantener una regularidad que los demás desconocen. Si los marcianos fallan, ahí que estará él, viene a decir.

La inyección anímica de París lo cambió todo y tras el fructífero paso por Wimbledon, allí finalista, llega esta demostración de Flushing Meadows, donde el público presencia este domingo un cierre debidamente controlado… para pena de ellos. No lo consiguió Taylor Fritz (2024) ni tampoco será Shelton quien acabe con un maleficio que se alarga más y más, porque son 23 años de búsqueda y otros tantos de vacío. De nuevo, jarro de agua fría. Otro campeón foráneo. Ningún tenista local consigue recoger el testigo de Andy Roddick —la última huella triunfal en un major— y tal vez esta fuera la ocasión idónea; Fritz se topó con Sinner, pero Shelton tenía enfrente a un terrenal. Se lleva el dedo a la oreja el de Atlanta, se revuelve. Pero ni por esas.

Entra con el pie torcido a la final, entregando el servicio nada más empezar con una doble falta y cerrando ese primer set exactamente igual: otra. Mal augurio, no cabe duda. No lo ven claro desde la tribuna celebridades como Jimmy Connors o Martina Navratilova, ni tampoco el invitado Ronaldo, aquellas piernas de tornado que al encarar al portero, ¡tac!, daba quirúrgicamente con la pausa: el poder de los instantes. Bien podía consultarle Shelton porque en esas está precisamente él, un torrencial de potencia que todavía debe aprender a frenar. La pausa, tan importante. Tan primordial. Tranquilo, le dice su padre, mientras Zverev sigue a lo suyo, que consiste en mantener el rumbo y responder cuando el partido lo demanda.

Cada vez que su rival toca la puerta, se inventa un saquetazo de los suyos o se monta sobre la bola de revés. Una opción tiene Shelton en el primero, desbaratada; otra en el segundo, también; y llega una tercera posteriormente, remando toda la pista para ver su ahora sí, su chico puede lograr por fin la rotura y lo que parecía escrito da un giro. ¡Bingo! Ahí, sin embargo, hay una torre que no cede. Este Zverev es otro. Nada tiene que ver con ese que hasta hace no demasiado (el curso pasado) se hallaba perdido en el laberinto. En plenitud, da gusto ver cómo pilota el alemán, que conforme avanza la tarde controla la situación con temple y neutraliza toda esa energía, ese deseo feroz del norteamericano.

La derecha de este se ha ensuciado, se excede. “A veces se autoboicotea”, radiografiaba su padre. Pero no desiste. Lo intenta, lo pelea, lo sabe sufrir. Ahí hay garra. Así que poco que reprocharse. Pero no hay manera. El resbalón al ir a volear es metafórico. Se reincorpora y arañará el set, los presentes se ilusionan; aunque no deja de ser eso, una ilusión óptica. En otros tiempos (retrocédase si no a 2020) hubiera sido distinto, pero esta vez Zverev gestiona con entereza la adversidad: le cae un warning por botar una y mil veces la bola al ir a sacar, celebran sus fallos, el adversario le aprieta. Y pese a la insistencia, Shelton no consigue perforar otra vez el muro inteligente levantado por el alemán. Se impone este a partir del repliegue.

El pulso es más intenso que sugerente y así, con el oficio de quien ya tiene la lección bien aprendida, se cierra otro recorrido victorioso para el campeón, al que le costó más de una década atrapar el primero y en solo tres meses se ha adjudicado dos. El tenis, la vida, el momentum, que se dice en el deporte. Tan concentrado está que hasta que no se lo advierten, no se entera de que ha ganado. Si por él fuera, se quedaría a vivir sine die en este feliz presente.

Alexander Zverev

vs

Ben Shelton

Sets:

Puntos ganados con primer servicio
Puntos ganados con segundo servicio
Puntos de break convertidos
Puntos ganados con primer servicio
Puntos ganados con segundo servicio
Puntos de break convertidos
Puntos ganados con primer servicio
Puntos ganados con segundo servicio
Puntos de break convertidos
Puntos ganados con primer servicio
Puntos ganados con segundo servicio
Puntos de break convertidos
Puntos ganados con primer servicio
Puntos ganados con segundo servicio
Puntos de break convertidos


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